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Así no hay manera

El balance de la primera vuelta de la investidura del candidato Quim Torra resulta fácil

Todos, absolutamente todos, se han comportado como si nada hubiera pasado; nadie sale de su zona de confort, nadie mira hacia delante

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Imagen del hemiciclo durante el debate de investidura

Debate de investidura de Quim Torra

El balance de la primera vuelta de la investidura del candidato Quim Torra resulta fácil. Todos, absolutamente todos, se han comportado como si nada hubiera pasado y el tiempo les hubiera dado la razón, cuando ha sucedido exactamente lo contrario. Nadie sale de su zona de confort, nadie mira hacia delante y así no hay manera, resulta casi imposible hacer política.

El candidato Quim Torra se dirigió al Parlament como si estuviéramos en octubre de 2017, Carles Puigdemont continuase siendo president y él estuviera haciéndole unos recados. El propio Puigdemont actúa como si no se encontrara a la espera de lo que decida la justicia alemana y su vicepresidente, Oriol Junqueras, estuviera de baja y no en prisión. Los dos saben que no es así pero se comportan como si lo fuera. De hecho son tan conscientes que, desde que designó a Torra con su dedo, Puigdemont ha sentido la imperiosa necesidad de recordarnos expresamente que quién manda es él. La gente que manda de verdad no se pasa el día proclamándolo en público, solo sienten la urgencia de dejarlo claro aquellos que intuyen que no lo está.

Los dos socios, PDeCAT y ERC, callan y otorgan porque nadie quiere ser quien asuma el siempre expuesto papel de decirle al emperador que va desnudo. Solo la CUP se atreve a decírselo pero sin pasar de la abstención. Demócratas y republicanos saben y han aceptado que son capaces de ganar las elecciones pero ni consiguen, ni van conseguir, ganar con la mayoría suficiente los plebiscitos en que han pretendido convertirlas. Aunque mientras no lo admitan en público y actúen en consecuencia sirve de poco saberlo.

En el ámbito no nacionalista también se impone el inmovilismo. Primero tenia que ser un candidato que no se hallase en la cárcel o huido, luego uno sin problemas legales, luego uno que no estuviera ni siquiera en riesgo de tenerlos y ahora, al parecer, alguien con un historial irreprochable en twitter, que no sea nacionalista de toda la vida y que además reconozca que estaba equivocado; o sea, uno de los suyos.
Nadie ha encarnado la esterilidad de la política como lo hizo el sábado Inés Arrimadas en el Parlament. Centrada en la vital cuestión de comentarnos unos tuits del candidato de hace años, ya borrados y lamentados, apenas tuvo tiempo de explicarnos sus soluciones. En el paroxismo de la hiperventilación que ha sacudido a Ciudadanos tras el CIS de abril, Albert Rivera ya ha exigido a Rajoy que mantenga el 155 como respuesta al discurso del candidato. De puro oportunista, Rivera acabará logrando que Rajoy nos parezca Winston Churchill.

El PSC y el PP también se comportan como si nada hubiera pasado y, si ha pasado, ellos han aprendido poca cosa. Al parecer aún no se han convencido de que esa línea de confrontación y beligerancia dialéctica llevada al extremo del melodrama patriótico solo tiene un beneficiario y viste de naranja. Los Comunes tampoco parecen haber asumido que, a veces, para ganar, hay que bajar al barro.

Unos y otros se comportan como en el día de la marmota y todos recogen los frutos de tan exuberante esterilidad, aunque puede que no precisamente los esperados. Según el último barómetro catalán, Ciudadanos repetiría su estéril victoria con un par de diputado menos, el PDeCat y ERC volverían a empatar, la CUP recuperaría lo perdido en diciembre, el PP seguiría sin grupo parlamentaria y PSC y Comunes retornarían a los resultados de 2015. El independentismo tornaría a los 75 escaños. La realidad es tozuda.

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