La curiosa ermita catalana dedicada a una santa de las abejas que es Bien de Interés Cultural
Hay lugares que parecen desobedecer las leyes más básicas de la arquitectura. No porque sean grandiosos, sino porque están ahí donde no deberían poder estar. En Cataluña existe una ermita que no se alza sobre una colina ni se protege tras muros, sino que se incrusta literalmente en la montaña, como si la roca la sostuviera desde dentro. Está dedicada, además, a una advocación muy poco habitual: una virgen ligada a las abejas y a la miel.
El escenario es Prades, una villa medieval del Baix Camp conocida como la villa vermella por el tono rojizo de la piedra con la que se levantaron sus casas, murallas y edificios principales. A poco más de mil metros de altitud, rodeada de bosques y silencio, Prades conserva uno de los cascos históricos mejor preservados del interior de Tarragona, declarado Bien de Interés Cultural como conjunto histórico.
Un pueblo medieval intacto
Pasear por Prades es hacerlo por un trazado prácticamente intacto desde la Edad Media. Calles estrechas, portales antiguos y una plaza Mayor porticada que sigue siendo el centro de la vida cotidiana. Aquí se levanta la iglesia de Santa Maria la Major, un templo de transición del románico al gótico, y todavía se reconocen tramos de muralla, el Portal de la Cruz o la Font de Prades, una fuente renacentista con forma de globo terráqueo que durante las fiestas llegó a manar cava en lugar de agua.
También quedan restos del antiguo castillo de los condes de Prades, del que sobrevive la iglesia de Sant Miquel, con su ábside en ruinas y fragmentos de nave que recuerdan el pasado defensivo del pueblo.
Pero el lugar más singular no está dentro del núcleo urbano.
La ermita que nació en una cueva
A las afueras del pueblo, al inicio del Camino Natural de las Montañas de Prades, aparece la Ermita de la Mare de Déu de l’Abellera. No se alza sobre la montaña: forma parte de ella. El templo fue construido aprovechando el abrigo natural de una cavidad en un risco abrupto, lo que da la sensación de que la ermita cuelga del paisaje.
La tradición sitúa su origen en una leyenda muy ligada al mundo rural. Un pastor habría encontrado la imagen de la Virgen mientras buscaba miel en una encina cercana. Dos veces se la llevó consigo y dos veces la imagen regresó al mismo lugar. El mensaje parecía claro, y en 1570 se levantó allí una ermita. Otras teorías apuntan a que ya existía un pequeño santuario anterior, donde habría vivido Bernat Boïl, primer vicario apostólico de las Indias y acompañante de Colón en su segundo viaje a América.
El interior del templo guarda la clave de su singularidad. Durante siglos albergó colmenas, y esa convivencia entre culto y apicultura acabó marcando la identidad del lugar. La Virgen de l’Abellera se convirtió así en patrona de los apicultores catalanes. Su iconografía lo refleja: porta una corona de plata decorada con cincuenta abejas y una reina central, una pieza del orfebre Jaume Mercadé Queralt.
Desde el mirador natural que precede a la entrada, las vistas se abren sobre el valle del río Brugent, los pueblos de Capafonts y Farena y la llanura del Alt Camp. Es uno de esos lugares donde el paisaje no acompaña al monumento, sino que forma parte esencial de él.
Patrimonio, naturaleza y silencio
La ermita de l’Abellera, integrada en el entorno y ligada a una tradición casi olvidada, resume bien el carácter de Prades y de las montañas que la rodean. Un patrimonio discreto, alejado de multitudes, donde historia, naturaleza y leyenda conviven sin artificios.
No es una visita espectacular en el sentido clásico, pero sí una de esas que se recuerdan. Porque no todos los días se entra en un santuario que parece sostenido por la propia montaña y dedicado, nada menos, que a la santa de las abejas.
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