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Nosotros, la nación

La diferencia que suele estar en el origen de un querer separarse esconde lo que está realmente en juego: “Somos mejores”

No parece casual que, en tiempos de crisis, la dureza de la vida empuje a la creencia en un responsable del propio malestar, un otro que nos sustrae parte de nuestro goce

En un Estado de derecho y una democracia deficientes, sería deseable que los políticos se orienten por la ética de las consecuencias y no sólo por las intenciones

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Senyeras, Estelades y carteles de Libertad, en Barcelona

Manifestación independentista en Barcelona. Foto: Andrea Bosch

"No quejarse, ni burlarse, ni odiar, sino comprender". Es el precepto de Baruch Spinoza que intento seguir en este artículo ante acontecimientos cuya primera respuesta podría ser de rechazo.

Solemos repetir que los nacionalismos suelen ser causa de guerras. Si esta afirmación es cierta, cabe preguntarse por qué razones el ser humano siente que necesita pertenecer a un grupo, una comunidad, una patria, un lo que sea. ¿A qué leyes responde esta necesidad? De fondo, ¿qué satisface? 

Puede responder al deseo de dar un sentido a la propia vida. O generarse por el desamparo y la búsqueda de protección en un Otro. Pero más allá de todo ello, existe una tendencia a identificarse con los que se parecen a uno mismo. La idea de nosotros se alimenta de la creencia en otros que se parecen a uno. Considerar a los semejantes mejores que los que difieren de nosotros es, creo, el fundamento más potente del nacionalismo.  

Los seres humanos no somos tan libres como creemos. Tras las causas conscientes de nuestros actos, existen otras causas escondidas, móviles inconscientes, identificaciones ignoradas que nos determinan para que actuemos de cierta manera. La identificación con algo puede fijar un sufrimiento que sólo se desvanece cuando se vuelve consciente. Pero la política, precisamente, funciona mediante identificaciones exhibidas como verdades que se supone que nos revelan la esencia de lo que somos. Sirven para aglutinarnos en un conjunto. 

En relación con la situación de Catalunya y España, encontramos diferentes discursos: nacionalismos que niegan "creerse mejores", que sólo reivindican “ser diferentes” y hacer las cosas de “otro modo”; que dicen amar a los suyos sin odiar a los otros. La diferencia que suele estar en el origen de un querer separarse esconde lo que está realmente en juego: “Somos mejores”. Si la mera diferencia con el otro no se tradujera automáticamente por mejor/peor, no sería tan difícil soportar estar incluido en un mismo conjunto.

La culpa, del otro

Tampoco parece casual que, en tiempos de crisis, la dureza de la vida empuje a la creencia en un responsable del propio malestar, un otro que nos sustrae parte de nuestro goce (nuestro dinero, nuestro trabajo, nuestras libertades...). El problema no es fácil de solucionar por la dificultad del ser humano en reconocer que su falta es estructural y que este otro que uno rechaza está dentro uno mismo. Dicho problema también emerge en el grupo de los que se identifican con el rasgo de “no identificarse”, que gozan denunciando el goce del otro, y miran por encima del hombro a los pobres engañados por cualquier bandera. Este grupo no está libre de la pasión de pertenecer a una institución, empresa, equipo, ideología...

Sabemos desde Freud que existe en cada uno de nosotros una pulsión de destrucción e incluso de autodestrucción, según la cual el hombre es un lobo para su prójimo y un peligro para sí mismo. Este prójimo es, para el ser humano, “una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, martirizarlo e incluso asesinarlo”. Es esta indiscutible existencia del mal lo que los seres humanos no quieren ver. La violencia, lo queramos o no, está. Y es una ingenuidad negarla, sabiendo que la ingenuidad se funda sobre un no querer saber nada de nuestra propia parte oscura. La cuestión no es tanto cómo erradicar la violencia inherente al ser humano, sino cómo producir diques para tratarla.

El nacionalismo puede satisfacer nuestra tendencia a la agresión: un grupo se funda sobre la segregación de otros y satisface su pulsión de destrucción, más peligrosa aún cuando un individuo está inmerso en la masa. La masa es impulsiva, voluble, excitable (Freud dixit). Pide ilusiones porque no quiere saber. 

En un Estado de derecho y una democracia deficientes, ojalá los políticos se orienten por la ética de las consecuencias y no sólo por las intenciones. Actuar según la ética de las intenciones es lo que sostiene la religión católica: “El cristiano hace su deber y el resultado de su acción es asunto de Dios”, escribía Max Weber. En cambio, la ética de la responsabilidad preconiza hacerse cargo de las consecuencias de nuestros actos. Hagamos o no hagamos, tomamos una posición que las tendrá. Todos tenemos una responsabilidad política. Mañana no valdrá quejarse de los efectos de lo que produzcamos hoy.

[Este artículo ha sido publicado en el número 52 de la revista Alternativas Económicas. Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente con una suscripción]

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