El enclave mallorquín con un yacimiento romano y dos recintos amurallados desde el siglo XIV con una historia singular

Alcúdia desde el aire.

Emiliano Castillo

0

Al noreste de Mallorca, rodeada por un entorno natural de calas, picos montañosos y humedales, se encuentra Alcúdia: una ciudad marcada por la historia. Talayóticos, romanos, vándalos, árabes y cristianos han caminado sus callejuelas durante diferentes periodos, dejando como resultado un enclave que atrae a más de tres millones de visitantes por año y que, además, se consolida como el segundo polo de desarrollo urbano más importante de la isla tras Palma.

Es un destino para todo tipo de viajeros: ofrece una atractiva combinación entre herencia monumental y paraíso natural. Su mayor joya, en lo que a patrimonio cultural se refiere, es su casco histórico, protegido por la única muralla completamente conservada de Mallorca. Para quienes buscan escapadas más enfocadas en descubrir el ecosistema, los alrededores de la villa destacan por su variedad, desde playas con estética caribeña hasta rutas de montaña.

La historia de Alcúdia se entiende en capas. Por su localización estratégica, ha sido ocupada por diversas civilizaciones, que han dejado sus huellas en la ciudad. No es solo un lugar para ver; es un lugar para leer en sus piedras. Todo comenzó con la cultura talayótica, correspondiente a la Edad del Bronce y la Edad del Hierro, cuyos restos megalíticos aún se pueden encontrar en la isla. Sin embargo, la primera gran ocupación del enclave llegaría en el año 123 a. C., cuando los romanos fundaron Pollentia. Fue la capital de las Baleares y hoy su teatro romano —excavado en la roca— sigue siendo una parada obligatoria que nos recuerda su importancia milenaria.

Tras el declive de Roma, bizantinos y vándalos pasaron fugazmente por el enclave, que posteriormente renacería bajo el dominio árabe con el nombre de Al-Kudia (la colina). De aquella época, la principal herencia que mantiene la ciudad es el trazado de sus calles. Pero la mayor parte del patrimonio arquitectónico de la localidad vino a partir de la conquista cristiana. Es en este periodo cuando la ciudad adquirió su carácter de fortaleza inexpugnable. Bajo el reinado de Jaume II, en el siglo XIV, se construyó el primer recinto amurallado para proteger a la población de la amenaza constante que representaban los piratas del Mediterráneo.

Siglos después, durante el Renacimiento, los muros se sometieron a una ardua remodelación, adaptándolos con baluartes preparados para resistir la artillería moderna. Esta dualidad entre la muralla medieval y las defensas del siglo XVI es lo que otorga a Alcúdia ese perfil de joya blindada que ha sobrevivido casi intacta al paso del tiempo.

Las murallas envuelven todo el casco histórico de la ciudad en un cinturón de fuerza construido a base de piedra arenisca. Hoy en día, es posible comprender la fuerza defensiva de Alcúdia paseándose por su Camí de Ronda: un pasillo elevado que recorre la parte superior de las fortificaciones.

Más allá de su blindaje de piedra, Alcúdia late con una vitalidad que se resiste a ser una simple postal arqueológica. Cruzar sus puertas los martes o domingos supone sumergirse en el bullicio de su mercado tradicional, donde el aroma del producto local devuelve al casco histórico su función original: ser el centro de la comunidad. Es en sus plazas sombreadas, donde el viajero puede sentir la verdadera esencia del municipio.

Naturaleza entre el azul turquesa y el verde salvaje

Pero la riqueza monumental no es el único atractivo que ostenta el enclave: la belleza natural que rodea Alcúdia destaca como un factor decisivo que la posiciona como un destino ideal para los amantes de las actividades al aire libre. Aquí la geografía mallorquina se despliega en todo su esplendor, con una diversidad de paisajes que bien podrían pertenecer a continentes diferentes.

Las playas de Mallorca atraen visitantes de todo tipo durante todo el año, y Alcúdia no se queda atrás con su oferta. Para los viajeros que buscan la comodidad y calma, la Platja d’Alcúdia es imbatible: una extensión de arena blanca y aguas poco profundas que nada tiene que envidiar al Caribe. Pero, para los que quieren aislarse, la joya de la corona es Coll Baix. Para llegar a ella, hay que realizar una caminata entre pinos, pero la recompensa es una cala virgen de guijarros grises y aguas de un azul eléctrico casi irreal.

Pero la oferta natural en los alrededores de Alcúdia no es solo de mar. El área de la Victoria es un pulmón verde de la zona. Desde su cima, a algo menos de 500 metros sobre el mar, se puede disfrutar de una de las panorámicas más espectaculares de Mallorca: las bahías de Alcúdia y Pollença abrazando la península de Formentor. Es una ruta de senderismo técnica, pero accesible que resume la esencia de la isla.

Y no se puede hablar de Alcúdia sin mencionar S’Albufera. Este parque natural es el humedal más importante de las islas Baleares: un laberinto de canales y lagunas que sirve de escala para miles de aves migratorias. Es el plan perfecto para recorrer en bicicleta o disfrutar del avistamiento de aves —birdwatching, en inglés— en un silencio sacramental, apenas roto por el graznido de las garzas.

Etiquetas
stats