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No podemos cansarnos

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Érase una vez un lugar donde ser “una mujer de su casa” era ser buena mujer. Érase una vez un país en el que las mujeres se ocupaban de sus hijos e hijas porque era su deber, era su naturaleza. Nacieron para cuidar y su geografía era casera. Acompañaba el papel de las mujeres, a ser posible, una buena presencia, y poco pensamiento. Si acaso cierto adorno intelectual para resultar más amenas en familia y a su consabida pareja, marido entregado en la tarea de proveer de lo necesario en ese amenazante exterior para el que las mujeres, por los visto, no estaban preparadas. Lo suyo era un exilio interior. Y también, por lo visto, justificado.

Este cuento se podría mirar incluso con indulgencia si no fuese porque es actual y real y verdadero. Porque cada semana hay algún ejemplo que intenta devolvernos a hombres y mujeres a este cuento sin perdices. El último, en Andalucía. Uno de cada cuatro adolescentes andaluces (chicos y chicas) creen que la mujer tiene que estar en casa y cuidando de su familia. Y siento contradecir a los que creen que es una consecuencia de la sociedad andaluza (tirando de topicazo para variar). Siento comunicarles que el país en el que vivimos no logra que los representantes de esta forma de pensar no sean meros eslabones perdidos, sino una humedad que no logramos eliminar porque reaparece y reaparece con cada nueva estación.

Estamos en el país en el que se duplica la violencia de género entre los jóvenes (que creen en un 25% de los casos que la culpa de esta violencia la tienen el alcohol y las drogas); en el que los quinceañeros consideran romántico controlar a sus parejas en virtud de un amor pasional, literario y “de película”; y que han encontrado nuevas formas más creativas con los nuevos medios tecnológicos a su alcance.

Las raíces de tanta humedad son fuertes y no siempre hablan de asesinatos; esa es la consecuencia más dramática. Pero el empeño de los y las que no queremos que todo siga igual es grande. Son muchos los que creen que la vida tiene que ser así. Y muchas. No están solos. Pero nosotros y nosotras tampoco. Y habrá que seguir hablando de igualdad, del pernicioso princesismo, de que el feminismo no es una amenaza si no una forma de avanzar, de que no hay colores de niños y de niñas; ni profesiones de hombres y de mujeres; de que las mujeres no siempre llevan el pelo largo y los hombres, corto.

Habrá que superar “el médico y la enfermera” para poder contar que hay doctoras y enfermeros. Habrá que ver cocinar a hombres y mujeres, y cambiar pañales, y ordenar la casa. Habrá que volver a comprender e interiorizar que ni todos los hombres son salvadores ni todas las mujeres deseamos ser salvadas, pero todos necesitamos ser consolados alguna vez. Y habrá que pelear con rabia porque la palabra conciliación no se conjugue solamente en femenino. Porque hay hombres que tienen hijos (increíble, ¿no?) y les gusta pasar tiempo con ellos, educarlos y criarlos. Y poner un foco para que en la escuela la palabra coeducación no sólo produzca interés en las mujeres. Y nosotras soltar cuerda, y ellos coger cabo.

La estructura social no cambia de la noche a la mañana. Estos estudios lo demuestran. Demuestran que la herencia es poderosa, la tradición incrustada en nuestro bagaje cultural, enorme; y el lastre, difícil de soltar si muchas veces ni nos damos cuenta de que lo estamos llevando a cuestas porque está en lo pequeño, en lo diario, en lo casi obvio. Por eso no puede dejar de ser importante. No podemos aburrirnos de hablar de ello, aunque parezca que siempre hablamos de lo mismo, que repetimos los mismos mantras. No podemos cansarnos de dar pequeños pasos.

PD: Por su cumpleaños mis hijas van a recibir un garaje de regalo. Lo hemos pensado su padre y yo porque se lo van a pasar bomba, porque les gusta. Y además, porque si no se lo regalamos nosotros, no lo va a hacer nadie. Porque son niñas. Y a las niñas a nadie se les ocurre regalarles un garaje. No, no podemos cansarnos. Porque la igualdad tiene nombre y apellidos. Y tienen que ser los nuestros.

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