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Carlos Elordi

Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

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Una campaña de pacotilla

La campaña electoral en curso está, de nuevo, alejando a la gente de la política. Nadie de los que podrían hacerlo va a pagar un sondeo para confirmarlo, pero es una sensación que se percibe en la calle. Salvo una minoría, suficiente, sin embargo, para sostener los índices de audiencia de los programas televisivos que tratan el asunto, buena parte de los españoles que en los últimos tiempos habían mostrado un nuevo interés por la cosa pública, empiezan a darle otra vez la espalda. Y seguramente el motivo principal de ello es que vuelve a parecerse a lo mismo de siempre.

Aunque los dirigentes políticos y los medios parecen haberlo olvidado, o puede que no les interese lo más mínimo acordarse de ello, lo que se está dilucidando en estas elecciones, las del 24 de mayo, es cómo se van a gestionar las comunidades autónomas y los ayuntamientos y qué intereses, políticos, económicos y sociales van a primar a la hora de esa gestión. El que gane uno u otro debería importar únicamente en la medida de eso. Pero los problemas de los municipios y de las regiones, y las propuestas para solucionarlos, son los grandes ausentes de esta campaña electoral. Sólo algún candidato aislado está diciendo cosas concretas en ese terreno.

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Podemos aún no se ha hundido

Podemos ha dejado de ser la gran esperanza para convertirse en un elemento más, aún relevante eso sí, del cuadro político español. Es aún pronto para vislumbrar en qué terminará la crisis que se ha abierto en su seno, pero no para intuir que el cambio que preconizaba el partido surgido del 15-M no se va a ser tan profundo como éste deseaba. Podemos todavía puede ser un actor importante en la escena que se irá configurando de aquí a final de año, pero para no pocos de sus seguidores y simpatizantes lo ocurrido esta semana es motivo de una seria decepción. Se ha acabado la ilusión de una nueva vía, de la ruptura total con el pasado y con el presente. Y queda la política de siempre. Que, por cierto, si se hace pensando en el bien común, no es tan horrorosa como algunos dirigentes de Podemos la veían hace un año.

No es oportuno hacer leña del árbol caído. Primero, porque no ha caído. Pero, sobre todo, porque si Podemos cierra sus heridas –y la retirada de Juan Carlos Monedero no tiene porqué ser un impedimento para ello-, las consideraciones que ahora se hagan pueden ser ridículas dentro de unos meses. Sí, en cambio, cabe decir que la imagen de Podemos ha quedado muy tocada, que la sensación de que no había nada que pudiera pararlo se ha borrado y que para todos y cada uno de sus partidos rivales esas son buenas noticias, que tratarán de aprovechar en su beneficio.

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¿Podrán las fuerzas del cambio acabar con el paro?

Los datos sobre la evolución del paro y del empleo en el primer trimestre son malas noticias para Mariano Rajoy. Por mucho que el presidente aparezca en mangas de camisa contando mentiras, al PP le va a ser cada vez más difícil alzar la bandera de la recuperación económica como su gran baza electoral. Porque los expertos abrigan cada vez más dudas sobre la solidez de la misma, y están empezando a decirlo, y porque la gente se está convenciendo de que si no percibe una mejora real es porque no la hay. A una derecha ahogada por los escándalos de corrupción ya sólo le queda un argumento: el de acusar a sus rivales de carecer de una política económica mejor, el de que no saben cómo van a reducir sustancialmente el paro. No le va a funcionar, porque a quien está cayendo por la pendiente no le funciona nada. Pero, ¿hay algo de cierto en eso?

El debate preelectoral no está aportando demasiadas pistas al respecto. Es cierto que lo que en estos momentos se dirime es la suerte de las elecciones municipales y autonómicas y se supone que las cuestiones “macro” se abordarán más adelante. Pero a nadie se le escapa que lo que está encima de la mesa es la posibilidad de un cambio político con mayúsculas y que los comicios locales y regionales son sólo una pieza, un paso, de ese empeño mayor. Tanto es así que la campaña en curso está marcada, además de por la corrupción, por las definiciones generales, los modelos políticos y los principios, mucho más que por las propuestas concretas en materia municipal y autonómica. Estamos asistiendo a una primera vuelta de las generales más que otra cosa. Y el futuro de la economía española no ocupa un espacio significativo en la misma.

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El desastre irremisible del PP

En las últimas horas se ha empezado a especular con la posibilidad de que haya sido el Gobierno, a través de la Agencia Tributaria, el que ha propiciado la detención de Rodrigo Rato. Para convertirlo en un chivo expiatorio que atraiga todo el escarnio popular, haciendo olvidar a los otros 704, o más, altos cargos del sistema, o del PP, que también han blanqueado dinero de origen sospechoso.

Pero la maniobra va a valer de poco. Eso si no se frustra en breve. Porque el asunto ya ha hecho un daño irremediable a las expectativas electorales del PP. En las municipales y autonómicas. Pero sobre todo en las generales, que todo indica que ya ha perdido sin remisión. Porque de aquí a entonces, el caso del blanqueo no puede sino agravarse. Y en ocho meses pueden aparecer unos cuantos más.

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Podemos todavía puede mucho

En las últimas semanas se ha ido asentando la sensación de que Podemos ha perdido fuelle, de que las ilusiones que hasta hace poco le alimentaban se están apagando y de que, al final, el cambio que preconizaba no va a ser para tanto. No hay datos contundentes que confirmen esa percepción. Los sondeos le siguen siendo favorables, la organización no tiene serios problemas internos, por mucho que se empeñen algunos, ningún fracaso ha marcado hasta ahora su marcha. Pero no poca de la gente que está con Podemos ha empezado a hacerse algunas preguntas que aún no tienen respuesta. Y el mayor desafío que ante sí tienen sus dirigentes es, justamente, disipar esas dudas. Cuanto más, mejor.

Podemos no ha sido el invento genial de un grupito de iluminados sino, sobre todo, la expresión de una necesidad que sentían amplios sectores de la sociedad. La de que existiera algo que pudiera desecar el estanque putrefacto en que se ha convertido la política española, algo que regenerara la democracia. Pablo Iglesias y los suyos comprendieron que ellos podían encarnar esa tara, y ese descubrimiento sí que tuvo algo de genial. Y seguramente lo sigue teniendo.

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Los plazos posibles del cambio que viene

Un cambio político va a producirse. Lo que no está tan claro es si el nuevo escenario aparecerá definido tras las cuatro elecciones que tendrán lugar de aquí a final de año o si tras las generales de noviembre se iniciará una segunda fase del proceso en la que ocurrirán hechos aún más decisivos que los de la anterior. Lo más probable es que ocurra esto último. El deterioro que previsiblemente sufrirán el PP y el PSOE en las sucesivas convocatorias de 2015 provocará dos efectos: uno, tensiones internas muy importantes en ambos partidos que podrían propiciar salidas hoy por hoy imprevisibles; y, dos, un nuevo reparto de fuerzas en Las Cortes que complicará mucho la gobernabilidad y que conferirá a Podemos y Ciudadanos una parte del protagonismo al que ambos aspiran.

La partida no está ni mucho menos jugada pues la intensidad del cambio posible depende de la hondura de ambos procesos. Del deterioro de unos y del crecimiento de los otros. Y eso no se sabrá hasta que no se conozcan los resultados. Pero ya hay indicios de que ambos fenómenos van a ser relevantes.

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No sabemos nada de lo que va a ocurrir

Si por un momento fuéramos capaces de olvidarnos de las encuestas, de la propaganda electoral disfrazada de análisis y de las opiniones que difunden los medios, descubriríamos que lo que puede ocurrir en el panorama electoral español es una incógnita, por donde quiera que se mire. Empezando por las elecciones andaluzas y siguiendo por las municipales, autonómicas y catalanas, para terminar con las generales. Bastaría un argumento para llegar a esa conclusión: el que la mitad de las personas con derecho a voto sigue sin pronunciarse en las encuestas. Ese dato es incontrovertible y no admite interpretaciones técnicas al uso.

Ese porcentaje de indecisos, de abstencionistas y de gente que oculta su voto no tiene precedentes a estas alturas del calendario. En manos de esos muchos millones de españoles está la suerte de todas las convocatorias electorales. Y los instrumentos de análisis de que disponen los institutos demoscópicos no sirven para pronosticar cuál será su decisión final. Primero, porque una parte de ese 50 %va a votar a Podemos y Ciudadanos, que son partidos nuevos, y con ellos no se puede usar la herramienta del recuerdo de voto, que es una de las claves de la imprescindible “cocina” de las encuestas. Las técnicas demoscópicas permiten predecir cuantos de los que votaron a un determinado partido en las elecciones anteriores volverá a hacerlo en éstas aunque no lo confiese. Pero cuando en el juego hay partidos nuevos, y más si su voto potencial no es pequeño, las encuestas tienen mucho de especulación.

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El discurso político oficial está agotado

Han llegado al límite de sus posibilidades. No tienen nada nuevo que decir y se limitan a repetir la cantilena que les ha llevado a estar por debajo de Podemos en la intención directa de voto. Tanto el PP como el PSOE están ahogados por sus limitaciones, por su pasado y por su presente. Incapaces de afrontar el rechazo ciudadano que les acorrala, actúan como si este no existiera. Se mueven en el terreno irreal de la del engaño, de las medias palabras o del truco publicitario porque, a falta de otros recursos, no tienen más remedio que creerse que eso va a funcionar. O porque esa es la única manera de alimentar a sus enormes maquinarias partidarias, en la que todo el mundo quiere cobrar a fin de mes. Su única esperanza es que su juego falsario pero omnipresente termine por aburrir a mucha gente y que ésta, al final, les vote justamente por eso, por hastío. Y en que eso se produzca o no está la principal incógnita del futuro político español.

El debate de esta semana en el Congreso de los diputados ha sido la representación perfecta de esa nada que son las intenciones y proyectos de los dos principales partidos españoles. Ninguno de ellos ha hecho el mínimo esfuerzo por conectar con los sentimientos y expectativas de los españoles que necesitan que los políticos les digan que existe un camino concreto y posible para que se resuelvan sus problemas.

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Las realidades que oculta el ruido mediático

Al tiempo que buena parte de los medios de comunicación españoles, y no digamos los tertulianos, desvelan cada día hechos que según ellos van a cambiarlo todo, la prensa extranjera ha dejado de ocuparse de la política española. Salvo en ocasiones muy puntuales. Y no porque lo que pueda ocurrirnos no le interese, que la preocupación por nuestras debilidades económicas sigue siendo muy alta, sino porque no hay noticias que sostengan una corresponsalía cabal. Y es que, visto fríamente, lo que hay en la crónica española es, sobre todo, ruido, griterío, si no manipulación burda y sistemática de la verdad. Sin embargo, la realidad sigue ahí, actuando a su ritmo, que no es de los medios y los gabinetes de comunicación. Y puede deparar no pocas sorpresas.

En el terreno político, la nota principal de lo que realmente está pasando es que una parte significativa de la ciudadanía parece dispuesta a apoyar un cambio. Esto es, quiere que el sistema de poder que ha estado vigente en las últimas décadas sufra una modificación sustancial. Que los que han venido mandando dejen de hacerlo o que manden mucho menos. O que, de una vez por todas, muerdan el polvo.

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El PSOE camina hacia la irrelevancia

Lo que ahora está por ver es si el PSOE logrará presentarse a las generales como un partido que merezca tal nombre o si en los muchos meses que quedan hasta entonces no se habrá descompuesto. Motivos hay para que esto último ocurra. La crisis que acaba de producirse en Madrid no es sino la muestra dramática de un deterioro profundo, y seguramente irreversible, de los todos elementos que configuran un partido y sin los cuales su supervivencia es imposible. Por muchos apaños que hagan sus dirigentes, y cabe esperar que harán todos los que puedan, esa realidad va a terminar imponiéndose en cualquier supuesto. La incógnita es cuanto puede durar esa agonía.

El primer elemento que está fallando en el PSOE, y de forma cada vez más estrepitosa, es el liderazgo. Y no ahora sino desde hace mucho. Desde la marcha de Felipe González, que creyó que podía seguir mandando sin ser el jefe oficial, y se equivocó, sólo en sus primeros años José Luis Rodríguez Zapatero consiguió ser un verdadero dirigente máximo, que controlaba a los díscolos y a los ambiciosos y que tenía de su lado a los poderes orgánicos.

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  • Mirada al mundo

    La crisis puede provocar la inestabilidad política del sistema

    #8 La explicación que yo doy al interés por España de los diarios que Vd. cita -y que no viene de las últimas semanas, sino de más atrás- es que España es el punto débil por donde puede romperse todo el entramado del euro y, si eso ocurriera, por donde podría empezar a producirse, lo dicen los expertos, un cataclismo similar al de Lehman Brothers. En definitiva, que es el sitio al que hay que mirar y, de hecho, al que miran no sólo esos periódicos, sino to el mundo económico y financiero. Si hubiera otros motivos menos claros, yo los desconozco y tampoco se me ocurren. Carlos Elordi

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