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Es tiempo de antimilitarismo

La cuestión de fondo, sin embargo, es que el militarismo está ganando la batalla. Treinta años después de las movilizaciones contra la entrada de España en la OTAN, el Estado español ha logrado desarticular al movimiento antimilitarista.

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Desde hace más de una semana pasan sobre Madrid aviones de combate. Atronadores, intimidantes, casi aterradores. Vuelan muy rápido y muy bajo, atravesando todo con su estruendo, y a su paso evocan lo peor: el terror, el dolor y la destrucción de la guerra. El ejército del Aire lleva invadiendo así durante días el espacio aéreo de la ciudad (espacio civil), no teniendo, al parecer, bastante con la que nos tienen preparada las Fuerzas Armadas para el próximo miércoles 12 de octubre, que es además el Día de la Hispanidad y se ha considerado nuestra Fiesta Nacional. Por las molestias que ocasionan (acústicas y, sí, morales), no se entiende la necesidad de esas pruebas previas sobre la ciudad; ni se entiende por los gastos que conllevan, si tenemos en cuenta que cada hora de vuelo de uno de esos aviones caza cuesta, como mínimo, unos 5.000 euros.

Resulta alentador que, en coherencia con sus planteamientos ideológicos y en consonancia con nuestro tiempo, algunas formaciones políticas se hayan desmarcado del tufillo “franquista y viejo” de la Fiesta Nacional: Unidos Podemos y sus confluencias gallega y catalana, PNV, Compromís, ERC y Convergència (actual Partit Demòcrata Catalá). Consideran que, en caso de existir, la festividad nacional debiera vinculares con valores democráticos, constitucionales e incluso republicanos, y no con la violencia de la colonización de América y con el militarismo. Por esta visión alternativa (y avanzada) de qué y cómo debe festejarse, están recibiendo fuertes críticas: por ejemplo, Jorge Fernández Díaz, el ministro del Interior en funciones que lo consulta todo con Marcelo, su ángel de la guarda, ha acusado a Pablo Iglesias de “inmadurez política”. Resulta de una credibilidad aplastante.

También se critica la falta de asistencia de Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, obviando el hecho de que estará en Bogotá, representando a la ciudad de Madrid en la ‘Asamblea Mundial de Líderes Locales y Regionales’. Desde allí viajará a Quito, donde participará en ‘Habitat III’, un foro sobre vivienda y desarrollo sostenible vinculado con la ONU, que ha designado a Carmena portavoz de los ayuntamientos. No tenemos garantía alguna acerca de la utilidad de esos encuentros, pero cabe deducir que, al menos, sus objetivos son más constructivos que los del desfile militar, donde, por cierto, la alcaldesa fue abucheada el año pasado.

La cuestión de fondo, sin embargo, es que el militarismo está ganando la batalla. Treinta años después de las movilizaciones contra la entrada de España en la OTAN, el Estado español ha logrado desarticular al movimiento antimilitarista. Mar R, Jimena, de la asamblea antimilitarista Madrid-MOC, lo achaca a la campaña “propagandística y de marketing” sostenida en el tiempo por el Ministerio de Defensa. Las exhibiciones militares que se llevan a cabo con motivo de la Fiesta Nacional, y desde varios días antes, forman parte de esa propaganda. Jimena se lamenta de que incluso desde la izquierda se oigan voces que defienden que un país haga acopio de armas. Desde luego, y aún en el muy discutible caso de que los ejércitos fueran imprescindibles, lo que no es defendible en ningún caso es que el recurso a la fuerza sea objeto de ostentación.

En España no solo se hace esa ostentación sino que se identifica con la más alta fiesta patria y con la Hispanidad. Calificar de radical a quienes (como Joan Baldoví, que no cree que "sacar el Ejército a la calle sea la mejor forma de festejar el hermanamiento con los países latinoamericanos y con las comunidades indígenas”) ponen en tela de juicio tal exhibición, solo es una herramienta de manipulación política, si el calificativo procede de cargos como Fernández el de los espionajes, y denota conformismo, espíritu acomodaticio y conservadurismo, si procede de la ciudadanía. Todo puede ser (ha de ser) revisado en el tiempo; de hecho, esa revisión es la clave de la evolución y es la base del afianzamiento de las ideas.

En el actual escenario de crisis y conflicto global, el militarismo debe revisarse más que nunca, si queremos que los derroteros no los marquen las estelas de los aviones de combate. Se trata de escoger entre construir una cultura de paz o fomentar la cultura de la guerra. Por desgracia, conocemos de sobra cuál es la elección del Gobierno español en funciones, que ha incrementado cada año las partidas presupuestarias destinadas a armamento. Lo ha hecho de la experta mano de Morenés, un ministro de Defensa que se enriqueció en la industria armamentística (fue consejero delegado de Instalaza, la empresa española que más armas exporta y que ha recibido contratos millonarios del Ministerio de Defensa). Un industria que, obviamente, necesita de las guerras para cuadrar y engrosar sus cuentas de resultados.

La de Siria (o la de Yemen, y antes Irak, Afganistán, Libia) es la más violenta y dolorosa de las últimas décadas, y ha generado una tragedia humana, la de los refugiados, para cuyo alivio se dice ahora no tener recursos. Los que han facilitado las armas para que los ciudadanos de esos países sean masacrados o se vean obligados a desplazarse, son los mismos que les niegan ahora el pan y la sal. Nada nuevo bajo el sol: la cultura de la guerra. Para aspirar a una cultura de la paz, a una cultura que abomine del daño y el dolor de la guerra, es, por tanto, un imperativo de presente y de futuro que la ciudadanía recupere el espíritu antimilitarista y lo insufle a las nuevas generaciones, engañadas con las “misiones humanitarias” de los ejércitos.

En el Día de la Hispanidad debemos escuchar lo que nos dicen los antimilitaristas como Jordi Calvo Rufanges, del Centro Delàs de Estudios por la Paz: “En España hay una gran cantidad de empresas armamentísticas, somos los líderes en producción y en exportación, y esas armas que aquí generan beneficios económicos a unos pocos están generando muerte y razones para emprender nuevos proyectos humanitarios”.

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