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Todas las mujeres

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Vídeo Micromachismos

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Una, utilizada por un famoso psiquiatra en el momento más vulnerable de su vida. Otra, abusada por su ginecólogo estando embarazada. La tercera tuvo que dejar su trabajo e irse al paro para dejar de sufrir el acoso sexual y laboral del jefe encantador que la convenció de que fichara por su empresa. La cuarta aún recuerda lo sufrido en su infancia y aquel hombre que la manoseó durante las fiestas del pueblo. La quinta tuvo que salir de su casa a la carrera y refugiarse en un centro de acogida. La sexta fue asaltada mientras estaba de vacaciones. La séptima se libró por los pelos y durante mucho tiempo guardó en el bolso un spray antivioladores. La octava aún está averiguando cómo bloquear a su ex, que la atosiga a llamadas, mensajes, emails y se presenta sin avisar en su portal. La novena se quedó petrificada cuando el cerrajero que acababa de forzar su puerta le sugirió que pagara con sexo. La décima se siente con suerte, todo lo que puede recordar son imágenes de hombres frotándose contra ella en el autobús. Entonces ni siquiera sabía que eso podía ser delito.

Completar este listado no ha necesitado tirar de google. Ni de hemeroteca. Ni de teléfono. No he tenido que ir muy lejos para conocer estas historias. No hay que alejarse mucho, ni asomarse a ningún telediario o crónica de sucesos para encontrar relatos parecidos a estos. Les ocurren a todas (casi todas) las mujeres. Y no hablo de casos de micromachismo, de discriminación laboral o de sexismo en las relaciones sociales, sobre los que queda tanto por discutir. Hablo de situaciones de violencia. ¿No me crees? ¿Te parece que exagero? Haz la prueba. Haz memoria. Pregunta a tu alrededor.

De estas diez mujeres, por cierto, sólo una ha denunciado, años más tarde, para encontrarse con que el caso ha prescrito. Ocurre con más frecuencia de la que somos capaces de reconocer y no estamos hablando lo bastante de ello. Quizá les cuesta ser conscientes de lo que les pasó. O piensan que nadie las creerá. O que denunciar no cambiará el pasado pero puede complicar su futuro. Tal vez les preocupa, viendo otros antecedentes, cargar para siempre con el sambenito de mujer conflictiva, o débil, o mentirosa. Ninguna pensó en marcar el 016, del que presumía esta semana la ministra del mismo partido que llevó al Constitucional la Ley de Igualdad. Quizá pensaron que ese teléfono era para casos distintos, para mujeres diferentes. Quizá sintieron vergüenza, sentimiento de culpa, pensaron que podrían haber hecho algo más, que se lo merecían. Quizá, visto lo visto, nunca estuvieron seguras de que iban a ser protegidas.

Entender que todas (casi todas) las mujeres en nuestra sociedad han sufrido algún tipo de violencia o abuso (siete de cada diez en el mundo, según Intermón Oxfam) no implica convertir a todos (ni casi todos) los hombres en agresores. Ni significa tampoco reducir a las mujeres al papel de víctima. No se trata de eso. Se trata de empezar a comprender la verdadera dimensión de un problema que va mucho más allá de las 36 asesinadas durante este año en España o las 700.000 llamadas al 016 en 15 años. Que va mucho más allá de lo doméstico, de lo privado, de lo personal. Que penetra en lo más profundo de nuestros prejuicios y nuestra escala de valores. Que se hace visible cuando ante los juzgados de familia se blanden carteles contra las "feminazis". Cuando en las redes sociales se le desea a una dirigente política que sea violada en grupo, como le ha pasado a Inés Arrimadas. Cuando una mujer huye con sus hijos de un incendio, y todo lo que somos capaces de ver es que se ha saltado un semáforo.

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