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Los números del agua son la vergüenza de la humanidad

A lo largo de la semana ha tenido lugar en Brasilia el octavo Foro Mundial del Agua, que ha servido para volver a señalar los vergonzosos números del acceso al agua potable y de saneamiento en el mundo

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La escasez de agua pone en riesgo la producción de alimentos, según la FAO

EFE

El pasado jueves 22 de marzo celebramos el Día Mundial del Agua y, aprovechando la efeméride, a lo largo de la semana ha tenido lugar en Brasilia el octavo Foro Mundial del Agua (WWC, por su acrónimo en inglés).

El encuentro, al que han asistido más de un centenar de altos mandatarios internacionales, ha servido para volver a señalar los vergonzosos números del acceso al agua potable y de saneamiento en el mundo. Algo que, según la ONU, debería ser un derecho humano universal, pero que en verdad sigue siendo el privilegio de los que vivimos en el lado bueno mundo.

Mientras en los países desarrollados jugamos al Monopoly con el agua, la Organización Mundial de la Salud (OMS) no deja de gritarnos al oído que 3 de cada 10 personas en el mundo -y eso son 2.100 millones de seres humanos- carecen de acceso al agua potable en sus hogares, mientras que 6 de cada 10 -y aquí hablamos ya de 4.500 millones- carecen del sistema de saneamiento básico para la salud.

El actor Matt Damon, gran defensor del medio ambiente y fundador de la ONG  Water.org junto al activista del agua Gary White, fue el encargado de inaugurar el WWC de este año. Y lo hizo repitiendo la frase que ya soltó en el Foro de Davos de hace un par de años: “Nos estamos equivocando de progreso cuando en el mundo hay más teléfonos móviles que inodoros”. Para enmarcar.

Los debates posteriores giraron en torno a dos cuestiones principales: cómo debemos actuar para progresar de manera más equilibrada, garantizando el acceso al agua potable a todos esos millones de personas que siguen sin disponer de sus servicios básicos, y qué debemos hacer quienes disfrutamos ese derecho para no perderlo como consecuencia del cambio climático. Porque puede ocurrir.

Los que crean que eso es imposible y se imaginen que nosotros nunca vamos a estar en esos números, que son los números de la vergüenza, solo tienen que observar los modelos climáticos hacia los que nos empuja el calentamiento global.

Esos modelos señalan que en 2025 la mitad de la población mundial viviremos (porque esa mitad incluye a la Península Ibérica) en zonas con un elevado nivel de estrés hídrico en las que las sequías serán cada vez más severas y persistentes.

En Ciudad del Cabo, segunda capital de Sudáfrica y uno de los principales destinos  turísticos del continente africano, tampoco se lo imaginaban. Con más habitantes que Madrid y Barcelona juntas, la población y el número de turistas no paran de aumentar mientras sus reservas de agua se agotan. Los embalses que abastecen a la ciudad han pasado de tener una media de llenado del 93% en la última década, al 21% actual. Y bajando.

Como consecuencia, a principios de año empezaron las restricciones. Primero se redujo el uso agrícola e industrial. Luego se prohibió usar el agua para regar jardines, llenar piscinas (públicas y privadas), lavar el coche y mantener las instalaciones deportivas. Pero las lluvias siguieron sin aparecer y la cosa se complicó, por lo que las autoridades locales pusieron en marcha un plan de emergencia.

Dicho plan prevé el corte total del suministro de agua potable a domicilios y comercios para finales de este mes si sigue sin llover. En ese momento se habilitarán más de doscientos puntos de abastecimiento por toda la ciudad donde los habitantes podrán acudir para llenar sus garrafas. Eso sí, con un cupo máximo: cincuenta litros por persona y día.

Lo que sí está en marcha es el plan de choque decretado por el gobierno sudafricano, que ha calificado la situación en Ciudad del Cabo de “desastre nacional”. Los hoteles han restringido el uso de las duchas en las habitaciones colocando una alarma que empieza a sonar apenas un minuto después de abrir el grifo. En los restaurantes han desparecido los manteles de tela y los cubiertos son desechables. En los urinarios hay carteles con un reloj de cartón que se debe girar tras cada uso para que solo se tire de la cadena una vez de cada cuatro, evidentemente con las excepciones que todos imaginamos.

Ciudad del Cabo esta en las antípodas, pero quienes la han visitado señalan su semejanza a Barcelona, Valencia o Málaga. Una ciudad turística bañada por el mar, con un clima mediterráneo de cuatro estaciones templadas y un régimen de lluvias más o menos constante. Pero el tiempo está cambiando. Las cuatro estaciones se han quedado en dos, con largos períodos de sequía seguidos de cortos episodios de precipitaciones intensas y catastróficas, unas lluvias que cuando no llegan rompen la balanza. ¿Les suena? Pues deberíamos tomar buena nota.    

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