El humedal de Madrid que nació por orden de Felipe II y hoy alberga una de las mayores reservas de mariposas de Europa
A primera vista cuesta imaginar que uno de los espacios protegidos más importantes de la Comunidad de Madrid naciera como una infraestructura diseñada para abastecer de agua a la monarquía. Sin embargo, esa es precisamente la historia de la Reserva Natural de El Regajal-Mar de Ontígola, situada en Aranjuez. Allí conviven dos paisajes profundamente distintos, aunque inseparables: el Mar de Ontígola, un embalse construido en el siglo XVI por iniciativa de Felipe II que el paso del tiempo transformó en un humedal de gran riqueza biológica, y la finca de El Regajal, un territorio de laderas yesíferas donde sobrevive una de las reservas de lepidópteros más importantes de Europa. La combinación de ambos espacios ha dado lugar a un enclave excepcional, en el que patrimonio histórico, geología y biodiversidad forman parte de un mismo proceso de evolución del paisaje.
Lejos de tratarse de un espacio natural surgido de manera espontánea, el origen de este lugar está ligado a uno de los grandes proyectos territoriales impulsados por la Corona española durante el Renacimiento. En 1552, cuando todavía era príncipe, Felipe II ordenó crear una gran laguna en el arroyo de Ontígola con el propósito inicial de atraer aves destinadas a la práctica de la cetrería. Aquel primer planteamiento evolucionó rápidamente hasta integrarse en el ambicioso desarrollo del Real Sitio de Aranjuez. Las obras comenzaron a finales de 1560 y una instrucción de 1561 situó al frente del proyecto a Juan Bautista de Toledo, acompañado por maestros españoles y técnicos llegados de los Países Bajos, expertos en las técnicas de contención de aguas más avanzadas de la época. Tras varios problemas estructurales durante la construcción, Juan de Herrera culminó la presa en 1572 con un estanque adicional destinado a decantar el agua antes de conducirla hacia jardines, fuentes y huertas reales.
La presa que revolucionó la ingeniería española
La importancia del Mar de Ontígola fue mucho más allá de garantizar el abastecimiento del Real Sitio. La presa introdujo una solución constructiva prácticamente desconocida hasta entonces en la península: un gran terraplén formado por dos muros de piedra con relleno de tierra y reforzado mediante contrafuertes, un sistema inspirado en modelos clásicos que acabaría sirviendo de referencia para numerosas presas construidas posteriormente tanto en Europa como en América. Con cerca de 150 metros de longitud y seis metros de altura, la infraestructura continúa siendo uno de los principales testimonios conservados de la ingeniería hidráulica renacentista en España. Más de cuatro siglos después, su valor histórico permanece intacto, aunque el protagonismo del paisaje haya cambiado por completo.
La presa no solo cambió la forma de gestionar el agua en Aranjuez, sino también la relación de la monarquía con este espacio. Felipe II concibió el embalse como una infraestructura útil, pero también como un escenario para el ocio cortesano. Mandó construir islas destinadas al recreo y las crónicas de la época describen la celebración de naumaquias, paseos en embarcaciones y jornadas de pesca con especies traídas expresamente desde Flandes. Durante el siglo XVII, el lugar siguió ampliando sus funciones lúdicas. En 1625, Felipe IV ordenó levantar una isla artificial equipada con un cenador, un embarcadero y un puesto de tiro, mientras que décadas más tarde se construyó una plaza de toros en sus inmediaciones. Ya en el siglo XVIII se añadieron nuevas infraestructuras hidráulicas para mejorar el abastecimiento del Real Sitio, entre ellas el llamado Mar Chico, un estanque decantador desde el que partía una conducción hasta el Jardín de la Isla. A lo largo de los siglos, el embalse dejó de ser únicamente una obra de ingeniería para convertirse en una pieza esencial del paisaje histórico de Aranjuez.
El tiempo, sin embargo, terminó transformando aquella infraestructura de una manera que ninguno de sus constructores habría podido prever. La erosión constante de los cerros yesíferos fue arrastrando arcillas y limos hasta el fondo del embalse, reduciendo paulatinamente su capacidad de almacenamiento. A medida que aumentaban los sedimentos, la vegetación fue ocupando el espacio antes dominado por el agua y el antiguo estanque evolucionó hacia un humedal permanente. El Mar de Ontígola continúa alimentándose del arroyo homónimo y de la escorrentía procedente de las laderas circundantes, pero hoy su fisonomía responde mucho más a procesos naturales que al diseño original del siglo XVI. Incluso la composición del agua refleja esa evolución: la presencia de yesos y margas en el terreno le confiere una salinidad poco habitual en los humedales del interior peninsular, una característica que condiciona profundamente la flora y la fauna presentes en la reserva.
Un refugio para aves en el corazón del valle del Tajo
El humedal constituye hoy uno de los principales refugios para la avifauna del sur madrileño. La extensa vegetación palustre formada por carrizos, espadañas, juncales, tarayes y sauces crea un entramado de refugios donde numerosas especies encuentran alimento, protección y lugares adecuados para reproducirse. Entre las aves más características destacan el ánade real, el somormujo lavanco, el porrón común, la garza real y el aguilucho lagunero, aunque el inventario supera ampliamente el centenar de especies y reúne una elevada proporción de aves protegidas. A ellas se suman anfibios, reptiles, peces, pequeños invertebrados y mamíferos como la rata de agua, el zorro o el jabalí, configurando un ecosistema cuya riqueza biológica contrasta con el paisaje seco que domina buena parte del entorno de Aranjuez.
El santuario europeo de las mariposas
Si el Mar de Ontígola encuentra su mayor valor en el agua, la finca de El Regajal concentra la otra gran singularidad de la reserva. Sobre sus laderas yesíferas, dominadas por un monte mediterráneo adaptado a condiciones de gran aridez, prospera una de las comunidades de lepidópteros más importantes de Europa. Entre las especies más representativas figuran los endemismos amenazados Plebejus pylaon e Iolana iolas, cuya supervivencia depende de un delicado equilibrio entre el suelo, la vegetación y el clima. La extraordinaria diversidad de este enclave hizo que especialistas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza lo señalaran ya en 1979 como una de las prioridades mundiales para la conservación de las mariposas, un reconocimiento que todavía hoy sitúa a El Regajal entre los espacios de mayor interés científico del continente.
La convivencia entre un humedal de relevancia internacional y un enclave excepcional para los insectos explica el amplio nivel de protección del espacio. La Comunidad de Madrid declaró la Reserva Natural de El Regajal-Mar de Ontígola en 1994 y, posteriormente, el territorio pasó a integrarse en la Red Natura 2000 como Zona Especial de Conservación y en la Zona de Especial Protección para las Aves de los Carrizales y Sotos de Aranjuez. El vigente Plan de Ordenación de los Recursos Naturales fija como objetivos conservar los ecosistemas presentes, orientar la restauración de los hábitats degradados, impulsar la investigación científica y compatibilizar cualquier uso del territorio con la preservación de sus valores ambientales. La protección, por tanto, no responde únicamente a la existencia de especies amenazadas, sino también al interés geológico, histórico y paisajístico que concentra un espacio donde naturaleza y patrimonio evolucionan de forma inseparable.
Un paisaje donde cinco siglos siguen dialogando
Hoy es posible recorrer parte de este entorno a través de un itinerario senderista de unos 800 metros que bordea la laguna entre tarayes, carrizos, orzagas, ontinas, cañas y coscojas, permitiendo comprender cómo un proyecto nacido para abastecer los jardines de la monarquía acabó convirtiéndose en uno de los paisajes más valiosos de la Comunidad de Madrid. La coexistencia de una obra clave de la ingeniería hidráulica renacentista, un humedal de gran importancia para la avifauna y una de las principales reservas europeas de lepidópteros convierte a El Regajal-Mar de Ontígola en un espacio donde patrimonio histórico y biodiversidad han evolucionado de forma inseparable durante casi cinco siglos. El Regajal-Mar de Ontígola demuestra que la naturaleza no siempre borra la huella humana: en ocasiones la transforma, la integra y la convierte, con el paso de los siglos, en el origen de un ecosistema irrepetible cuya importancia trasciende tanto el patrimonio histórico como la biodiversidad que hoy protege.
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