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Periodismo a pesar de todo

Carlos Elordi

Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

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La suerte de las elecciones generales parece estar echada

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El PSOE lo apuesta todo a la carta de Pedro Sánchez (izquierda).

Empieza a estar claro el marco en el que se moverá la política cuando llegue septiembre y desde entonces hasta las generales de 2015, si es que Rajoy no decide adelantarlas, lo cual no es para nada descartable. En los últimos días, unos y otros partidos, salvo IU, que sigue debatiendo cuál será su futuro, han perfilado sus planteamientos y, más o menos, se sabe qué se puede esperar de ellos. Y la impresión es que no va a haber muchas sorpresas y, en todo caso, ninguna tan grande como la que produjo la irrupción de Podemos en las europeas. Y también que nada indica que se esté gestando un proceso consistente que conduzca a alejar al PP de La Moncloa.

El PSOE acaba de dar el paso de cambiar de secretario general, al que estaba irremediablemente obligado desde hacía tiempo. Lo ha hecho sin traumas internos. Pero habrá que esperar a que Pedro Sánchez articule su dirección y las alianzas en que ésta se apoyará para saber si los que no figurarán en ella, porque no quieren o porque no pueden, asumen o no su condición de postergados. En todo caso, y durante un tiempo que puede que no sea muy corto, cabe esperar que el imperativo de mejorar posiciones electorales se imponga sobre cualquier otro cálculo en las filas socialistas. Y que, con mayor o menor entusiasmo, todos coincidan en que las nuevas caras que encabezan el partido constituyen la mejor opción para empezar a salir del agujero en el que éste ha caído.

Caben pocas dudas de que Pedro Sánchez encabezará la lista electoral de las generales. Que diera mejor imagen que sus rivales para ese empeño es seguramente el motivo principal de su elección como secretario general. También es prácticamente seguro que no habrá primarias en noviembre. Porque esa fecha pertenece a un calendario que los hechos han dejado desfasado. Porque la organización de unas primarias supondría un esfuerzo que impediría que el partido se dedicara a tareas más urgentes y prioritarias. Entre ellas, las de tratar de restañar alguna de las muchas heridas que le aquejan y, sobre todo, la de preparar las municipales y autonómicas. Y, por último, porque el efecto beneficioso para la imagen del partido que podrían proporcionar las primarias, sería tanto mayor cuanto más cerca éstas estuvieran de las legislativas.

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Con el nuevo rey, el BOE y la policía en su mano, Rajoy va a por todas

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Queda por saber si alguno de los ciudadanos que dejaron de votar a los dos grandes partidos en las elecciones europeas o de los que lo hicieron a formaciones críticas con ambos ha cambiado de actitud tras contemplar los fastos de la proclamación del nuevo rey. Porque caben pocas dudas de que la sucesión, además de una necesidad insoslayable, ha sido una gran operación propagandística. No sólo destinada a paliar el descrédito de la monarquía, sino también a mejorar la imagen de un Gobierno tocado y la de un partido, el PP, aquejado de muy malas perspectivas electorales. Y si no se puede descartar que el público más dispuesto a tragarse cualquier milonga se haya extasiado con los besitos que se prodigó la nueva pareja real, también cabe sospechar que el espectáculo haya dejado fría a la gran masa de los descontentos, que es la mayoría.

En definitiva, que estamos donde estábamos hace dos semanas, cuando el otro rey anunció su abdicación. Y por si alguien tenía dudas, este viernes el Gobierno ha anunciado su cacareada rebaja del IRPF que, por encima de cualquier otra cosa, es una medida electoralista que puede tener consecuencias muy negativas en distintos capítulos. Porque vista desde el exterior, y no sólo desde la UE y el FMI, sino también desde los mercados, resulta incomprensible que eso ocurra en un país que tiene una deuda pública del 96% del PIB y que pronto será del 100%, que sigue sin reducir el déficit del Estado a pesar de haber recortado brutalmente el gasto y la inversión públicas y en el que la presión fiscal es un 25% inferior a la media europea.

Por algo, el comisario europeo Oli Rehn se ha lamentado de que el Gobierno español no haya consultado a fondo a la UE. Aunque tal vez más significativo que eso hayan sido las palabras del subgobernador del Banco de España, Fernando Restoy, que ha dicho que "no se pueden perturbar los compromisos adquiridos" y que "está en juego la credibilidad del país". Recordando que hace pocos días el gobernador de esa institución, Luis María Linde, se había manifestado en contra de una rebaja del IRPF y, en línea con la opinión de Bruselas y del FMI, había sugerido, en cambio, que se subieran algunos tipos del IVA para aumentar una recaudación fiscal que cae cada mes más, podríamos empezar a vislumbrar algo parecido a un conflicto sin precedentes entre el gobierno y el Banco de España.

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¿Por qué parece que los que mandan tienen miedo?

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Rajoy mira preocupado a su espalda.

Lo más revelador de la nueva situación política que se ha creado en España es que el poder está manifestando síntomas de tener algo que se parece mucho al miedo. Lo reflejan los poquísimos periodistas que cuentan algo de lo que se cuece en esos ámbitos. Pero, sobre todo, aparece nítidamente en no pocas de las manifestaciones públicas del poder mismo. Los cientos de soflamas que en estos días se han dedicado a cantar las excelencias de un monarca que ha tenido que renunciar al trono justamente porque de excelente tiene poco, algo que sabe todo el mundo y que, por tanto, ninguna loa va a poder borrar. O la histeria del presidente de las Cortes implorando a Durán i Lleida que no se retire y deje solo a Artur Mas, porque si no puede venir el desastre. O la ridícula admonición de Felipe González contra el peligro del socialismo bolivariano. Y para rematar la faena, el director general de la Policía se ha sacado de la manga que existe un serio riesgo de terrorismo anarquista.

Si no tienen más argumentos para contrarrestar las nuevas dinámicas políticas que han aparecido en la escena, mejor sería que se dedicaran a otra cosa. Y todo indica que no los tienen. Que su repertorio, que valió para controlarlo todo durante las últimas tres décadas, termina ahí, en los eslóganes y la retórica del pasado. Y eso es, exactamente, lo que les ocurre a los regímenes que han periclitado. La derecha y la izquierda que configuran nuestro sistema, y que tienden cada vez más a confundirse entre ellas, carece de nuevos argumentos.

Todo lo que dice suena a oído, y olvidado, mil veces. Otra cosa es que esa gente siga teniendo poder, y dinero para aguantar, incluso durante mucho tiempo. Incluso de la peor de las maneras, que ya hay demasiados indicios de que el empleo de la fuerza, policial y judicial, es el antídoto contra la protesta y la inquietud de los ciudadanos a la que se apuntan los más brutos del gobierno. Aunque eso de una muestra más de su debilidad. Por eso otros aún dudan en aplicarla.

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¿Y si la izquierda terminara gobernando?

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Los problemas se le van a acumular a Rajoy en el último año de legislatura.

Los resultados de las elecciones europeas han cambiado significativamente la percepción de las perspectivas políticas que antes de que se celebraran tenían todos los partidos y seguramente muchos ciudadanos. Algunas convicciones que parecían inamovibles se han diluido de repente y han surgido incógnitas, y hasta esperanzas, que de concretarse en uno u otro sentido de los posibles pueden modificar el cuadro político actual. Y no a muy largo plazo.

Para empezar, en el PP. Su desastre electoral sin paliativos amenaza el futuro de Rajoy y de los suyos, justo en un momento en el que creían que lo tenían más y mejor atado que nunca. El único discurso identificable del gobierno, su burda campaña de que la recuperación está en marcha, ha sufrido una derrota inapelable en las urnas: la gente, comenzando por buena parte de sus votantes potenciales, no se lo cree y lo ha dicho con una claridad inapelable.

El otro intento prioritario del PP, el de tapar los escándalos de Bárcenas y de Gürtel, ha resultado igualmente frustrado: por mucho que se esfuercen el PP y sus corifeos mediáticos, por muchas maniobras judiciales que se hayan destinado a tal fin, la gente no ha olvidado. El partido de la derecha sigue siendo para una buena parte de la opinión pública un conglomerado en el que abundan los corruptos y en el que mandan unos personajes que de una u otra manera han metido las manos en ese charco. Por si hacía falta más, cada día nuevas sentencias judiciales lo confirman sin posibilidad alguna de dudas.

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Con el fútbol y la propaganda nos quieren comer el cerebro: resistámonos

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Quien tenga dudas sobre la necesidad de un medio como eldiario.es, que eche un vistazo a lo que hay por ahí fuera. Este periódico tendrá fallos y problemas, sabrá todavía a poco, pero cuenta con algunos atributos de los que carecen la mayoría de los medios de comunicación españoles: dignidad, respeto a los lectores, a los que se trata como personas inteligentes, y también pundonor periodístico, o sea, orgullo de ejercer una profesión que por muy mal pagada y poco valorada que esté puede y debe cumplir una función importante en una sociedad democrática y libre. Ya nada de eso existe en las televisiones, la mayoría de los periódicos de referencia y en buena parte de las radios. Solo algunos destellos individuales de honestidad profesional rompen en ellos la tónica agobiante de la manipulación, la propaganda, más o menos disimulada, y el desprecio a la audiencia.

En estos días, pero la cosa viene de hace tiempo, el tratamiento de dos asuntos está confirmando más a las claras que nunca la degradación de los medios informativos españoles. La propaganda oficial sobre la supuesta recuperación económica es uno de ellos. La histeria por el fútbol es el otro.

En torno a la primera, y después de un año de bombardeo implacable de mentiras, medias verdades y exageraciones oficiales sin cuento, la gran novedad es que se han silenciado las voces críticas que ocasionalmente contestaban en los medios la euforia del Gobierno. Eran pocas, pero ahora son muchas menos, no queda casi ninguna. Sería interesante investigar cómo se han ido eliminando. Si es que les han negado la posibilidad de seguir publicando o si es que les han disuadido de ser díscolos con amenazas de que podían pagarlo en otros terrenos de su vida laboral.

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La triste agonía de la política

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El cabeza de lista del PP a las elecciones europeas, Miguel Arias Cañete, saluda a la candidata socialista a las elecciones europeas, Elena Valenciano. / Efe

Si lo que vemos estos días es la política, estamos perdidos. Por mucho que uno se esfuerce en descubrir el destello de un proyecto, de una idea nueva, de algo que pueda servir para cambiar nuestro triste presente, la política española parece muerta, o cuando menos sumida en un letargo del que es dudoso que algún día pueda salir. La campaña de estas elecciones europeas está siendo un calvario. Para los ciudadanos que todavía conservan algo de esperanza en los políticos, para los que aún mantienen un vínculo, seguramente más afectivo que otra cosa, con las formaciones a las que siempre votaron. Y puede también que para algún candidato, sobre todo de los grandes partidos, que día tras día repiten un discurso vacío y más que nunca alejado de la realidad, de los problemas de la gente. Visto lo visto, habría sido mejor que no hubiera campaña. Porque esta ha sacado a la luz demasiado a las claras que nuestra política ya no vale para nada. Lo malo, se mire como se mire, es que los políticos son los que deben sacarnos del agujero en el que estamos.

Siguiendo el debate televisivo del jueves, uno se preguntaba: si cuando se supone que están enfrentados, Cañete y Valenciano dan este espectáculo de vaciedad, ¿qué pasará si un día están juntos en un gobierno de coalición? ¿Qué podría resultar de la suma de dos partidos que asisten –el uno impávido y el otro abrumado, que esa es la diferencia que hay entre el PP y el PSOE– a la incapacidad de la política para alterar el rumbo de las cosas, para encarar las espantosas realidades que existen fuera de los despachos del poder?

Visto desde la estricta lógica de los intereses partidarios, no hay duda de que estas elecciones tienen su importancia. Si el PP las pierde, el entramado que Rajoy ha montado para que los suyos no le echen se vería seriamente deteriorado. Y puede que hasta fuera el principio de su fin. Y si las gana el PSOE, su crisis interna, que al parecer es mucho más grave y profunda que lo que se publica al respecto, podría apaciguarse un tanto y el partido podría abordar un proceso de recomposición que ahora es imposible. Si ocurre lo contrario, es decir, si gana el PP, Rajoy se consolidaría aún más  y daría más alas a su política, la de la obediencia a Bruselas que se combina con la atención a los intereses de los poderes económicos españoles y que se adoba con un autoritarismo creciente y una propaganda falaz e insoportable. Y si el PSOE pierde, las cosas dentro de ese partido se pueden poner muy feas y sin que haya que esperar mucho.

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Lo que se juega en las europeas fuera de España

Hay pocas dudas de que las elecciones europeas van a ser, sobre todo, un test de política interior en todos y cada uno de los países que forman la UE.

Particularmente importante en los casos de Italia, Francia, el Reino Unido, Grecia, Dinamarca y Holanda, y también en el español. El segundo factor que marca estos comicios, y que está muy relacionado con el anterior, es la previsión de un fuerte ascenso del euro-escepticismo, cuando no el anti-europeísmo, en sus diversas expresiones, pero particularmente de ultraderecha. El tercero es que sólo un cataclismo podría cambiar sustancial la relación de poderes nacionales que actualmente existe en el parlamento europeo y en la que claramente predomina Alemania, para dolor de los franceses.

Seguramente, ningún líder europeo se juega tanto en las europeas como el presidente del gobierno italiano, el ex - democristiano hoy aliado de los ex – comunistas, Matteo Renzi. Un buen resultado puede consolidar su poder, precario como casi todo en el país transalpino, sobre todo si se ve acompañado de un descenso del voto al movimiento % Estrellas de Beppe Grillo –que logró el 25 % en las últimas elecciones, pero al que los sondeos vaticinan ahora solo un 20 %- y si el gran rival del centro-izquierda, es decir, Berlusconi, se pega un batacazo tal y como auguran algunas encuestas. Pero si estos vaticinios se ven desmentidos por las urnas, y en buena medida eso depende de los resultados que obtenga Beppe Grillo, Renzi podría entrar en una espiral de deterioro, tanto en términos generales como, sobre todo, internos

El personaje clave de las europeas en Francia no es François Hollande ni la oposición de derechas, sino Martine Le Pen, la lideresa del Front National. Porque si los sondeos aciertan y su partido es el más votado, la ultraderecha se puede convertir en el punto de referencia central de la política francesa. Ya lo vienen siendo en parte desde hace tiempo. En sus último periodo de mandato Nicolás Sarkozy sesgó claramente su política a fin de atraerse a los votantes del Front National. No lo consiguió en la medida por él deseada y, además, ese sesgo animó al voto dormido del centro-izquierda y a muchos centristas a votar a Hollande. La presión de la ultraderecha también ha hecho mella en el presidente socialista. El reciente nombramiento como primer ministro de Manuel Valls, cuya popularidad como ministro del interior no había dejado de crecer gracias a la dureza de su política frente a los inmigrantes, se explica, en buena medida en esa clave. Al tiempo Hollande ha modificado sustancialmente su política económica, reorientándola a favor de los vientos neoliberales que corren por toda Europa. ¿Qué más podrá hacer si el electorado convierte a la euro-escéptica Marine Le Pen –cuyo programa para estas elecciones se resume en la frase “Voy a bloquear Europa”- en la política más votada de Francia?

En Grecia, el ultraderechista Amanecer Dorado podría obtener hasta el 10 %. Pero la clave de las europeas en el país helénico está en la izquierda. Y más concretamente en los resultados que puede obtener Siriza. Si, como algunos analistas prevén, el partido de Alexis Tsipras supera con holgura el 30 %, la coalición del gobierno que preside Antoni Samaras podría aguantar muy difícilmente sin convocar elecciones para dentro de no mucho. Y Siriza sería el favorito en esos comicios.

Al conservador británico David Cameron le ocurre algo parecido que a su colega Hollande. Que la ultraderecha nacionalista y antieuropea del UKIP puede obtener el primer puesto en las europeas. Ese resultado no debería poner en riesgo el gobierno que Cameron comparte con los liberal-democrátas, pero sí podría potenciar las fuertes corrientes euro-escépticas existentes en el seno del partido conservador y obligar al primer ministro a tomar decisiones que aumentaran la distancia que ya separa a Gran Bretaña de Bruselas.

El ascenso de la fuerza electoral de los partidos euroescépticos, anti-UE o de ultraderecha es la tónica en otros países de la UE. En Dinamarca, los sondeos prevén que el Partido Popular obtendrá un 23, 1 %. El partido del xenófobo Geert Wilders podría hasta ser más votado en Holanda. En Bélgica, Suecia y en algunos países del este formaciones de ese tipo podrían obtener buenos resultados. Como en España no hay ultraderecha formalmente reconocida, nuestro país no se puede subir a ese carro. Pero más de un comentarista europeo subraya como uno de los hechos más relevantes del actual panorama político continental que los españoles figuran en estos momentos, y según los sondeos, entre los ciudadanos más euroescépticos del continente. Y citan como expresión de ello, el que, según el último Eurobarómetro, sólo el 23 % de los españoles confía en la Unión Europea (la media de la UE es del 39 %), al tiempo que el 62 % desconfía de ella.

Aunque la coordinación entre esas fuerzas, todas ellas marcadas por el ultranacionalismo, va a ser muy difícil de lograr, todo indica por tanto que el euroescepticismo va a ser un actor relevante en el devenir del futuro Parlamento Europea. Y no hay que olvidar que dicha actitud también tiene una lectura de izquierdas y los griegos de Siriza y los franceses del Front de Gauche son claros exponentes de ella.

Esa es una de las batallas del futuro. Los contenidos reales de la que puedan librar la derecha europea, agrupada en el PP y el conjunto de los socialdemócratas del continente, aún está en gran medida por concretarse en la práctica, digan lo que digan los programas, y la experiencia de las dos últimas legislaturas europeas no es precisamente alentadora al respecto.

Otro dato, y no precisamente secundario, aparece más claro. El de que Alemania va a seguir mandando en el Parlamento Europeo. Gane Martin Schulz, alemán él mismo o, como parece más probable, el luxemburgués Jean Claude Juncker, desde siempre alineado con las posiciones germanas. Y no sólo porque Berlín y sus aliados contarán con el grupo más numeroso de la cámara, más allá de las divisiones partidarias, sino porque buena parte de la tecno-estructura, de los cargos no electivos más importantes de la misma, seguirán estando en manos de alemanes o de amigos de los mismos.

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Y, ¿qué pasó con la corrupción?

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Como por arte de magia la corrupción ha dejado de estar en el debate político. El asunto no figura en las proclamas de los partidos de cara a las elecciones europeas, o lo está tan de pasada que parece vergonzante. Sorprende la coincidencia. Pero a lo mejor no lo es tanto y la cosa puede haber sido hablada entre unos y otros, tal vez porque hayan llegado a la conclusión del que "y tú más" ha dejado de ser eficaz. Lo peor es que no sólo los políticos han decidido olvidarse de la corrupción, sino que el tema ha caído verticalmente en la lista de preocupaciones prioritarias de los españoles que proporciona el CIS. Para solaz de algunos analistas, por llamarles de alguna manera.

Cabe sospechar que ese desinterés popular no es casual, sino que se debe a que los medios hablan cada vez menos de la cuestión y si lo hacen es dándole mucha menos relevancia que sólo hace unos cuantos meses. Es de suponer que ello se debe a dos motivos: a que la corrupción ya no da noticias clamorosas o a que se ha dejado de buscarlas. Y ninguna de las dos supuestos cae del cielo, sino que seguramente ambas responden a planes bien trazados. Un ingrediente importante de los mismos debe ser la presión que el Gobierno ha ejercido sobre los principales medios escritos, primera fuente de las noticias en torno a los escándalos de corrupción revelados en los últimos años, que, unida a otros factores, distintos en cada caso, ha llevado al relevo en la dirección en al menos tres de ellos, justamente los de mayor difusión e influencia.

Otro, más recóndito y sólo detectable por algunas apariencias, es el tejemaneje que el Ejecutivo se debe estar trayendo en los órganos de justicia en los que de una u otra manera puede influir –y pocos se escapan a esa influencia, más allá de los jueces que individual y aisladamente se ocupan de los sumarios- para poner el máximo posible de arena en los rodamientos de los procesos, a fin de evitar que éstos avancen, que es cuando se producen las noticias. La jueza Alaya, la de los ERE, el juez Castro, el del asunto Urdangarín et alia, el juez Ruz, el de Gürtel, y unos cuantos más seguramente podrían contar de todo en esta materia, si pudieran y quisieran.

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Se están cargando la democracia y nadie dice nada

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Los locutores de RTVE sonríen cuando cuentan que no se sabe si Arias Cañete será cesado en este Consejo de ministros o si la decisión se postergará una semana más. Las demás cadenas también se toman a broma el asunto, si es que se acuerdan del mismo. El atentado contra las normas democráticas que supone el hecho de que un candidato electoral siga siendo ministro ha sido ya aceptado como la cosa más natural de este mundo. Lo mismo que el linchamiento mediático del juez Elpidio Silvia. O que María Dolores de Cospedal se haya cargado el Tribunal de Cuentas de Castilla La Mancha en vísperas de una campaña electoral. O cincuenta cosas más, que confirman que si gravísima es la erosión sistemática de la democracia que está llevando a cabo este Gobierno, tal vez lo sea aún más la falta absoluta de reacción ante ese proceso por parte de las instituciones que deberían velar por la misma, empezando por la prensa.

La mayor parte de los hechos que jalonan la crónica política española hieren cualquier sensibilidad democrática. Asistimos, sin que lo denuncie ninguno de los muchos organismos, públicos y privados que podrían hacerlo, a una larga campaña publicitaria del Gobierno sobre la recuperación económica que está únicamente montada sobre la base de unos pronósticos que ese mismo Gobierno, o sus adláteres, elaboran y que unos meses más tarde quedan desmentidos por los datos fehacientes: como ha ocurrido con los del PIB del cuarto trimestre de 2013 y como seguramente ocurrirá con los del primero de este año, que ahora dicen que crecerá un 0,5%. Al tiempo, crecen la sospechas de que algunas estadísticas fundamentales están siendo manipuladas. Pero de ello se habla casi clandestinamente.

Rajoy y los suyos se siguen llenando la boca asegurando que quieren negociar con la Generalitat, pero un día tras otro confirman que no están dispuestos a ceder un ápice en sus posiciones, al tiempo que sus corifeos mediáticos pintan a Artur Mas como un fanático descerebrado que está jugando a aprendiz del diablo. Pero son muy pocos, y casi no se les oye, los que advierten de los peligros esa actitud. Porque no sólo es un engaño flagrante a la opinión o porque puede llevar a una enfrentamiento de consecuencias imprevisibles –y la primera tarea de un Gobierno de España sería evitarlas–, sino porque un día ese mismo procedimiento se podría aplicar en cualquier otro contexto. Sobre todo si hoy se aplica en medio de la pasividad general.

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Ya estamos en el "todo vale" de las campañas electorales

Superado el trámite de la petición catalana en el Congreso –sin avance político alguno en la cuestión–, la campaña electoral ha comenzado. Su primer paso es el de las europeas. Pero no se interrumpirá tras éstas. Sino que empalmará con las municipales y autonómicas y luego con las generales: para los partidos, y, sobre todo, para los que más se juegan, no tiene sentido parar y luego ponerse en marcha durante tan breves intersticios. En suma, que vienen, han empezado ya, 18 meses en los que la vida política –o, cuando menos, la parte de ésta que aparece en los medios– será únicamente una batalla de imagen que arramblará con todo lo demás, o que lo deformará en gran medida.

La lógica de los partidos y la del sistema –las elecciones son el momento culminante de la vida democrática– conducen inevitablemente a eso. Pero en una democracia tan deteriorada como la española cabe preguntarse si ese paréntesis tan largo del desenvolvimiento normal de la política –es decir, del debate, la negociación y el eventual entendimiento entre las distintas posiciones– es lo que el país necesita. Y también, lo cual no es menos inquietante, si la ciudadanía está dispuesta a asumir la parte que le toca en ese juego nada menos que tres veces seguidas en un año y medio.

No tiene sentido alguno adelantar respuestas a esas cuestiones. Pueden ocurrir cosas muy distintas y ningún pronóstico es seguro, por muy claras que sean las tendencias que apuntan las encuestas. Puede producirse un aumento formidable de la abstención o puede que ésta no sea muy superior a la de anteriores comicios. El PP puede perder las europeas y, más tarde, recibir un duro varapalo en las municipales y autonómicas o, por el contrario, superar sin graves daños ambos comicios. Los expertos en demoscopia prevén ambos tipos de hipótesis. Y lo que ocurra en las generales estará muy condicionado por los resultados de las precedentes convocatorias. En todo caso, la prudencia lleva a tener muy en cuenta que un partido que tiene tanto poder, político y mediático, como el PP, parte con una ventaja importante. Con todo, puede haber sorpresas.

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  • Mirada al mundo

    La crisis puede provocar la inestabilidad política del sistema

    La explicación que yo doy al interés por España de los diarios que Vd. cita -y que no viene de las últimas semanas, sino de más atrás- es que España es el punto débil por donde puede romperse todo el entramado del euro y, si eso ocurriera, por donde podría empezar a producirse, lo dicen los expertos, un cataclismo similar al de Lehman Brothers. En definitiva, que es el sitio al que hay que mirar y, de hecho, al que miran no sólo esos periódicos, sino to el mundo económico y financiero. Si hubiera otros motivos menos claros, yo los desconozco y tampoco se me ocurren. Carlos Elordi

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