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Carlos Elordi

Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

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La política económica está en el limbo

El ministerio de economía es, de lejos, el más cómodo de este gobierno. Porque lleva mucho tiempo sin tener que tomar ninguna decisión comprometida. Y nada indica que vaya a hacerlo en un futuro próximo. Rajoy se limita a dejarse llevar por los buenos vientos que corren en la coyuntura mundial y a repetir que el PIB crece gracias a su buena gestión. Cuando está claro que lo único que han hecho él y los suyos para favorecer es crecimiento es acatar órdenes de Bruselas y agravar sus consecuencias favoreciendo a los poderosos y a las clases pudientes. Y con ese bagaje quiere volver a ganar las elecciones.

Las encuestas casi nunca ahondan en las cuestiones económicas, en cómo percibe la gente que se están haciendo las cosas en este terreno. Motivos habrá para ello y alguno será seguramente espurio. Pero lo cierto es que no sabemos qué piensa la ciudadanía de los bajos salarios y precarias condiciones laborales de millones, de que las rentas de los ricos crezcan sin parar y como nunca lo habían hecho, de la incertidumbre sobre el futuro de las pensiones, de que haya un millón y casi y medio de parados de larga duración, de las consecuencias que están teniendo los recortes en educación, sanidad e inversión pública.

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La izquierda se está apagando

En estos momentos, y desde hace ya un tiempo, la izquierda no es una referencia política. Se sabe que está ahí, dividida, eso sí, que de vez en cuando alguno de sus exponentes dice algo en público sin que ello tenga mucha trascendencia y también que, semana tras semana, los sondeos concluyen que cae en conjunto y que ni aún unida alcanzaría el gobierno. No propone alternativa viable alguna sobre las cuestiones más calientes, sobre Cataluña en particular, ni tampoco es paladín de las causas sociales más urgentes. Y el indicador más claro de que las cosas le van mal es que empieza a atisbarse que puede fracturarse más aún de lo que ya está.

Hace unas semanas, exponentes del PSOE hicieron saber que su partido aparcaba por ahora el proceso de entendimiento con Unidos Podemos, que nunca arrancó de verdad. El miércoles, este diario anticipaba el texto que se presentará en la Coordinadora Federal de Izquierda Unida y en el que Alberto Garzón confirma que quiere replantearse la relación con Podemos. Veremos en qué terminan uno y otro aviso, pero no es difícil vislumbrar que ante las dificultades, cada cual se apunta a conservar lo poco o mucho que tiene, sin arriesgarse en aventuras en las que no creen.

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Las pensiones, una razón más para echar a Rajoy

Dos noticias de las últimas horas. Una dice que el gobierno ha anunciado que  prestará 15.000 millones a la Seguridad Social a fin de que ésta pueda pagar las pensiones en 2018. La otra la ha proporcionado pocas horas después el secretario general del PSOE proponiendo crear un impuesto a la banca que recaudaría 1.000 millones que se destinarían a sostener el sistema de pensiones. Y así, aunque las primeras siguen copadas con las especulaciones -y nada más que eso- que se hacen sobre el futuro de la crisis catalana, en el escenario público español se vuelve a hablar del problema de las jubilaciones. Seguramente con pocos resultados. Porque los intereses que han llevado a posponer el debate político sobre el asunto van a seguir ahí. Cuando menos hasta que haya elecciones.

Bastaría esa dejadez injustificable para exigir que Mariano Rajoy y los suyos dejaran el gobierno. Porque prácticamente desde que llegó al poder, mes tras mes, sin pausa, surgen indicios, cada vez más claros, de que el sistema español de pensiones está en crisis y de que su futuro, cuando menos a medio plazo, está seriamente comprometido, a menos de que tomen medidas que frenen la deriva que ha emprendido. Y el gobierno no ha hecho nada en todo ese tiempo, salvo incumplir reiteradamente su compromiso público de que convocaría la mesa del Pacto de Toledo para acordar con los partidos políticos y los sindicatos y organizaciones empresariales las decisiones a tomar.

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Rajoy no es todavía un cadáver, pero casi

Mariano Rajoy no será aún un cadáver político, pero las elecciones catalanas le han dado un golpe del que no va a poder recuperarse. Conserva el poder que le confieren la presidencia del gobierno y la de su partido, pero carece ya de cualquier capacidad de maniobra para modificar la dinámica en la que él mismo y sus errores le han metido. No ahora mismo, pero a no mucho tardar, los problemas, internos y de todo tipo, que esa situación le van a provocar terminarán con su carrera. Todos sus planes han salido mal y es ineluctable que termine pagando por eso. Una vez más ayer se hizo el listo. En su lamentable comparecencia ante los medios volvió a usar sus triquiñuelas de siempre para tratar de ocultar la verdad de lo ocurrido, su responsabilidad en el desastre del PP catalán y su incapacidad para proponer algo que sirva para mejorar la situación. Lo malo para él es que ya nadie puede creer en sus juegos de manos, en su tramposa manera de sugerir que tiene más balas en la recámara. Porque no las tiene. Ha puesto todo su arsenal encima de la mesa y no le ha valido para nada. Sí, podría apretar el acelerador de la represión. Pero hasta los suyos saben que eso ya va a servir de poco.

Nadie del PP dice públicamente lo que piensa. Pero desde hace unos cuantos días en esos ámbitos se vienen recogiendo off the record declaraciones muy críticas, incluso descalificadoras, sobre Rajoy y como lo ha hecho en Cataluña. El día menos pensado, puede que en no mucho tiempo, esas expresiones van a salir a la luz en forma de posiciones políticas que exigirán cambios profundos en el PP. Porque el argumento con el que el jefe las ha callado hasta ahora, el que sólo había desierto fuera del poder que él controlaba y que era mucho, va empezar a descomponerse. Es cierto que el PP de Rajoy dejó hace tiempo de pensar en Cataluña como un caladero de votos imprescindible para ganar las elecciones en España. Que prefirió cubrir ese espacio potencial con los votos que le daría el anti-catalanismo en el resto de España. Que se metió en esa senda desechando la opción del catalanismo de derechas que había emprendido Josep Piqué entre 2003 y 2007. Pero de eso a sacar un 4,5 % de los votos y solo 3 diputados en el Parlament va un abismo. Y la inepcia de Rajoy ha metido en eso a su partido.

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No para la fuga de empresas… y de inversores

En una actitud irracional, posiblemente alentada desde el poder político, los grandes medios de comunicación han presentado el traslado de sede de empresas catalanas a otras regiones españolas, sobre todo a Madrid, como una especie de éxito de la campaña anti-independentista. Por su parte, los dirigentes soberanistas han venido negando la importancia de este fenómeno y, como mucho, lo han considerado temporal pronosticando que esas empresas volverán pronto a Catalunya. Es un ejemplo más de la insensatez que domina el debate sobre la cuestión catalana, en el que buena parte de lo que se dice o es infundado o sencillamente falso. Lo malo es que el asunto es gravísimo y sus consecuencias pueden terminar afectándonos a todos.

La fuga de empresas -que los independentistas habían negado tajantemente que se produciría hicieran lo que ellos hicieran- empezó tras el 1 de octubre y, sobre todo, tras la posterior declaración de independencia, que si poco valía en términos jurídicos sí que fue entendida universalmente como un claro gesto de ruptura de Catalunya con España. Los dos mayores bancos catalanes, La Caixa y el Sabadell -el segundo y el quinto de España-, fueron los primeros en anunciar el traslado de su sede. Porque, dijeron, temían la inseguridad jurídica que para ellos provocaría la independencia y, aunque esto lo añadieron los expertos, porque creían que la financiación que reciben las entidades del BCE tendría que interrumpirse si Catalunya se convertía en un estado independiente.

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Faltan cinco días para volver a donde estábamos

Por mucho optimismo que se ponga en el empeño, no se vislumbra nada que las elecciones del 21 de diciembre puedan aportar para avanzar en la solución de la crisis catalana. Sea cual sea su resultado los problemas seguirán siendo exactamente los mismos que hace dos, cuatro, seis meses o un año, con el agravante, además, del encarcelamiento o exilio de los principales líderes independentistas. El futuro gobierno, si es que los resultados permiten formarlo, se enfrentará al mismo bloqueo que ha existido hasta ahora. Porque lo único que podría apuntar a un camino de solución sería la negociación entre las partes. Y es muy probable que tras las elecciones esa vía sea tan impracticable o más que hasta hoy.

En las últimas semanas se han publicado muchos sondeos. Tantos que cabe preguntarse de dónde se ha sacado el dinero para pagarlos. En todo caso ninguno ofrece vaticinios concluyentes. Sólo apuntes de tendencias. Y ninguno de ellos muy sólido. Una es que el bloque independentista pierde algo de fuerza. Pero muy poca. Otra, la más llamativa, es que Ciudadanos puede ser el partido más votado, sobre todo a costa de hundir al PP. El previsto ascenso del PSC no parece tan sólido como el anterior. Pero en porcentajes las variaciones no son muy grandes e incluso pueden entrar dentro del margen que error que aceptan los institutos demoscópicos, tal vez con la excepción de la citada subida del partido de Albert Rivera. Y, además, sigue habiendo un gran número de indecisos, hasta medio millón de votantes, y, más allá de lugares comunes, no es fácil pronosticar por qué opción se inclinarán los nuevos votantes, que se cree que van a ser muchos.

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España pierde peso en Europa, y a raudales

El Estado español se encuentra en el nivel más bajo de representación en los altos organismos europeos de los últimos 25 años. La caída ha venido produciéndose desde que el PP llegó al gobierno en 2012. La crisis catalana la ha agudizado. No sólo porque ha influido en que a Barcelona no se le concediera la sede de la Agencia Europea de Medicamentos (EMA), sino porque la sensación de que el problema va a continuar durante mucho tiempo aumenta las posibilidades de que nuestro país coseche nuevos fracasos. La Moncloa y sus corifeos mediáticos insisten en culpar de ello al independentismo catalán. Pero en la prensa y en los gobiernos europeos está muy consolidada la impresión de que la falta de voluntad negociadora del gobierno español es igualmente responsable de la crisis.

Así como los medios pro-gubernamentales han agitado hasta la extenuación la derrota de Barcelona en la pugna por la EMA, han ocultado que, justo en los mismos momentos en que se debatía ese asunto, el ministro portugués de economía Mario Centeno lograba ser elegido presidente del Eurogrupo. Luis de Guindos había renunciado a ser candidato al puesto a la vista de las nulas posibilidades que tenía de obtenerlo. Y nuestro ministro hizo lo propio en 2013 cuando comprobó que el candidato holandés Jessen Dijsselbloem tenía todas las de ganar. Pero fuentes oficiales españolas no habían dejado de filtrar hasta algo antes de ambas elecciones que de Guindos aspiraba al puesto.

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¿Se ha pasado el momento de Podemos?

No parece que la polémica en torno a la cuestión catalana vaya a abrir una nueva crisis interna en Podemos. Al menos por ahora. Las relaciones entre ese partido e Izquierda Unida tampoco amenazan con ir más allá de las tensiones habituales entre socios distintos, cada uno con sus intereses de grupo. Pero los sondeos siguen sin ser buenos para Podemos. Y entre los militantes y simpatizantes de esa organización hay preocupación. Y surgen distintas preguntas. ¿Por qué está ocurriendo eso? ¿Por razones coyunturales que podrían desaparecer si cambia el panorama político general? ¿O porque el impulso inicial que llevó al éxito se ha frenado? ¿Se puede aún encontrar o crear algo nuevo que estimule a los votantes potenciales alejados a acercarse otra vez al partido?

No sería la primera vez que Podemos se recuperara de un bajón en los sondeos. Y en los últimos tiempos tampoco se han producido cambios sustanciales en el marco político que lo hiciera más difícil que en otras ocasiones. Tras unos meses de claro abandono de las tentaciones de entenderse con el PP, el PSOE ha vuelto a la senda del apoyo a la política de la derecha. Aunque sólo sea en la cuestión catalana, en la aplicación del artículo 155. Y a menos que un gran éxito de Miquel Iceta en las elecciones del 21 de diciembre proporcione a Pedro Sánchez la fuerza suficiente como para enfrentarse e imponerse a los sectores más conservadores de su partido, esa situación va a mantenerse.

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Trump va a por todas y con los suyos detrás

El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel ha provocado desolación en la mayoría de las cancillerías del mundo. No sólo porque ese anuncio puede llevar a Oriente Medio a un nuevo estallido de consecuencias imprevisibles, sino porque la decisión de Donald Trump supone el desprecio absoluto a la diplomacia como vía para la resolución de conflictos. El presidente norteamericano ha hecho oídos sordos a todas las peticiones que había recibido para que no hiciera ese reconocimiento, incluida la del papa Francisco. Porque para él lo único importante es el cumplimiento de su programa y mantener el apoyo de la gente que le ha votado. Y según todos los indicios lo está consiguiendo plenamente.

En menos de un año Trump se ha hecho con las riendas de la situación política norteamericana. Desmintiendo sin paliativos a quienes le pronosticaban que iba a durar muy poco o que un “impeachement” lo sacaría de la Casa Blanca, ha superado sus momentos más difíciles, sus récords históricos de impopularidad y ha conseguido un éxito decisivo: el de atraerse hacia sus posiciones al Partido Republicano, cuyas mayorías en ambas cámaras parlamentarias le apoyan ahora sin mayores dudas.

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¿Pero este desastre va a seguir así siempre?

Echar la vista atrás, aunque sea sólo un par de meses, recopilar los titulares de lo ocurrido en ese tiempo, es un ejercicio que produce resultados sobrecogedores. Porque en esta España en crisis casi cada día se producen noticias terribles, que habrían de condicionar muchas cosas y que sin embargo se olvidan enseguida. El férreo control de los medios de comunicación masivos por parte del poder, el político y el económico, explica en parte ese lamentable fenómeno. Pero el estado desastroso en que se encuentra la vida política de nuestro país es el otro gran motivo de que aquí no pase nada por muy mal que estén las cosas.

Se acaba de saber que el precio de la electricidad subió un 12 % en lo que va de año y que en los últimos pocos años aumentó un 50 %. El ministro de turno dio unas explicaciones balbuceantes al respecto, algún experto explicó como un hecho tan extraordinario se puede producir sin violar las normas existentes para el sector y a otra cosa. Nadie, ni en la política ni en los medios, consiguió denunciar con mínima eficacia la gravedad social del hecho, la intolerable posición de abuso de poder de que gozan las compañías eléctricas y como las injustificables dejaciones de este gobierno permiten que la situación se agrave año tras año.

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  • Mirada al mundo

    La crisis puede provocar la inestabilidad política del sistema

    #8 La explicación que yo doy al interés por España de los diarios que Vd. cita -y que no viene de las últimas semanas, sino de más atrás- es que España es el punto débil por donde puede romperse todo el entramado del euro y, si eso ocurriera, por donde podría empezar a producirse, lo dicen los expertos, un cataclismo similar al de Lehman Brothers. En definitiva, que es el sitio al que hay que mirar y, de hecho, al que miran no sólo esos periódicos, sino to el mundo económico y financiero. Si hubiera otros motivos menos claros, yo los desconozco y tampoco se me ocurren. Carlos Elordi