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Carlos Elordi

Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

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Podemos tiene algunos problemas

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Diez meses después de su nacimiento, son muchos los que dan por muerto a Podemos, o cuando menos al final de su recorrido potencial. No pocos de los que hacen los vaticinios más negros son gentes claramente alineadas con los grandes partidos o directamente a su servicio. Pero entre los que dudan sobre el futuro de la nueva formación también hay muchos que no sienten particular antipatía hacia ella e incluso personas que están dispuestas a votarla. Lo cual no es contradictorio. Porque la vida de Podemos es demasiado corta como para haber generado las convicciones que sostienen la andadura de partidos de más larga trayectoria.

Por ahora es sólo un fenómeno que ha generado entusiasmo en amplias capas de la población. Para ser lo que pretende ser, esto es, una fuerza política que destruya el actual e insostenible statu quo del bipartidismo y transforme la realidad política española, Podemos requiere de tiempo. La pregunta, legítima, es si ese tiempo, el que queda hasta las generales, no va a ser también su peor enemigo. Y la respuesta no es fácil.

A la vista de lo inquieta a los entrevistadores que, con mejor o peor intención, en estos últimos días han sometido a duros interrogatorios a Pablo Iglesias, se diría que el principal problema de Podemos, lo que le falta para ser una propuesta creíble, es un programa político completo y puesto al día. Pero no es eso, ni mucho menos. Un programa no configura el espíritu de un proyecto, a lo sumo complementa las ideas centrales que lo inspiran y que le permiten conectar con la gente. ¿Cómo explican quienes exigen al líder de Podemos que diga, con detalles y números, qué va a hacer con la enseñanza concertada o con Cataluña, cuando sin aclarar nada de eso, y de otras muchas cosas, un millón doscientas mil personas ya le han votado y otros tres han dicho que van a hacerlo?

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Se acabó la política, solo quedan las elecciones

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La sucesión de las clamorosas noticias de las últimas semanas podría dar la sensación de que muchas cosas se están moviendo en España. No es así. Lo importante, es decir, el conjunto de terribles problemas que aquejan a nuestra sociedad sigue, igual que siempre. O tal vez peor. Y olvidados, más lejos que nunca del debate público. Porque a lo único que estamos asistiendo, con legítima pasión por parte de muchos, es a una formidable campaña electoral que no terminará hasta que se celebren las generales. Todos los esfuerzos políticos están centrados en esa batalla por el poder. Que sólo una parte del espectro, particularmente Podemos, ve como la ocasión de propiciar un gran cambio. Y el resto como el momento de confirmar que nada sustancial ha cambiado.

Hasta el capítulo más relevante de la crónica de los últimos tiempos, la crisis interna del PP o, mejor, la agonía de Mariano Rajoy, se inscribe en ese cuadro. De un lado, porque lo que está dilucidando la derecha, todavía de manera incipiente, lo mejor está por llegar, es cómo puede concurrir a las generales teniendo a la cabeza de su cartel a alguien distinto de su actual líder. Porque ha llegado a la conclusión de que con él como candidato el batacazo es seguro y posiblemente de campeonato. Y también a la de que con Rajoy ya no se puede hacer nada, que ninguna operación cosmética va a mejorar lo más mínimo la imagen de inepcia, de desidia y de incapacidad política que proyecta para más del 80 % de los españoles, estando además metido hasta el cuello en el cenagal de la corrupción del PP, del que cualquier candidato con alguna posibilidad de modificar el signo de los sondeos tendría que estar algo más alejado.

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El objetivo prioritario debería ser echar al PP del Gobierno

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Rajoy, a su llegada al último Congreso de Economía Familiar.

El momento político español está marcado por tres elementos: el ascenso de Podemos, la crisis catalana y el deterioro creciente y seguramente imparable del PP. Los tres están muy interrelacionados, son también causas y efectos de los demás y todo indica que lo seguirán siendo en el inmediato futuro. Pero posiblemente el más determinante, el que más claramente podría provocar un cambio del escenario político es el camino hacia el desastre, y quien sabe si hacia la descomposición interna, que ha iniciado el PP.

Empieza a haber demasiados indicios de que esa marcha es imparable. Porque el PP parece incapaz de hacer frente a ninguno de los problemas que le aquejan y porque no se vislumbra de donde podría sacar recursos milagrosos para hacerlo. Ya ha entrado en la fase, de tan tristes recuerdos para el PSOE, en la que propios y extraños no muy lejanos creen que la solución es echar a Mariano Rajoy. Pero esa idea, más que un remedio, es sólo un síntoma de hasta qué punto la situación empieza a ser dramática dentro del partido. Porque indica el líder está perdiendo la confianza de los suyos, tras haber perdido en medida abrumadora la de la gente. Y eso, más pronto o más tarde, terminará en una crisis de resultados imprevisibles.

Sin embargo, ahí no puede radicar la solución en un partido como el PP. En una formación de otro tipo, en la que existieran fuertes corrientes organizadas, el relevo en el mando de una por otra podría darle nuevos bríos. Pero en el Partido Popular no hay nada de eso. Todo lo contrario. El principal esfuerzo de Mariano Rajoy, su gran prioridad desde que fracasó en las elecciones de 2004, que renovó tras la derrota de 2008 y que explica no pocas de sus decisiones políticas como jefe del gobierno, ha sido la de la anular las maniobras que se han venido orquestando para echarle, la de buscar apoyos para sobrevivir.

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Ni el PP ni el PSOE van a parar a Podemos

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Rajoy aparece más solo e inepto que nunca.

Se diría que la actual estructura del poder político se está derrumbando a un ritmo que se acelera cada día. Empieza a ser inimaginable que quienes hoy mandan vayan a seguir haciéndolo dentro de un año o quién sabe si menos. Hasta desde dentro del PP surgen voces que piden que no sea Rajoy quien encabece la lista de las generales, al tiempo que en el PSOE se consolidan las dudas sobre la solvencia de Pedro Sánchez como candidato. Las encuestas pronostican un cataclismo electoral que, más allá del anunciado éxito de Podemos, podría dar paso a una situación de ingobernabilidad, transitoria o duradera.

El panorama, al que nada apuntaba hace solo seis meses y que se agrava con la crisis catalana, parece, hoy por hoy irreversible. Y por muchas vueltas que se le dé, no se atisba elemento alguno que pudiera modificarlo sustancialmente. Porque sus raíces son muy hondas. Y las triquiñuelas politiqueras o las argucias electoralistas, que ya es lo único que cabe esperar de los grandes partidos, no van a valer frente a eso.

Podemos está en el centro de todos los debates, sobre todo de los que mantienen por su cuenta y riesgo los ciudadanos corrientes. La aparición el partido de Pablo Iglesias en la escena política ha sido el revulsivo que se esperaba desde hacía muchos años y que muchos consideraban ya imposible. En España la gente se interesa hoy por la política como no lo hacía desde los tiempos de la transición. Y seguramente más que entonces. Porque en aquellos años la gran masa de la juventud se mantuvo bastante al margen del proceso, pues estaba sobre todo centrada en ocupar los enormes espacios de libertad que se abrían, casi por sí solos, tras la caída del franquismo. Y hoy, al menos buena parte de ella, protagoniza la corriente de rechazo a la actuación del poder constituido, e incluso a su legitimidad, que expresan las encuestas.

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Un cambio político se está gestando ante nuestros ojos

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Asamblea de Podemos en Vistalegre. / Marta Jara

Podemos ya ha alcanzado, y sobradamente, uno de los principales objetivos que se ha marcado su reciente asamblea: el de ocupar la centralidad política. Porque ya está en el centro de todos los debates que merecen tal nombre. No tanto en los que aparecen en los medios, que son los menos y además están muy sesgados por la necesidad del espectáculo, sino los que tienen lugar a puerta cerrada, a veces con documentos y sondeos expresamente elaborados. No pocos de esos cenáculos están conectados con los grandes poderes económicos. Que empiezan a inquietarse por el fenómeno. Sobre todo porque hasta ahora no se les ha ocurrido ninguna vía por la que podrían tratar de controlarlo, que es a lo que están acostumbrados a hacer en política.

Las opiniones en el mundo de los politólogos y sociólogos que han trabajado siempre cerca del poder empiezan a estar divididas. Hasta hace poco casi todos ellos coincidían en que Podemos iba a ser algo pasajero, un sarampión que terminaría curándose, por muy agudo que pudiera parecer en algún momento. Hoy algunos ya no lo tienen tan claro. Porque ven que cada día se agrava el deterioro del sistema, su sistema, que debería contener a Podemos, porque comprueban que es cada vez más difícil frenar la creciente ola de rechazo popular al mismo, que es de lo que se nutre la nueva fuerza política.

De las reuniones formales ese debate trasciende a las comidas y a las copas. En los restaurantes y en los bares caros de Madrid se habla mucho de Podemos. Suele ser el corolario de cualquier comentario sobre el último episodio de corrupción. Porque se concluye, con datos o sin ellos, que todos y cada uno de ellos aumentan el caudal de votos a Podemos. El miedo, aún tímidamente, empieza a aparecer. En los primeros años de la crisis, en los ámbitos del establishment, que es más amplio y articulado de lo que se suele decir, cundió el temor a una revuelta social. Con el tiempo se fue apaciguando. Y se instaló el convencimiento de que la sociedad española no iba a levantarse. Por múltiples razones, que cada uno escogía según su gusto, y que no pocas eran tan reales como evidentes.

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Tras las tarjetas negras llega ahora el miedo por la economía

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El expresidente de Bankia Rodrigo Rato, a su salida de la Audiencia Nacional, tras declarar ante el juez Fernando Andreu. / Efe

El escándalo de las tarjetas negras empieza a dar sus últimas boqueadas informativas. Tras de que Miguel Blesa y Rodrigo Rato paguen sus fianzas el asunto terminará añadiéndose a la interminable lista de los procesos judiciales de corrupción que tardarán años en resolverse. Pero es casi seguro que en los próximos meses saldrán a la luz nuevos episodios del latrocinio que el poder económico y político ha venido practicando en los años pasados. Aunque sólo sea porque alguno de los "caídos" en los capítulos anteriores querrán paliar su ignominia –la de haberse dejado pillar– denunciando, bajo manga, claro está, comportamientos similares por parte de sus congéneres.

La corrupción va a ser una de las constantes de la crónica española del tiempo que queda hasta las generales de 2015. Lo cual no será una sorpresa, porque es lo que hay desde hace unos cuantos años. Lo nuevo, aunque tampoco muy sorprendente para quienes no se han dejado engatusar por la propaganda oficial, es que el espectáculo de la degradación moral de nuestra élite se verá acompañado por un proceso de empeoramiento de la situación económica que puede incluso derivar en un nuevo colapso financiero.

Esta semana, la palabra miedo se ha repetido hasta la saciedad en las primeras páginas de los grandes diarios económicos del mundo. Miedo a que Grecia se dé un nuevo batacazo y deje de pagar a sus acreedores: y la posibilidad de que Syriza gane las próximas elecciones no es ajena al mismo. Miedo a que Europa entre en recesión, con Alemania a la cabeza y sin que por ello Angela Merkel renuncie a su política de "austericidio". Miedo a que las primas de riesgo vuelvan a dispararse (y entre ellas la española que junto a la italiana es la que más preocupa, como siempre, a los analistas internacionales). Miedo a que las crisis geopolíticas –Oriente Próximo, Ucrania y hasta el ébola, que puede hundir al sector del transporte aéreo– agraven la situación, en un momento en el que las economías de Estados Unidos y de China están perdiendo potencia.

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¿Es posible sobrevivir a otros 14 meses del PP?

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Catorce meses más de Rajoy y su plasma.

Hemos llegado a un punto en el que todas las noticias que llegan del poder son indignantes. Nada se salva. El sistema político español es ya incapaz de hacer nada que sirva al interés general. Empezando por un gobierno que en todos los frentes es aún más inepto y, a un tiempo, más brutal que el de Aznar, lo cual parecía imposible. La sensación generalizada y que, además se extiende incluso en ambientes muy próximos al poder mismo, es que una situación como la actual no puede durar mucho. Que va a ocurrir algo. Y, sin embargo, un análisis frío de las circunstancias, de las dinámicas políticas posibles, excluye esa posibilidad. Al menos hasta las elecciones generales de 2015. Para las que faltan 14 meses. A menos que se adelantaran. Una hipótesis poco probable, porque los sondeos pronostican hoy por hoy tal batacazo para el PP que lo lógico es pensar que Rajoy prolongará el desastre hasta el último minuto.

Pero el presidente del gobierno carece ya de capacidad alguna para revertir su propio fracaso. Aparece de manera más clara que nunca preso de los enjuagues que ha tenido que hacer para alcanzar el poder y para conservarlo.

El que Ana Mato siga siendo ministra es, sobre todo, el resultado de la terrible debilidad interna que Rajoy sufrió tras perder las elecciones de 2008. La aún hoy titular de Sanidad fue entonces uno de los pocos altos cuadros del PP que siguió apoyándole, y de ahí nacieron una relación y vaya usted a saber qué otras cosas que hacen muy difícil su cese.

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Lo de Cataluña tiene mal arreglo, lo de España también

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La raíz de todo el asunto es que hay muchos catalanes que no se sienten para nada españoles. Y que ese sentimiento lo tienen de siempre y lo tenían sus padres y sus abuelos. Con una intensidad distinta según los casos. Para algunos es compatible con la convivencia pragmática con el resto de España. Para otros no. Durante un tiempo, incluso mucho, esa realidad puede no tener secuelas políticas. Pero de repente, una serie de circunstancias la transforman, y lo que solo han sido las reivindicaciones de una minoría, los nacionalistas, se convierten en una pulsión mayoritaria. En la que se juntan los sentimientos, las frustraciones y los anhelos de la más diversa índole. Estamos en uno de esos momentos. Ha habido otros cuantos durante los últimos cien años. Y todos han terminado mal.

Si a ello se suma que una situación muy parecida se da en el País Vasco y en una medida algo menor, pero no tanto, en Galicia, se concluirá que el problema de las seguramente mal llamadas “nacionalidades históricas” es una cuestión sustancial de la política española. Y que cualquier político que se precie de tal condición debería conocer con la mayor hondura y articulación posible todo cuanto tenga que ver con la misma. Debería ser un capítulo fundamental de su formación. Las ideas de andar por casa y los lugares comunes no sirven para saber qué hacer en este terreno. Y las recetas que salen de las vísceras, de los atavismos sin base, están destinadas al fracaso o al desastre.

Desgraciadamente estas últimas son las actitudes predominantes. Y las que se transmiten a la gente. Los medios de comunicación contribuyen mucho a ello porque, salvo excepciones puntuales, no se preocupan de ir más allá de lo que dicen los políticos. Y éstos, desde hace mucho tiempo, no han solido pasar del eslogan que más conviene en Cada circunstancia. El sistema educativo tampoco ayuda a que los ciudadanos comprendan que el asunto es complejo. Y por el contrario lo banaliza, sesgando a favor de interpretaciones nacionalistas, centralistas o de idílicas lecturas del Estado de las autonomías, según de qué autoridad dependa la autorización de cada texto escolar. Un ciudadano alemán de formación media, no necesariamente un intelectual, posee unos conocimientos sobre su sistema federal, sus orígenes, sus principios jurídicos y su razón de ser del que carecen buena parte de los políticos españoles. No digamos los ciudadanos corrientes. Incluidos los catalanes.

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La derecha puede darse un batacazo y Podemos es crucial para ello

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Desde ahora y hasta noviembre del 2015, la prioridad absoluta para todos los partidos y formaciones políticas son y serán las elecciones. Las autonómicas y municipales, pero, sobre todo, las generales. Estando la crisis catalana en vísperas de estallar, la economía empeorando a marchas forzadas y la situación social peor que nunca, que lo sustancial de la energía política se vaya a dedicar a conseguir votos o a no perderlos parece un despropósito. Pero es lo que hay y, además, no es despreciable. Porque lo de votar es de lo poco bueno que le queda a nuestra democracia. Y porque cualquier cambio del rumbo político, factor imprescindible para hacer frente a los citados problemas, requiere que se modifique la actual relación de fuerzas. Lo que queda por saber es si es posible que eso ocurra. O dicho de otro modo, si es razonable pensar que la derecha puede dejar de dominar el panorama.

A la luz de las dinámicas en curso, esa eventualidad no puede descartarse. No es fácil que se produzca: deberían conjugarse varios procesos cuya suerte, hoy por hoy, es incierta, y, además, el resultado final puede ser de difícil gestión. Pero el que hoy pueda plantearse esa hipótesis es un gran avance: hace sólo seis meses, hablar de ello habría sido un sinsentido.

Tres son los elementos en los que se sustenta. La espectacular irrupción de Podemos en la escena política es el primero de ellos. El segundo es la caída de las posibilidades electorales del PP, avanzada por los resultados de las europeas, confirmada por los sondeos posteriores y agravada por la cada vez más desastrosa gestión del Gobierno. La retirada de la ley del aborto, sea cual sea el futuro que le espera al asunto, puede haber abierto un nuevo flanco en el partido de Mariano Rajoy. Porque la posibilidad de una fuga de votos por su derecha –más hacia la abstención que hacia una nueva formación de ultraderecha, muy difícil de gestar- es hoy más real que nunca.

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Con este desastre de Gobierno nos puede pasar cualquier cosa

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La opción de cuatro años más de Rajoy debería preocupar hasta a un sector del PP.

Sí, el de Zapatero llegó a ser espantoso. Pero el Gobierno de Rajoy es mucho peor. Porque buena parte de sus despropósitos son irreversibles y porque encima pretende volver a ganar las elecciones, que al menos con los socialistas se sabía con mucha antelación que su tiempo se había acabado. La perspectiva de que el PP siga controlando por otros cuatro años los resortes del poder para seguir haciendo lo mismo que hasta ahora, es decir, nada bueno, empieza a inquietar seriamente incluso en los ambientes de la derecha menos alucinada y hasta en los del capital. Porque por mucho que griten los corifeos del poder, la situación de España -la económica, la institucional y la social- es mala. Y aunque hoy parezca estable, uno o más de los frentes abiertos –Cataluña, la crisis autonómica, la deflación o la deuda- pueden estallar en cualquier momento. Y con este Gobierno inepto, eso puede devenir en tragedia.

La crónica de los últimos días no puede ser más desoladora en ese sentido. Rajoy volvió de vacaciones trayendo bajo su brazo la genialidad de la elección directa de los alcaldes. Y tratando de hacer creer que ese era un paso en el camino de la regeneración democrática, cuando era obvio que sólo estaba destinada a que el PP perdiera menos alcaldías de las previstas. Pero lo peor del caso no es que la iniciativa fuera una engañifa o un abuso de poder, sino porque después de tanto ruido todo indica que la cosa se va a quedar en nada o postergada sine die. Porque alguien ha concluido que un día el Tribunal Constitucional podía echarla atrás, porque alguien del PP, o muchos, han dicho que no se podía aprobar en solitario, porque al final se ha visto que no iba a ser tan rentable como parecía. O por un poco de lo uno y de lo otro al mismo tiempo. En todo caso, parece que el Gobierno se la ha envainado.

También la reforma del aborto puede haber quedado arrumbada. Y si la peripecia de la elección directa de alcaldes indica que La Moncloa trabaja muy mal, que sus ocurrencias se convierten en actos sin haber procedido previamente, como debería hacer un gobierno mínimamente serio, a estudiar sus pros y sus contras, con la reforma anunciada hace ya dos años por Gallardón la incapacidad de hacer política como se debe llega a su paroxismo. Como se sabe, la nueva ley nació de un compromiso electoral con la Conferencia Episcopal y con el Vaticano, un compromiso secreto, pero que ahora los obispos reivindican públicamente. Para lograr su apoyo electoral, Rajoy había aceptado todas las pretensiones de la Iglesia católica –el ministro Wert las instrumentó cumplidamente en materia educativa- y, aunque con un retraso de meses, no tuvo más remedio que hacerlo también en el capítulo del aborto. Gallardón asumió esa tarea con la pasión de quien estaba convencido de que representar fielmente a los sectores más cavernícolas del país le iba a proporcionar esa fuerza política que desde hace décadas ansiaba para llegar a ser el número uno de la política. Justamente tras haber renunciado a intentarlo disfrazado de exponente de la derecha progresista.

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  • Mirada al mundo

    La crisis puede provocar la inestabilidad política del sistema

    La explicación que yo doy al interés por España de los diarios que Vd. cita -y que no viene de las últimas semanas, sino de más atrás- es que España es el punto débil por donde puede romperse todo el entramado del euro y, si eso ocurriera, por donde podría empezar a producirse, lo dicen los expertos, un cataclismo similar al de Lehman Brothers. En definitiva, que es el sitio al que hay que mirar y, de hecho, al que miran no sólo esos periódicos, sino to el mundo económico y financiero. Si hubiera otros motivos menos claros, yo los desconozco y tampoco se me ocurren. Carlos Elordi

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