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Edward Snowden es un héroe, no un traidor

Edward Snowden, ex analista de la CIA, destapó el impresionante alcance de la vigilancia masiva a escala mundial © PHOTOS COURTESY OF RADiUS-TWC

En junio de 2013, al hacer llegar a unos periodistas documentos de inteligencia de Estados Unidos, Edward Snowden destapó la impresionante envergadura del aparato de vigilancia masiva a escala global. Así, reveló cómo los gobiernos estaban extrayendo en secreto una gran parte de nuestras comunicaciones personales, como mensajes privados de correo electrónico, ubicaciones telefónicas, historiales de páginas web visitadas y mucho más. Y todo ello sin nuestro consentimiento.

Su valentía cambió el mundo y desencadenó un debate a escala mundial, que se tradujo en reformas legales y ayudó a proteger nuestra intimidad. Edward Snowden es un héroe de los derechos humanos, a pesar de lo cual se enfrenta a décadas de cárcel por unas acusaciones que lo presentan como si fuera un espía que hubiera vendido secretos a los enemigos de Estados Unidos.

Firma la petición que hemos presentado en asociación con la Unión Estadounidense para la Defensa de las Libertades Civiles (ACLU) y la campaña Pardon Snowden (Indultar a Snowden).

Así se lo decimos al Señor presidente Obama:

Cuando Edward Snowden compartió documentos de inteligencia de Estados Unidos con unos periodistas, en 2013, lo hizo porque creyó que el gobierno y la ciudadanía de su país –y del mundo entero– tenían que enfrentarse a la verdad. Y esa verdad era que los gobiernos habían implantado un sistema de vigilancia masiva mundial para espiar nuestras comunicaciones personales, tales como correos electrónicos privados, ubicaciones telefónicas, historiales de páginas web visitadas, y más.

Al decidir compartir esta información, Edward Snowden desencadenó un debate a escala mundial que cambió las leyes y contribuyó a proteger nuestra intimidad. Por primera vez en casi 40 años, Estados Unidos aprobó leyes para restringir la vigilancia ejercida por el gobierno, y en el mundo las empresas de tecnología, como Apple y WhatsApp, se esfuerzan ahora más por proteger nuestra información personal.

Nada de esto habría ocurrido sin Edward Snowden. El ex fiscal general de Estados Unidos Eric Holder admitió que Snowden “llevó a cabo un servicio público”. Incluso usted, señor presidente, ha dicho que el debate sobre la vigilancia “nos hará más fuertes”. Y sin embargo, Edward Snowden aún se enfrenta a pasar decenas de años en la cárcel en virtud de unas leyes que equiparan la denuncia de irregularidades en aras del interés público con la venta de secretos a enemigos de Estados Unidos.

Confío en que la Historia recordará a Edward Snowden por las reformas a las que contribuyó. Pero no hay necesidad de esperar a que sea la Historia quien lo juzgue.

Señor presidente Obama, indulte a Edward Snowden, que no ha hecho más que denunciar irregularidades y actuar en beneficio público.

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La búsqueda o la vida: desapariciones forzadas en Colombia

Acción de Amnistía Internacional sobre desapariciones en Colombia en octubre de 2009, Barcelona © LLUIS GENE/AFP/Getty Images

El pasado 6 de noviembre, en una ceremonia ordenada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, el presidente Santos asumió la responsabilidad y pidió perdón por la participación del Estado en la desaparición forzada de 10 personas, la desaparición forzada y ejecución extrajudicial de una undécima y la tortura de varias más, tras la toma del Palacio de Justicia de 1985.  Un centenar de personas murieron en el asalto. Muy pocos de los presuntos responsables de esos crímenes han rendido cuentas.

De hecho, lo que sucede es que los familiares de las víctimas que han hecho campaña por la justicia y tratado de descubrir el paradero de sus seres queridos, así como integrantes de ONGs de derechos humanos que les apoyan, han recibido amenazas de muerte. El pasado año, el Comité de las Naciones Unidas contra la Tortura expresó su preocupación por “la persistencia de graves violaciones de derechos humanos en el Estado parte, tales como ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas”.

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Estudiantes sostienen un cartel durante una protesta mientras la policía monta guardia en Bogotá, Colombia. © AP Photo/Fernando Vergara

Estudiantes sostienen un cartel durante una protesta mientras la policía monta guardia en Bogotá, Colombia. © AP Photo/Fernando Vergara

El 25 de junio de 2015, Claudia Mabel Palacios, cuyo hijo fue objeto de desaparición forzada en 2014, recibió la llamada telefónica de un hombre que le dijo que tenía ocho días para abandonar la zona en la que vive, en el suroeste de Colombia, que "no querían verla más allí" y que dejara de buscar a su hijo si no quería sufrir una tragedia peor que la que sufrió él. Se cree que su hijo, Hafith Ríos Palacios, de 19 años, fue secuestrado en marzo de 2014 por paramilitares que actúan en la zona de El Palmar, municipio de Dagua, donde ella reside. Claudia Mabel Palacios recibió la llamada amenazadora unos días después de visitar la zona de El Palmar, donde podría estar enterrado su hijo.

Parecida suerte corrió Fair Leonardo Porras Bernal, que desapareció el 8 de enero de 2008, a los 26 años, y después hallada víctima de ejecución extrajudicial. El 16 de septiembre del mismo año a su madre, Luz Marina, le llamaron para informarle de que se había encontrado el cadáver de su hijo en una fosa común del municipio de Ocaña, en el departamento noroccidental de Norte de Santander. Fuentes del ejército informaron de que había muerto en combate, como combatiente de un grupo armado ilegal. Investigaciones posteriores realizadas por la Fiscalía General de la Nación establecieron la falsedad de esta información e indicaron que Fair Leonardo Porras Bernal había sido ejecutado extrajudicialmente por el ejército.  

Fue uno de los llamados falsos positivos. Miles de casos de ejecuciones extrajudiciales en los que las víctimas fueron presentados por el ejército como guerrilleros muertos en combate o, en ocasiones, paramilitares muertos en combate.  A finales de julio de 2013, tras años de lucha por la justicia y numerosas amenazas, fueron condenados cinco soldados por la muerte de Fair Leonardo. La lucha de un grupo de madres, las conocidas como Madres de Soacha, resultó fundamental.

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Medallas sin viaje de vuelta

Manifestación en Etiopía para exigir que se respeten los derechos humanos © Elvert Xavier Barnes

En su país, Etiopía, su pueblo, los Oromo, el mayor grupo étnico, sí lo comprendieron. Porque así es como ellos van a las manifestaciones y simbolizan la situación de represión que sufren.

Esta región y su población lleva años sufriendo una brutal persecución como consecuencia, entre otros motivos, de su oposición al EPRDF, el partido en el poder. Debido a su gran extensión (constituyen el 35,3% de la población), suponen una “gran amenaza” para el gobierno. Amnistía Internacional lleva tiempo denunciando detenciones arbitrarias, ejecuciones extrajudiciales, malos tratos, tortura y desapariciones forzadas. Al menos 5.000 oromos fueron detenidos entre 2011 y 2014: constituyen una gran proporción de la población reclusa en las cárceles federales, así como de las personas refugiadas de Etiopía.

Sin ir más lejos, en el mes de agosto de 2016 las manifestaciones pacíficas contra la marginación política, la no representación, el acaparamiento de tierras y la corrupción, han sido reprimidas con munición real y una violencia desproporcionada por parte de las fuerzas de seguridad, dejando al menos 97 víctimas mortales.

Un ejemplo de esta represión la cuenta en el informe de Amnistía Internacional un profesor que explica cómo le habían clavado una bayoneta en el ojo cuando le torturaban bajo custodia por negarse a hacer propaganda del partido gobernante en sus clases. Igualmente, una niña relató que, estando detenida en una base militar, le habían puesto ascuas de carbón en el estómago por ser su padre sospechoso de apoyar al Frente de Liberación Oromo.

De la misma manera, un estudiante declaró como lo ataron en posturas forzadas y lo colgaron de la pared por una muñeca porque pensaban que un proyecto comercial que había elaborado para una competición universitaria tenía una motivación política.

Las víctimas no son solo oromos, también de otros grupos étnicos. Porque lo que se persigue en Etiopía es la disidencia, de cualquier tipo.

Etiopía es un país conocido como destino turístico para los españoles, incluso por su papel para la adopción internacional. Pero sin embargo, poca gente sabe lo que realmente está ocurriendo allí.

Mapa de Etiopía

Mapa de Etiopía

La realidad es que se trata de uno de los países con más periodistas encarcelados y donde hay más censura. Cuando periodistas de Al Yazira fueron detenidos en Egipto, la atención mundial se ocupó de ellos, pero, ¿quién conocer por ejemplo al periodista etíope Eskinder Nega? Este profesional, lleva cuatro años en la cárcel y todavía le quedan otros catorce, por haberse planteado en un artículo sobre la Primavera Árabe si sería posible un movimiento así en Etiopía.

Etiopía, es en la actualidad un país con una economía dinámica y un crecimiento del producto interior bruto que, a pesar de la sequía, muchos otros países querrían tener pero, con un coste muy alto en términos de violaciones de derechos humanos para los pueblos que lo habitan.

A los oromo, en Oromía, se les han expropiado tierras para intentar agrandar Addis Abeba y para operaciones inmobiliarias de los que no eran ellos los beneficiarios; a los Mursi y otros muchos pueblos del valle del río Omo, un paraíso al sur de Etiopía, no se les está consultando ni indemnizando por expropiaciones al servicio de proyectos tales como explotaciones azucareras, una represa y otros de tipo hidráulico. Es decir, se están violando los derechos que, como pueblos indígenas, les reconoce la declaración Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas y la Carta Africana.

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En primera persona: Abusos en Libia contados por las propias personas refugiadas

Las personas refugiadas están sufriendo terribles abusos en su camino a Europa © Adem Demir/Anadolu Agency/Getty Images

Amal, 21 años, ERITREA

Amal escapó de Eritrea y viajó por Sudán cuando encarcelaron a su madre. Quería librarse del servicio militar indefinido, debido al cual llevaba año y medio sin ir a la universidad y sin ver a su familia. Pero de camino Europa con la esperanza de una vida nueva y segura allí, fue víctima de esclavitud sexual tras ser secuestrada cerca de Bengasi por el grupo armado que se autodenomina Estado Islámico en Libia.

“El Estado Islámico nos capturó a final de julio de 2015. Nos separaron en cristianos y musulmanes, y luego separaron a los hombres de las mujeres. Nos subieron a dos vehículos que nos llevaron en dirección a Trípoli y nos dejaron en un sitio enorme, semejante a un palacio.

Nos tuvieron en un lugar subterráneo; no vimos el sol en nueve meses.

Luego nos dijeron que iban a liberarnos, pero sólo si nos convertíamos [al islam], así que lo hicimos.

Tras convertirnos, dijeron que íbamos a ser sus esclavas y sirvientas.

Nos golpearon durante tres meses, a veces con las manos o con una manguera o con palos. En ocasiones nos asustaban con sus armas, o amenazaban con matarnos con sus cuchillos.

Nos consideraban sus esposas y nos forzaban.

Pasamos cuatro meses en esa situación. Era un lugar enorme y había muchos hombres. Todos los días, alguno de ellos abusaba de nosotras.

En febrero [de 2016] nos separaron y entregaron a cada una a un hombre. Me quedé con el hombre [...] que sólo aparecía por la noche y sin comida.

[Al cabo de una semana] encontré una llave cuando él no estaba y me marché. Descubrí que en realidad estaba en Sirte. Llegué aquí, a Tarento, el 5 de mayo. Me preguntaron que por qué venía a Italia y luego me dijeron que pueden ayudarme.

Personas refugiadas interceptadas por la guardia costera libia © MAHMUD TURKIA/AFP/Getty Images

Personas refugiadas interceptadas por la guardia costera libia © MAHMUD TURKIA/AFP/Getty Images

Los abusos sexuales son un fenómeno que afecta de manera generalizada a las personas refugiadas que pasan por Libia, tanto que las mujeres con las que hemos hablamos nos han dicho que toman anticonceptivos antes de emprender el viaje, porque prevén que van a violarlas y no quieren quedarse embarazadas. Las mujeres están constantemente expuestas a sufrir violencia sexual a manos de contrabandistas, traficantes o grupos armados, o en los centros de internamiento de migrantes, y todas con las que Amnistía Internacional ha hablado han sido víctimas de ella o saben de otras mujeres que la han sufrido.

ABDURRAHMAN, 23 años, ERITREA

Abdurrahman era mecánico, pero se marchó de Eritrea debido al servicio militar indefinido y pasó siete meses en Sudán. Cuando llegó a Libia, en junio de 2015, los contrabandistas lo entregaron a una banda criminal, que lo mantuvo cautivo con objeto de obligar a su familia a pagar un rescate por él.

“Nos llevaron a todos a una casa, en Aydabiya, y nos hicieron llamar a casa para pedir dinero. Había un etíope vigilándonos, y si pasaba algo venían los libios y nos golpeaban; en Aydabiya había unos 10 [libios]. Había alrededor de 250 personas en la casa. Dormíamos en el suelo, hombres y mujeres en la misma habitación [...] Teníamos que quedarnos tanto como se tardara en conseguir el dinero. Estuve una semana.”

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La LUCHA pacífica por el cambio en la República Democrática del Congo

Serge, activista de RDC ha sido liberado el pasado mes de julio © Francisco Ruano

Me explica que estuvieron 50 días sin saber nada de Fred e Yves. No fue hasta la puesta en marcha de la acción urgente de Amnistía Internacional que pudieron ser visitados por sus familias, médicos y abogados. Podían enfrentarse a pena de muerte, pues fueron acusados de alta traición y de atentar contra el presidente de RDC, Joseph Kabila.

Serge me habla de la organización ciudadana a la que pertenecen: LUCHA. El nombre, me cuenta divertido, se lo pusieron al escuchar una canción española revolucionaria de la que no entendían nada excepto esta palabra. Preguntaron qué significaba y listo, sólo faltaba buscar su definición: “Lutte pour le changement”.  

LUCHA, que nació en 2012, está compuesta por un grupo de estudiantes que buscan el cambio de los jóvenes para convertir su país, RDC, en un lugar de futuro. Me confiesa que tenían miedo de que cuando ellos fuesen adultos sus hijos les echasen en cara que ellos no hubiesen hecho nada. “En LUCHA siento que sirvo a mi país, es la expresión de mi amor por RDC, porque la felicidad del hombre la da el hacer algo por los demás” declaró Serge.

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Las tierras de las comunidades indígenas en Colombia: un retorno sostenible

Un joven indígena mira por la ventana del centro comunitario de Aguasal, en Alto Andágueda, donde su familia huyó como consecuencia del conflicto © Steve Cagan

Aunque ha habido avances en el reconocimiento de los derechos indígenas (las Constituciones de numerosos Estados americanos recogen su protección), estas comunidades siguen encontrando muchas barreras sociales, políticas y económicas a su bienestar y a su existencia misma.

Colombia, un país inmerso en un proceso de paz que puede poner fin a un largo conflicto armado, es un ejemplo de como  la población indígena ha sido uno de los grupos más afectados por la violencia. Solo en 2015, la ONIC (Organización Nacional Indígena de Colombia) registró 35 homicidios y 3.481 desplazamientos forzados. La situación de las comunidades indígenas del departamento del Cauca, muchas de las cuales hacían campaña por el reconocimiento de sus derechos territoriales, era particularmente grave.

En este país, donde se han identificado hasta 85 pueblos indígenas -102, según datos de la ONIC- y en el que la población indígena suma casi 1,4 millones, un 3,4% de la total; el desplazamiento forzado y la apropiación indebida de tierra han sido un elemento distintivo del conflicto. Más del 10% de la población desplazada procede de comunidades indígenas o afrodescendientes  y un total de 32 grupos étnicos se encuentran en riesgo de desaparición.

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KO a la violencia policial en #Rio2016

Amnistía Internacional ha denunciado abusos policiales como consecuencia de la celebración de los Juegos Olímpicos © AP Photo/Felipe Dana

Penetrar en los 10 kilómetros cuadrados del conjunto de favelas de Maré en Río de Janeiro es como adentrarse en territorio comanche. No resulta agradable caminar por sus calles ante el escrutinio descarado de traficantes y adolescentes armados. Está prohibido devolverles la mirada y, por supuesto, tomar fotografías o sacar los teléfonos móviles del bolsillo. En Maré viven, en infraviviendas y con pocos accesos a servicios de salud y educación, unas 140.000 personas con escasos recursos. La violencia forma parte de su vida cotidiana. Sus residentes comparten el espacio con grupos de delincuentes organizados que se dedican al tráfico de droga y las denominadas “milicias”: bandas criminales formadas principalmente por ex agentes o agentes fuera de servicio de los cuerpos de seguridad estatales. Con la excusa del último Mundial de Fúbol, el ejército desempeñó funciones policiales en la comunidad entre abril de 2014 y junio de 2015. Los residentes denunciaron varias violaciones de derechos humanos —como violencia física y tiroteos— cometidas por las fuerzas militares durante ese periodo.

Las autoridades han desplegado alrededor de 65.000 agentes de policía y 20.000 soldados para vigilar los Juegos Olímpicos, en la que supone la mayor operación de seguridad de la historia de Brasil. Esto incluye el despliegue de personal militar para encabezar operaciones en las favelas. De momento, la policía realiza operaciones varias veces por semana y los datos son demoledores. Según el Instituto de Segurança Pública (ISP), sólo en la ciudad de Río de Janeiro, agentes de policía de servicio mataron durante el mes de mayo a 40 personas lo que supone un aumento del 135% comparado con las 17 muertes del mismo periodo de 2015. En la totalidad del estado, la cifra ascendió de 44 a 84, es decir, un 90%.

Maré es el conjunto de favelas que difícilmente verán los turistas y deportistas que lleguen a Río 2016 cuando se inauguren los Juegos Olímpicos el 5 de agosto próximo, pero lo tendrían muy fácil porque se sitúa en paralelo a la autopista -no está en ninguna colina, sino a ras de suelo- que une el aeropuerto con el centro de la ciudad. Eso sí, tendrán que alzar la mirada por encima del muro que han construido las autoridades para ocultar esta realidad.

De la favela a soñar con los Juegos Olímpicos
En el corazón de este conjunto de favelas, en la comunidad de Nova Holanda, está la sede de Luta Pela Paz, organización creada en el año 2000 por un boxeador inglés llamado Luke Dowdney que pensó en utilizar el boxeo para cambiar la vida de los jóvenes afectados por la violencia. Al mismo tiempo que se trabaja en el ring se imparte formación en sus aulas sobre sexualildad, liderazgo y talleres profesionales. También se practica judo, capoeira y taekwondo, entre otras disciplinas. En 2015 unos 1.800 jóvenes de entre 7 y 29 años pasaron por la escuela.  

Entre sus alumnos destaca Roberto Custodio, que se ha quedado a las puertas de disputar los Juegos Olímpicos con el equipo brasileño. Ya estuvo en los de Londres de 2012 y en 2013 fue medalla de oro en el campeonato panamericano de Chile. Su padre fue asesinado por unos traficantes cuando era un adolescente. Aquella experiencia le marcó. Podría haber quedado atrapado en el círculo de la violencia y la droga, pero cambió su destino.

Ring de boxeo de la escuela Luta pela Paz en el complejo de favelas de Maré, en Río de Janeiro © Amnistía Internacional

Ring de boxeo de la escuela Luta pela Paz en el complejo de favelas de Maré, en Río de Janeiro © Amnistía Internacional

“Hay muchos chicos que se están echando a perder en la comunidad engañándose. De la misma forma que yo salí de las calles, ellos también pueden hacerlo. Hay muchas personas que dicen: Roberto es el muchacho de la favela, todo le llevaba a entrar en el tráfico de drogas, pero eligió el deporte. Creo que me ven como un símbolo positivo. Cuando usan un ejemplo hablando de Maré, dicen: no solo hay droga y violencia también tienen a Roberto. Me llaman para dar charlas para los que tienen interés en cambiar. Usan mi imagen para mostrar a la juventud un buen ejemplo de superación, de quien creyó y está conquistando su sueño. Eso está bien”

“Roberto empezó aquí en el año 2000 y ahora está en la selección brasileña. Ha ganado varias competiciones internacionales. Es nuestra gran esperanza y una gran referencia para nuestros jóvenes. Su familia sigue viviendo en Maré y él, cuando puede, viene, entrena y les da clase a los alumnos. Es una inspiración para todos nuestros jóvenes”, dice Lola Werneck, coordinadora de liderazgo juvenil en Luta Pela Paz.

Werneck lleva tres años y medio trabajando aquí y así describe la vida en Maré: “Hay momentos en que todo está tranquilo, pero de repente una operación policial o un enfrentamiento entre bandas lo altera todo y no sabes qué puede pasar. Esto provoca una sensación de inseguridad constante, aunque con el tiempo lo llegas a naturalizar. Es una forma de resistencia. No puedes estar pensando en la violencia todo el tiempo; así que a los pocos minutos de escuchar los disparos, sales a la calle, vuelves al trabajo o a la escuela. La gente ha desarrollado este mecanismo de supervivencia“.

A cubierto
Río de Janeiro es conocido históricamente por sus elevadas tasas de mortalidad durante las operaciones policiales. Según Amnistía Internacional, entre 2006 y 2015, unas 8.000 personas perdieron la vida durante operaciones policiales en el estado, de las que más de 4.500 murieron solamente en la capital. Las cifras descendieron entre 2007 y 2013, pero en 2014 —el año en que se celebró el Mundial de fútbol— el número de homicidios resultantes de la intervención policial en el estado aumentó un 39,4 % respecto del año anterior.La tendencia al alza continuó en 2015. En el estado de Río de Janeiro murieron 645 personas durante operaciones policiales, 307 de ellas en la capital. Esto representa un aumento del 11,2 % en el estado en comparación con 2014. Desde que comenzó 2016, más de 100 personas han sido víctimas de homicidio en la ciudad de Río de Janeiro. La mayoría de las personas que han muerto durante las operaciones policiales son varones negros jóvenes.  

De sobrevivir a esta situación sabe mucho Alan (27 años), hoy profesor y antes alumno del Luta Pela Paz, donde llegó hace 10 años. Dos de sus primos murieron a manos de la policía. Él quería otra vida. Creció entre las balas y, cuando era pequeño, siempre se hacía la misma pregunta: ¿Seré yo el próximo? Ahora es entrenador de boxeo.

Policía en el Complejó Maré, en Río, Brasil © AP Photo/Silvia Izquierdo

Policía en el Complejó Maré, en Río, Brasil © AP Photo/Silvia Izquierdo

“Aquí lo normal es que a los jóvenes les aborde la policía en todos los lugares y puede que varias veces al día, que les traten como si fueran delincuentes sin que hayan hecho nada. Puede que te empujen, que te registren y si vas en coche o en moto, que te paren, que te detengan. También es normal ver tiroteos entre policías y traficantes de forma cotidiana. Estás en la calle y oyes un disparo. Entonces solo piensas en ponerte a cubierto. Es lo que hay que hacer. Aprendes a a hacerlo desde niño”.

El legado de Río 2016
Las autoridades y los organismos encargados de organizar Río 2016 pueden y deben hacer mucho más para evitar que se cometan violaciones de derechos humanos en las operaciones de seguridad pública. Las fuerzas policiales tienen justo un mes para adoptar un enfoque de seguridad basado en la precaución y la consulta en lugar de continuar con su estrategia de disparar primero y preguntar después.

Llama la atención que para salir de la violencia se utilice el boxeo, pero en Luta pela Paz han demostrado que es una forma atractiva de atraer a los jóvenes. “Lo cierto es que el boxeo tiene sus propios valores. Se trabaja mucho la disciplina, la concentración, el respeto al adversario. Los jóvenes llegan con la mentalidad de aprender a defenderse en la calle, pero es cuestión de canalizar esa agresividad y poco a poco se va trabajando en otra dirección”, concluye Werneck.

Sin  duda, un buen legado de estos Juegos Olímpicos de Río 2016 sería que los combates se vieran a partir de ahora solo en el ring y no en las calles de la favela. Para ello, es necesario que la violencia policial no siga batiendo récords en Brasil.

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Día del Orgullo: Una marcha con nombres y apellidos

Manifestación del Orgullo en Nueva Zelanda en 2014 en la que los manifestantes llevan carteles de apoyo a Ihar Tsikhanyuk © Amnesty International

NOXOLO NOGWAZA fue brutalmente asesinada en abril de 2011 cuando regresaba a su casa por la noche. Noxolo era una defensora de los derechos humanos de 24 años que trabajaba por la igualdad y dignidad de las personas lesbianas, gays, bisexuales, trans e intersexuales (LGBTI) y miembro de Ekurhuleni Pride Organising Committee. Su agresor (o agresores) la violó, golpeó repetidas veces y apuñaló, aparentemente debido a su orientación sexual, antes de tirar su cuerpo en una alcantarilla. Cinco años después del asesinato de NOXOLO NOGWAZA, no ha habido ningún progreso en esta investigación criminal. No se ha detenido a los responsables y culpables de su muerte. Amnistía Internacional solicita a la policía de Tsakane, que investigue exhaustivamente su asesinato e informe regularmente a la familia y allegados de la víctima acerca de los progresos realizados. Todo ello sería una excelente muestra de los esfuerzos realizados por las autoridades y cuerpos policiales sudafricanos para atajar este tipo de crímenes de odio. Supondría además una inapreciable muestra de compromiso con los derechos humanos.

COSTAS y su pareja masculina (refugiado) recibieron una brutal paliza en una agresión homófoba y racista a manos de un grupo de personas en el centro de Atenas. Los reiterados puñetazos y puntapiés que recibió le rompieron una pierna a Costas por tres sitios. A fecha de hoy, no se había avanzado en la investigación de esta agresión ni se había identificado ni localizado a los responsables. Tanto él como su pareja viven temiendo constantemente por su seguridad. Entre 2014 y 2015, el número de agresiones denunciadas contra  personas LGBTI en Grecia ha aumentado.

"Es como si el gobierno tolerase los ataques al no reconocer que somos reales”, nos dijo Costas. “Es como si no existiéramos”. Para Amnistía Internacional, a pesar de las medidas legislativas positivas, las autoridades griegas no han hecho lo suficiente para atajar el aumento la violencia motivada por el odio. En el caso de Costas y su pareja se insta al Ministerio de Justicia a que se asegure de que este crimen de odio tiene una investigación inmediata, independiente e imparcial, de manera que tengan acceso a una reparación con su correspondiente indemnización por las lesiones y el trauma que han sufrido.

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Colombia: historia de un sepulturero

Jesus Antonio Hernandez mira hacia abajo mientras tienen lugar las exhumaciones en el cementerio de La Macarena, Colombia © AP Photo/Fernando Vergara

Ahora más que nunca hay que recordar las pequeñas historias que ha dejado el conflicto. Como la del sepulturero de La Macarena, un pequeño municipio en el departamento de los Llanos Orientales. A partir de 2008, los campesinos de ése y otros pueblos cercanos, empezaron a advertir que el ejército les estaba dejando muchas personas muertas anónimas para que las enterrasen en los cementerios municipales. Sin "derecho" a protestar ni a preguntar, allí los enterraban sin más, sin seguir los protocolos establecidos para inhumar cadáveres.

En esa época ya había estallado el escándalo de los jóvenes de Soacha, esos chicos ejectuados por el ejército a quienes quisieron hacer pasar por guerrilleros muertos en combate. A raíz del escándalo, descendió el número de ejecuciones extrajudiciales y aumentó el de desapariciones forzosas.

El forense Diego Casallas sostiene una mochila encontrada junto a un cadáver sin identificar © AP Photo/Fernando Vergara

El forense Diego Casallas sostiene una mochila encontrada junto a un cadáver sin identificar © AP Photo/Fernando Vergara

Quizá en un gesto último para preservar la dignidad de esos muertos anónimos, el sepulturero de La Macarena empezó a hacer sin saberlo una minuciosa labor de documentación. Según iba enterrando los cuerpos que dejaba el ejército, les ponía un número y la fecha, y después anotaba en una libretita ese mismo número y fecha junto con el género. Además, guardaba en una bolsita de plástico un objeto de la persona muerta.

Cuando el Colectivo Sociojurídico Orlando Fals Borda, una de las tantísimas organizaciones de derechos humanos surgidas a raíz del conflicto colombiano, pudo acceder a esa zona se encontró con toda esa información de valor incalculable. Hasta 464 cadáveres sin identificar había en el pequeño cementerio de La Macarena.

En otro pueblo, Vista Hermosa, el sepulturero no sabía leer ni escribir, pero tenía memoria e hizo un relato oral de todo lo que recordaba. La cifra ascendió hasta 2.292 muertos no identificados en los cinco cementerios municipales de la zona.

Las organizaciones, con el apoyo de diputados afines y de la presión internacional, consiguieron elevar este caso a escala nacional y que la Fiscalía pidiese a todos los municipios del país que enviasen información de los cuerpos no identificados que había en sus cementerios. Contestaron 800 municipios y la cifra resultante fue de 23.400 personas no identificadas enterradas en cementerio municipales.

Una mujer se arrodilla junto a una tumba en el cementerio de La Macarera, en Colombia © AP Photo/Fernando Vergara

Una mujer se arrodilla junto a una tumba en el cementerio de La Macarera, en Colombia © AP Photo/Fernando Vergara



De vuelta a los Llanos Orientales, este fue el inicio de una ardua tarea para el Colectivo y otras organizaciones: identificación de los cuerpos, búsqueda de las familias, acompañamiento en el terrible momento de recibir la noticia y de recoger los restos. Y allí siguen con su trabajo de hormiguitas y tratando de que el modelo de respeto que han puesto en marcha en esa zona se replique en todo el país. Una tarea ingente que necesita la voluntad y el respaldo político, de momento ausentes.

Los cerca de ocho millones de víctimas del conflicto, sus familliares, las organizaciones de derechos humanos que tanto arriesgan cada día, el sepulturero de La Macarena y tantas otras personas anónimas que han sabido mantener la dignidad en medio del conflicto, merecen que todo este proceso que se acerca al final culmine con justicia real, con reparación integral y con garantizar el final de las violaciones de los derechos humanos.

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El ex refugiado que rescató a su propia familia en una playa griega

Miles de personas han muerto en el mar como consecuencia de unas políticas europeas más preocupadas por defender sus fronteras que por defender a las personas que huyen de la guerra y la persecución © Private

Cuando decidí ir a Lesbos, en Grecia, no tenía ni idea de que mi familia también llegaría a la isla en un pequeño bote neumático. Fue una coincidencia total. Un día de diciembre soleado, luminoso y helado viví la sensación más rara de mi vida. Fue un momento muy difícil que nunca quise que ocurriera, jamás.

Nadie quería marcharse de Siria. Somos de Tartus, una preciosa ciudad de la costa mediterránea. Pero estuve cuatro años en prisión y me torturaron por mi trabajo como periodista y por los derechos humanos, así que hui a Reino Unido en 1999.

Mi hermano Safi tuvo un comercio de teléfonos móviles en Tartus hasta el año pasado, cuando alguien disparó contra la tienda y quedarse se volvió demasiado peligroso. Mi sobrino Mazin huía del reclutamiento forzoso en el ejército. Así que huyeron a Líbano y llegaron a Turquía en apenas unos días.

Entonces recibí el mensaje de que habían pagado a alguien para que los llevara a Lesbos. Hice todo lo que pude para disuadirlos de hacer el peligroso trayecto en barco; estaba dispuesto a pedir un préstamo para que se quedaran en Turquía. Pero su decisión fue otra y, naturalmente, les ayudé. Así que les dije que no viajaran de noche porque si hay un accidente tienen más probabilidades de ahogarse. Que llevaran un impermeable y bolsas de plástico en los pies, que la mayoría de los chalecos salvavidas eran falsos. Y que intentasen no gritar para no asustar a los niños.

Juntos de nuevo después de 17 años

Sólo después del rescate Ghias se dio cuenta de que esta niña era Sirin, su sobrina de tres años © Particular

Sólo después del rescate Ghias se dio cuenta de que esta niña era Sirin, su sobrina de tres años © Particular



Sabía exactamente adónde iban a llegar porque mandaron su ubicación por WhatsApp. El viaje desde la costa turca duró una hora y 50 minutos. Mientras esperaba, me sentía como si estuviera en otra parte, en una burbuja.

Bajé por la colina sentado, hacia donde las olas traían el barco de mi hermano. Era un sitio muy difícil para desembarcar: tenía las manos llenas de espinas y sangre. La única persona a la que reconocí fue a Safi, aunque no nos habíamos visto en 18 años. Mi cuñada, Nina, lloraba. Creía que había perdido a su bebé porque la gente, aterrada, le había pisado el vientre en el barco. Mis compañeros médicos la revisaron y oyeron un latido. Recogí a muchos niños, incluida mi sobrina de tres años, Sirin; no supe que era ella hasta después.

Fuimos a inscribirlos en el campo oficial, Moria, pero estaba demasiado concurrido; había gente durmiendo fuera y hacía mucho frío. Tuve que alquilar algo para mi familia; los refugiados no podían quedarse en un hotel ni viajar en taxi. Un griego les ofreció una cama para pasar la noche.

Los llevé a cenar y luego volví a hacer mi turno de noche. Estaba conmocionado y pasé toda la noche desembarcando a gente.

Mi familia continuó viaje hasta Alemania y ahora todos tienen la residencia allí. Van a la escuela de idiomas, mientras esperan una plaza en la escuela infantil. Los lugareños son muy amables con ellos. Es increíblemente positivo. Mi cuñada me dijo: “Ahora me siento como un ser humano.” Y ha dado a luz a un bebé sano.

Lo más duro de ser refugiado

Ghias (centro) y su familia, reunida después de 18 años y del peligroso trayecto por mar desde Turquía a Lesbos (Grecia), diciembre de 2015 © Particular

Ghias (centro) y su familia, reunida después de 18 años y del peligroso trayecto por mar desde Turquía a Lesbos (Grecia), diciembre de 2015 © Particular



Lo más duro de ser refugiado es cuando la gente hace que te sientas indeseado, como si vinieras a llevarse sus riquezas. La gente no viene a buscar trabajo.

Una vez rescaté a un bebé de seis días que temblaba de frío. Le pregunté a su jovencísima madre por qué venía sola. “Nos bombardeó un avión y murió mucha gente”, dijo. “Así que tomé a mi bebé y subí al barco, porque podría sobrevivir.” Su esposo desapareció cuando ella estaba embarazada de tres meses y sus familiares habían muerto, ¿qué haces entonces?

Ella es mi icono. Ahora está en Suecia, todavía en un campo, pero tanto ella como su bebé están a salvo. Cada vez que le pregunto cómo está, responde: “Feliz. No hay bombas de barril.”

Muchas personas me han dicho que no se quedarían ni un solo día en Europa si hubiera un alto el fuego en Siria. Huir es la única forma de sobrevivir.

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