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La maternidad de Susana Díaz: he aquí una serpiente de verano

En la práctica el mensaje sigue siendo que los hombres deben cuidar la octava parte que las mujeres (dos semanas frente a 16). Este mensaje es clave para el mantenimiento de la sociedad en la que vivimos. Reflexionemos

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Parece que tenemos servida una pequeña serpiente de verano: el debate en torno a la maternidad de Susana Diaz. Por mucho que ella diga que se toma mucho más permiso que otras (el mes de agosto), no se librará de figurar en la lista junto a Carme Chacón, Soraya Sáenz de Santamaría y las que se presenten, culpables todas de no atender suficientemente a sus criaturas. Por supuesto, si alguna se tomara las 16 semanas sería declarada culpable de abandonar el Gobierno. En cualquier caso, culpable. Culpable, en realidad, de pretender ser madre responsable y responsable política al mismo tiempo.

Con este estado de cosas, es muy comprensible que las ministras tengan muchas menos criaturas que los ministros. Sin embargo, he aquí un hecho que, a pesar de suceder profusamente, nunca es noticia: “El ministro X acaba de ser padre”.

Busquemos en Google “maternidad ministra” y encontraremos en primer lugar los permisos de maternidad de las ministras, que siempre se consideran escandalosamente cortos. Busquemos en cambio “paternidad ministro”, y lo que veremos fácilmente es que el ministro Pimentel admite ser padre 7 años después; o que el ministro Alonso fue abandonado por su padre en su más tierna infancia. Hay que buscar mucho más para llegar a los escasísimos ministros que se han tomado unos días de permiso de paternidad, y entonces descubriremos que sistemáticamente se les hace la ola por dedicar tanto tiempo (por ejemplo el consejero de Sanidad Güemes, que se tomó 10 días y arrancó de Esperanza Aguirre la declaración de que era “su ídolo”). En resumen: una ministra se toma 10 días y es una mala madre. Un ministro se toma 10 días y es un padre ejemplar.  Efectivamente, los prejuicios de género existen.

No dudo de la buena intención con la que muchas mujeres piden a Susana Diaz que “desaparezca por mucho tiempo” para no traicionar los “derechos de las mujeres”. Pero estoy segura de que muchas de ellas no lo harían si reflexionaran sobre el alcance de ese estatus-quo que están defendiendo y cómo afecta a sus/nuestras propias vidas.

La oración “¿puede una presidenta volver al trabajo antes de los 4 meses?” inmediatamente se vuelve por pasiva: “Puede una mujer ser presidenta?”. Y esa eterna cuestión no es ni más ni menos que el cuestionamiento de todos nuestros empleos, también de las que se escandalizan. Todas las mujeres trabajadoras estamos siendo acusadas de abandono de hogar, y más en tiempos de crisis en los que existe un exceso de mano de obra masculina.

No debemos olvidar que ningún gobierno ha rebajado nunca el permiso de maternidad. Al contrario: no hacen más que aumentar esos llamados “derechos de las mujeres” a retirarse del empleo cuando hay necesidades de cuidado en la familia. Por ejemplo en España podemos decir que los únicos derechos laborales que han aumentado en los últimos años son los de excedencias y los de reducciones de jornada para el cuidado (estos últimos hasta los 12 años de la criatura), manteniendo la prohibición del despido durante todo ese tiempo. Así, cuanto más se flexibiliza el empleo en general, más se convierten esas supuestas protecciones y derechos en un boomerang contra todas las mujeres, en tanto en cuanto somos nosotras quienes presentamos ante los empresarios el riesgo de utilizarlas.

También es importante no perder de vista esta pregunta: ¿qué consecuencias tiene apostar por una sociedad en la que las mujeres sigamos siendo el grupo social que mayormente cuida, y los hombres quienes mayormente no cuidan? Al apartarse de sus empleos más que los hombres, muchas mujeres pierden sus posibilidades de promoción, se convierten en económicamente dependientes y terminan en la pobreza. Los padres no pueden ocuparse correctamente de sus criaturas, y estas no pueden disfrutar del cuidado  de sus papás. La familia de un solo ingreso se convierte en una trampa de pobreza y de violencia; no solo porque la violencia de género es una consecuencia de esta estructura social sino porque, además, muchas veces la mujer es económicamente dependiente de su maltratador.

Estas consideraciones no suelen negarse, pero frecuentemente resultan sepultadas bajo reacciones inmediatas. Reacciones con apariencia de radicales o incluso de rabiosamente feministas, pero que curiosamente son más virulentas en los países con mayor desigualdad. Es el caso, por ejemplo, de la reivindicación del alargamiento del permiso de maternidad a más de un año, con el sacrosanto argumento de la lactancia materna.

La mitad de las mujeres españolas abandonan la lactancia materna a los tres meses, y a partir de los seis la misma OMS desaconseja la lactancia materna exclusiva. Así pues, para cuando termina el permiso de maternidad son pocas las madres que siguen lactando. Si el padre tuviera el mismo permiso que la madre, podría suplirla cuando se incorporase a su empleo, incluyendo en su caso la administración al bebé de leche materna o incluso su acercamiento a la madre para que esta lo hiciera en los descansos previstos legalmente.

A pesar de que este sería un escenario indudablemente más favorable al actual sin perjudicar los derechos de nadie, su sola mención saca de quicio a quienes hacen de la lactancia materna el derecho fundamental de la infancia. ¿Cómo es que estas personas no se acuerdan, por ejemplo, del derecho de la infancia a una vida libre de pobreza y de violencia? ¿Pueden asegurarse esos derechos en una familia en la que la mujer está apartada de su empleo durante mucho más tiempo que el hombre? Rotundamente no.

La equiparación del permiso de paternidad al de maternidad, tal como propone la PPIINA, es una medida emblemática de la apuesta por esa otra sociedad en la que todas las personas podamos ser sustentadoras y cuidadoras en igualdad. Es el método privilegiado para iniciar a los hombres en el cuidado de forma satisfactoria para ellos, para los bebés y para las mujeres. Junto con servicios públicos y jornadas a tiempo completo cortas (35 horas semanales), proporcionaría un escenario en el que la igualdad sería posible.

Así que sí se puede avanzar hacia otro modelo social, solo falta que reflexionemos y no nos dejemos llevar por la corriente del statu quo. También falta decisión para exigir a los gobiernos coherencia y voluntad política. El Congreso de los Diputados ha reconocido de palabra la necesidad de la equiparación de los permisos, pero en la práctica el mensaje sigue siendo que los hombres deben cuidar la octava parte que las mujeres (dos semanas frente a 16). Este mensaje es clave para el mantenimiento de la sociedad en la que vivimos. Reflexionemos.

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