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REPORTAJE

Retrato en cuatro fotos de una migración a casi 9.500 kilómetros de casa: “Por momentos me he sentido como la hija de mi hija”

Maribel, cuando se le pide que describa la experiencia de migrar en una sola imagen.

Emiliano Castillo

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El frío de Cantabria no es como el de Lima, la capital de Perú. Es un frío que muerde y que pone la piel de gallina. Maribel lo sabe. Sale de casa temprano todos los días. Camina, cada mañana, hacia la estación de tren de Torrelavega, desde donde viaja hasta las proximidades del barrio de Adarzo, en Santander, donde estudia. A partir de ahí son 20 minutos entre el tren y el aula, un paisaje abierto, húmedo, castigado por el viento. Las ramas de los árboles se agitan con violencia. Uno de ellos llama especialmente la atención de Maribel: lo ve desnudo, golpeado por el aire, pero firme. Se mira a sí misma: una mujer de 54 años, resiliente ante los cambios de ciclo.

Maribel, que prefiere no dar su apellido, es una de las dos personas que han contado, a través de cuatro fotografías, su experiencia como migrante en el sistema educativo español: una papelera que simboliza una jaula mental; un árbol, que representa la resiliencia frente al cambio; sus hijos, que encarnan su amor más grande; y finalmente, un amanecer, que ilustra la esperanza de un nuevo comienzo. La exposición tuvo lugar recientemente durante el IV Encuentro de Agentes Educativos para la Transformación Social en la Universidad de Cantabria.

Maribel migró a los 53 años. Pero migrar a esa edad no es solo mudarse; es apartarse de un camino construido durante una vida entera. Maribel es esposa y madre de tres hijos. En Perú, a casi 9.500 kilómetros de distancia de su hogar actual, su familia es de clase media: una etiqueta ambigua, pero que allá aseguraba cierta estabilidad. En Cantabria, la situación es completamente diferente: hay veces que es ella quien escucha los ánimos de su hija Marilia. “Por momentos me he sentido como la hija de mi hija”, confiesa con su voz gentil. 

Maribel ha tenido a España en su horizonte desde 2018, cuando su hija mayor, la mencionada Marilia, se mudó en busca de un nuevo comienzo. Pero no fue hasta 2021 cuando cruzó por primera vez el Atlántico para celebrar la boda de su hija en Santander. Por esos años, la idea de mudarse no era más que una ilusión lejana. El verdadero impulso llegó tres años después, en un viaje familiar en el que Maribel y Mateo, su hijo menor, entonces a punto de graduarse del Bachillerato, visitaron a Marilia. 

“Ese viaje lo cambió todo –relata Maribel–, ahí fue cuando mi hijo decidió que él también quería vivir en España”. Marilia les mostró su vida a su hermano y a su madre. Les presentó con entusiasmo una alternativa llena de nuevas posibilidades para ambos, que enamoró de lleno a Mateo del potencial futuro en Europa, y que despertó en Maribel la posibilidad de estudiar. Ese camino que ella siempre había querido seguir y al que puso en pausa tantos años antes para dedicarse a sus hijos. 

La sola idea sacudió por completo a la familia de vuelta en Perú, cuya situación económica chocaba en seco con las ilusiones de Mateo. Para una familia de clase media en Lima, financiar unos estudios en Europa se escapa de las manos. No solo se trataba de dinero: Mateo arrastra desde niño un problema neurológico que requiere controles y tratamientos costosos, difíciles de sostener en su país. Por eso, como familia, entendieron que si él venía, alguien tenía que acompañarlo. Maribel lo haría.

El proceso no fue nada fácil. La vía de entrada en España para madre e hijo por igual es a través del estudio, que si bien es algo que ella siempre había querido retomar, es un procedimiento complejo. Maribel confiesa no haberse dado cuenta de la magnitud de su decisión hasta llegar a España. “Una cosa es pensarlo, otra muy diferente es hacerlo realidad”, dice. Hoy, además, su historia se cruza con el proceso extraordinario de regularización que el Gobierno ha puesto en marcha para personas ya residentes en España. Para ella, esa vía es la posibilidad de que el proyecto no quede suspendido en el aire.

Su nuevo comienzo en España tiene un nombre técnico: Grado Superior de Servicio en Restauración. De un día para otro, Maribel pasó de administrar su hogar en Lima a tomar apuntes sobre protocolos de servicio en Santander. En sus primeros días de clase, Maribel sentía un “muro”, entre ella y sus compañeros. Era la mayor de todos, rodeada de gente mucho más joven cuyos hábitos de estudio estaban más frescos. El pasar de los meses no hacía las cosas más sencillas: el frío del invierno arreciaba y los libros de estudio pesaban más. La idea de rendirse crecía cada día como una sombra que oscurecía sus pensamientos.

Fue por esos días de principios de enero cuando Maribel estaba más sumida en la que describe como su experiencia más difícil. Fue una crisis silenciosa. Decidió sobrellevarla sola para no trasladar la angustia a sus hijos, aunque Mateo, que es quien vive con ella, sí alcanzó a notar que algo no estaba del todo bien. Se sentía encerrada y contenida, como dentro de una jaula. Durante su crisis, el apoyo de su familia, y especialmente de su esposo, fue clave para darse cuenta de que tenía que de alguna manera encontrar una salida para escapar de su jaula: “Eso es lo que simboliza la puerta, la decisión de salir adelante”. Fue precisamente esto lo que enmarcó en la primera de sus cuatro fotografías para la exposición:

La Jaula

“Cuando las palabras se convierten en tormentas, solo una decisión lo cambiará”.

La Jaula.

En su caminata de todos los días, entre el tren y el aula de clases, Maribel tiene 20 minutos muy suyos. Es un camino que le ayuda a pensar como ningún otro, y fue precisamente ahí donde encontró su segundo símbolo: su árbol. “Era pleno invierno y el árbol no tenía ya hojas”, relata. Con el paso de los días, no solo perdió el follaje, sino que las ramas empezaron a quebrarse y a quedar tiradas en el suelo.

“Me daba nostalgia, me sentía reflejada en él. Yo lo veía resiliente y firme frente al cambio, golpeado y cambiado, pero fuerte”. Ella también se sentía golpeada por el cambio de país, de clima y de rol social. La segunda fotografía de su serie captura ese proceso que vivió en invierno: la resiliencia de mantenerse firme frente a los cambios de ciclo.

Resiliencia

“Aún estoy aquí de pie”.

Resiliencia.

El viaje de Maribel ha sido uno de subidas y bajadas, pero que no puede entenderse en ningún momento sin la presencia y el apoyo de su familia. Para una mujer que durante décadas fue el eje central de un hogar en Lima, la migración ha supuesto un enorme cambio de rol: aprender a ser sostenida por quienes ella siempre sostuvo. Los esfuerzos conjuntos de su familia permiten las condiciones para que ella, cuando ya ha cumplido 54 años, pueda sentarse en un aula en Santander.

El primero de los factores en esta ecuación compleja es Mateo. Con 21 años y una condición de paciente de neurocirugía, es el compañero más cercano de Maribel, el único miembro de su familia que vive bajo su mismo techo actualmente. Ambos estudiantes: Mateo estudia mientras Maribel estudia.

También en Santander está Marilia, la hija mayor, que con 34 años a sus espaldas es quien ejerce de guía y de soporte para su propia madre. Es ella quien empujó en un principio tanto a Maribel como a Mateo a dar el gran paso, y es ella –junto con su familia en Santander– quien los ayuda a mantenerse a flote. “Ella me dice que yo puedo, que hay muchas personas que empiezan a estudiar mayores: me da la fuerza que a veces se me agota”, reconoce la madre.

Al otro lado del Atlántico, a través de la tecnología, Marcio, su hijo de 30 años, la ayuda con las materias desde Perú. Él le brinda a su madre un apoyo muy grande con sus estudios, explicándole las materias que ella ahora debe dominar.

Y al fondo, sosteniéndolo todo desde Lima, está su esposo. Él también se plantea migrar en un futuro cercano, pero que por ahora es el anclaje que permite que la mitad de su familia esté en otro continente buscando mejorar su futuro. Tras estos meses, Maribel dice estar “profundamente agradecida” con su esposo. “Son estos momentos cuando más se valora el apoyo tan fuerte que nos da”.

Esta red de afectos y esfuerzos coordinados es lo que Maribel quiso capturar en la tercera fotografía de su serie.

Aprendizaje

“Muchas veces me equivoqué, caí y volví a levantarme”.

Aprendizaje (Mateo, Marilia y Marcio).

Cuando el clima —el de fuera y el de dentro— empezó a dar algo de tregua, Maribel encontró en un amanecer de primavera su cuarta y última fotografía. “Para mí el mensaje de la naturaleza fue muy claro: siempre hay un día nuevo, un mañana para volver a empezar y ser mejor que ayer, así sea en lo más mínimo”.

Con esta última fotografía que Maribel decidió titular 'Esperanza', la madre cerró un proyecto en el que había diseñado durante semanas. Sus hijos no sabían del trabajo de su madre, y durante la presentación en la Universidad de Cantabria se llevaron la sorpresa, que los conmovió hasta las lágrimas.

Esperanza

“Alegras mi día de seguir caminando”.

Esperanza.

El proceso de Maribel no ha llegado a ninguna meta definitiva. Hoy dice sentirse adaptada en un 70 u 80%, un porcentaje honesto que deja un margen generoso para la duda. A pesar de las risas que ahora comparte en clase, la distancia con su hijo y con su esposo sigue doliendo. A esto se suma el “ruido de fondo”: esas conversaciones que escucha ocasionalmente, donde se habla de la inmigración de manera despectiva. “Es imposible no sentirse aludida”, confiesa.

Sin embargo, su proceso le ha enseñado a desprenderse de sus ataduras: “Ya no me siento arraigada a ningún lugar”, dice con una seguridad nueva. Maribel ya no solo busca sobrevivir; ahora busca graduarse, trabajar y, si el destino lo pide, volver a mudarse. Con sus hijos encaminados y el apoyo de su esposo —ese pilar que sostiene su ausencia desde Lima y que, quién sabe, quizás en un futuro migre también—, se siente lista para abrazar una segunda etapa marcada por su libertad y crecimiento.

Como síntesis de todo este tránsito, Maribel elige una última imagen que lo engloba todo. “Esta no forma parte del reportaje, pero en ella caben todos los sentimientos que he experimentado”, destaca. Es la imagen que encabeza este reportaje.

La experiencia de ser madre, estudiante y migrante.
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