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Orden de acercamiento para Donald Trump

"Trump y Rajoy deberían acercarse. Entre sí. La gente de buena voluntad, en cambio, debería salir de una vez de sus postales navideñas"

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Donald Trump, el monarca saudí y el presidente egipcio en Riad, esta semana

Donald Trump, el monarca saudí y el presidente egipcio en Riad, esta semana

Donald Trump, el multimillonario antisistema que cree en el sistema de los multimillonarios, recibió una orden de acercamiento al Islam que él tradujo a su antojo esta semana: podría haberse dejado caer por cualquiera de los polvorines donde la pringan o la palman los turbantes del tres al cuarto, aquellos que huyen de los suyos o de los nuestros; pero no, ha preferido a los jeques en vez de a los moros, aunque haya sustituido el hiyab de reglamento por un talón bancario.

Antes de pasear por el muro de las lamentaciones o de crear tendencia en su reunión en el Vaticano con el Papa Rojo, el mismo tipo que cierra sus fronteras por decreto ley a los que se najan del fuego de Siria o de las brasas de Iraq, se abrió de brazos ante los petrodólares: in god we trust, reza su verdadera religión, la del papel moneda cuyo profeta es Georges Washington.

El inquilino de la Casa Blanca y propietario de la Torre Trump tiene mucho en común con el rey Salman de Arabia Saudita. La misoginia, por ejemplo, que es transversal, global, cosa de hombres, ya se sabe. Su hija Ivanka ha elogiado el progreso de las mujeres saudíes, quizá porque en su país no pueden salir de casa sin un pariente masculino, no pueden conducir, ni entrar a los cementerios, ni comprar una muñeca Barbie de esas que tanto se parecen a la primera dama de los Estados Unidos. Sólo pueden votar y ser votadas si sus maridos lo consienten, al igual que sólo se les permite viajar y abrir una cuenta corriente con el visto bueno de su cónyuge. A tenor de su campaña electoral, lo mismo decide aplicar alguna de estas medidas tan avanzadas antes de que finalice su mandato.

Nuestras clases particulares

Lo extraño es que, en esta primera gira mundial, no haya viajado a Ceuta y a Melilla. Allí, en las vallas de la muerte y de la humillación, hubiera podido tomar buena nota de su prometido muro con México. Aquí, por ejemplo, nadie obedece las órdenes de acercamiento de refugiados. La España de la caridad cristiana que inspira al Partido Popular acogió el pasado año a 898 fugitivos del desastre mediterráneo, tan sólo un 5 por ciento de lo que se había comprometido a recibir: "Estamos incumpliendo la Convención de Ginebra", repite en Sevilla Sami Nair, con ese gesto tan peculiar que él guarda para dar las malas noticias.

A cambio, durante ese mismo año, nuestro país expulsó por tierra, mar y aire a 2.500 sin papeles. Un negocio redondo si se tiene en cuenta que muchos otros murieron en el intento: como el niño Samuel Kabamba, que desde el Congo siguió a su madre también muerta y cuyos restos orillaron hasta una playa de Barbate. Trump debería venir a nuestras clases particulares: ni siquiera el Estado español tuvo que pagarle la sepultura, sino que lo hizo una vecina del pueblo con lo que le quedaban de sus ahorros esquilmados por las políticas de unos y de otros.

Ahora van a erigir, en dicha localidad gaditana, un monumento a todos los niños que perdieron la vida en este trance. Todos son inocentes: desde Aylan Kurdi, en las arenas turcas, a Saffie Rose Roussos, la niña de ocho años asesinada en el trágico atentado de Manchester donde el Brexit tampoco será capaz de deportar al fanatismo.

Trump y Rajoy deberían acercarse. Entre sí. La gente de buena voluntad, en cambio, debería salir de una vez de sus postales navideñas y preguntarle a Peter Pan por dónde queda el puñetero país de los niños perdidos.

Lo más cerca que Trump ha estado de la infancia fue en aquel cameo suyo de los años 90, en Solo en casa 2, cuando Macaulay Culkin andaba perdido por los vericuetos del hotel Plaza, que entonces era propiedad del magnate. Parecía simpático el energúmeno en aquella escena. Hoy, lo mismo deportaba al niño si se demostrara que, bajo su cabello aparentemente rubio, ocultaba una genética de espaldas mojadas.

Rajoy, quizá si, quizá no, le pondría todos los impedimentos posibles y lo más probable es que su padre tuviera que contratar a unos mafiosos sin saber que, como Adou, iban a esconderle en el interior de una maleta.

El Santo Padre le alejaría de algunos de sus pescadores de almas. En Israel, le considerarían un daño colateral en cualquier operación preventiva sobre la franja de Gaza. En Arabia Saudita, quizá pasaría a engrosar la siniestra estadística que diera a conocer Arab News: el 80 por ciento de los niños saudíes ha sufrido algún tipo de abuso. Lo único que les faltaba es que les visitara Donald Trump. 

No dejéis que los niños se le acerquen.

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