La espectacular fortaleza medieval de tonos rojos que fue levantada para proteger la frontera de Castilla y es Bien de Interés Cultural

Castillo de Peracense.

Edu Molina

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En el sur de la provincia de Teruel, cerca del límite con Guadalajara, el pequeño municipio de Peracense está dominado por la silueta de una fortaleza medieval situada sobre un cerro rocoso a más de 1.300 metros de altitud. Desde ese punto elevado, en la terminación meridional de la sierra Menera, el castillo vigila el paisaje del valle del Jiloca y las rutas naturales que durante siglos conectaron distintos territorios del interior peninsular. Su ubicación explica el papel que desempeñó durante la Edad Media como punto estratégico dentro del sistema defensivo del Reino de Aragón.

La fortificación que hoy se conserva comenzó a levantarse en el siglo XIII, aunque el lugar había sido utilizado con anterioridad como enclave defensivo. En ese mismo promontorio existió una fortaleza islámica construida en torno al siglo X y, antes de esa etapa, diferentes culturas aprovecharon la posición del cerro para controlar el territorio. Íberos, romanos y musulmanes reconocieron el valor estratégico del lugar mucho antes de que se desarrollara la construcción medieval que ha llegado hasta nuestros días.

Con el paso del tiempo, el castillo se convirtió en uno de los elementos defensivos más relevantes de la zona. Actualmente, forma parte del patrimonio histórico de Aragón y desde 2006 está catalogado como Bien de Interés Cultural. Tras varias intervenciones de restauración destinadas a consolidar su estructura, el recinto se ha acondicionado para la visita pública y forma parte de los enclaves patrimoniales más destacados del sur de la comunidad autónoma.

Historia y arquitectura del castillo que protegió la frontera

El origen del castillo de Peracense está ligado al contexto político del siglo XIII, cuando el Reino de Aragón necesitaba reforzar la defensa de sus territorios en una zona cercana a la frontera con Castilla. La construcción del recinto respondía a la necesidad de controlar los accesos a esta parte del territorio y vigilar los movimientos. El conjunto se levantó utilizando principalmente piedra de rodeno, una arenisca de tonalidad rojiza muy característica de esta zona. Este material aparece de forma natural en el cerro sobre el que se levanta el castillo. La elección de esta piedra permitió integrar el edificio en el paisaje, hasta el punto de que los muros parecen surgir de la misma roca sobre la que se construyó. De ahí procede el sobrenombre con el que a menudo se conoce al enclave: el castillo rojo.

Los muros del Castillo de Peracense están construidos con piedra de rodeno.

La estructura del recinto responde a una concepción militar propia de la arquitectura medieval. El conjunto ocupa una superficie aproximada de 4.000 metros cuadrados y está organizado en tres recintos amurallados dispuestos de forma concéntrica. Estos espacios se distribuyen en diferentes niveles del promontorio y estaban diseñados para reforzar la defensa del lugar en caso de ataque. Los sectores interiores se encuentran protegidos por murallas de gran grosor que alcanzan cerca de tres metros de espesor. En algunos tramos se conservan torreones rectangulares almenados, abiertos por saeteras que permitían la defensa del recinto.

Durante la Edad Media, la fortaleza tuvo un papel relevante dentro del entramado militar de Aragón. En los siglos posteriores, especialmente tras la unión dinástica entre Castilla y Aragón a finales del siglo XV con el matrimonio de los Reyes Católicos, el castillo perdió gran parte de su importancia estratégica. Al desaparecer la frontera que justificaba su función defensiva, el recinto dejó de ser una pieza clave dentro del sistema militar de la zona.

Con el paso del tiempo, y especialmente tras la pérdida de su función fronteriza, el lugar fue perdiendo su papel militar. A pesar de ese proceso, gran parte de la estructura ha llegado hasta la actualidad en un estado notable de conservación. El paso de los siglos no ha alterado de forma sustancial la disposición general del recinto, que mantiene buena parte de sus estancias y murallas. Las restauraciones realizadas en las últimas décadas han permitido consolidar diferentes zonas del castillo y facilitar su recorrido.

El entorno natural en el que se encuentra la fortaleza también forma parte del atractivo del lugar. El castillo se sitúa sobre una prolongación rocosa muy escarpada y vinculada a la sierra Menera, cerca del cerro de San Ginés. Los caminos que rodean el enclave forman parte de una red de senderos señalizados con distintos niveles de dificultad que permiten recorrer el paisaje que rodea la fortaleza. Entre los puntos destacados de este entorno se encuentra el mirador de los Panderones, desde donde se observan amplias vistas del territorio. También destacan los pinares de San Ginés, que forman parte del paisaje forestal de la zona, y la carrasca de los Tocones, un árbol milenario considerado uno de los elementos naturales más singulares del municipio.

La visita al castillo suele completarse con un recorrido por el propio pueblo de Peracense. Este pequeño núcleo rural, que cuenta con una población muy reducida, conserva un conjunto de edificios construidos con el mismo tipo de piedra rojiza que caracteriza a la fortaleza. La arquitectura local mantiene así una continuidad visual con el paisaje geológico del entorno. Entre los edificios más representativos del municipio se encuentran la iglesia de San Pedro, levantada en el siglo XVIII, y el ayuntamiento. Las viviendas tradicionales también utilizan piedra de rodeno en sus muros, combinada con elementos de madera empleados en vigas y estructuras interiores.

La relación entre el castillo, el pueblo y el paisaje explica el valor patrimonial del enclave. La fortaleza no solo representa un ejemplo de arquitectura militar medieval, sino también un elemento que refleja la historia de un territorio marcado durante siglos por su condición fronteriza. Hoy ese pasado permanece en una construcción que sigue dominando el horizonte del pequeño municipio turolense.

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