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Periodismo a pesar de todo

Carlos Elordi

Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

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La derecha puede darse un batacazo y Podemos es crucial para ello

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Desde ahora y hasta noviembre del 2015, la prioridad absoluta para todos los partidos y formaciones políticas son y serán las elecciones. Las autonómicas y municipales, pero, sobre todo, las generales. Estando la crisis catalana en vísperas de estallar, la economía empeorando a marchas forzadas y la situación social peor que nunca, que lo sustancial de la energía política se vaya a dedicar a conseguir votos o a no perderlos parece un despropósito. Pero es lo que hay y, además, no es despreciable. Porque lo de votar es de lo poco bueno que le queda a nuestra democracia. Y porque cualquier cambio del rumbo político, factor imprescindible para hacer frente a los citados problemas, requiere que se modifique la actual relación de fuerzas. Lo que queda por saber es si es posible que eso ocurra. O dicho de otro modo, si es razonable pensar que la derecha puede dejar de dominar el panorama.

A la luz de las dinámicas en curso, esa eventualidad no puede descartarse. No es fácil que se produzca: deberían conjugarse varios procesos cuya suerte, hoy por hoy, es incierta, y, además, el resultado final puede ser de difícil gestión. Pero el que hoy pueda plantearse esa hipótesis es un gran avance: hace sólo seis meses, hablar de ello habría sido un sinsentido.

Tres son los elementos en los que se sustenta. La espectacular irrupción de Podemos en la escena política es el primero de ellos. El segundo es la caída de las posibilidades electorales del PP, avanzada por los resultados de las europeas, confirmada por los sondeos posteriores y agravada por la cada vez más desastrosa gestión del Gobierno. La retirada de la ley del aborto, sea cual sea el futuro que le espera al asunto, puede haber abierto un nuevo flanco en el partido de Mariano Rajoy. Porque la posibilidad de una fuga de votos por su derecha –más hacia la abstención que hacia una nueva formación de ultraderecha, muy difícil de gestar- es hoy más real que nunca.

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Con este desastre de Gobierno nos puede pasar cualquier cosa

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La opción de cuatro años más de Rajoy debería preocupar hasta a un sector del PP.

Sí, el de Zapatero llegó a ser espantoso. Pero el Gobierno de Rajoy es mucho peor. Porque buena parte de sus despropósitos son irreversibles y porque encima pretende volver a ganar las elecciones, que al menos con los socialistas se sabía con mucha antelación que su tiempo se había acabado. La perspectiva de que el PP siga controlando por otros cuatro años los resortes del poder para seguir haciendo lo mismo que hasta ahora, es decir, nada bueno, empieza a inquietar seriamente incluso en los ambientes de la derecha menos alucinada y hasta en los del capital. Porque por mucho que griten los corifeos del poder, la situación de España -la económica, la institucional y la social- es mala. Y aunque hoy parezca estable, uno o más de los frentes abiertos –Cataluña, la crisis autonómica, la deflación o la deuda- pueden estallar en cualquier momento. Y con este Gobierno inepto, eso puede devenir en tragedia.

La crónica de los últimos días no puede ser más desoladora en ese sentido. Rajoy volvió de vacaciones trayendo bajo su brazo la genialidad de la elección directa de los alcaldes. Y tratando de hacer creer que ese era un paso en el camino de la regeneración democrática, cuando era obvio que sólo estaba destinada a que el PP perdiera menos alcaldías de las previstas. Pero lo peor del caso no es que la iniciativa fuera una engañifa o un abuso de poder, sino porque después de tanto ruido todo indica que la cosa se va a quedar en nada o postergada sine die. Porque alguien ha concluido que un día el Tribunal Constitucional podía echarla atrás, porque alguien del PP, o muchos, han dicho que no se podía aprobar en solitario, porque al final se ha visto que no iba a ser tan rentable como parecía. O por un poco de lo uno y de lo otro al mismo tiempo. En todo caso, parece que el Gobierno se la ha envainado.

También la reforma del aborto puede haber quedado arrumbada. Y si la peripecia de la elección directa de alcaldes indica que La Moncloa trabaja muy mal, que sus ocurrencias se convierten en actos sin haber procedido previamente, como debería hacer un gobierno mínimamente serio, a estudiar sus pros y sus contras, con la reforma anunciada hace ya dos años por Gallardón la incapacidad de hacer política como se debe llega a su paroxismo. Como se sabe, la nueva ley nació de un compromiso electoral con la Conferencia Episcopal y con el Vaticano, un compromiso secreto, pero que ahora los obispos reivindican públicamente. Para lograr su apoyo electoral, Rajoy había aceptado todas las pretensiones de la Iglesia católica –el ministro Wert las instrumentó cumplidamente en materia educativa- y, aunque con un retraso de meses, no tuvo más remedio que hacerlo también en el capítulo del aborto. Gallardón asumió esa tarea con la pasión de quien estaba convencido de que representar fielmente a los sectores más cavernícolas del país le iba a proporcionar esa fuerza política que desde hace décadas ansiaba para llegar a ser el número uno de la política. Justamente tras haber renunciado a intentarlo disfrazado de exponente de la derecha progresista.

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Los poderes hacen acto de sumisión a los Botín

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El expresidente del Banco Santander Emilio Botín. / Efe

La España que manda se ha puesto de luto por la muerte de Emilio Botín. Políticos, del PP y del PSOE, banqueros, grandes empresarios, dirigentes de medios de comunicación, firmas del establishment periodístico y hasta sindicalistas como Cándido Méndez, el secretario general de UGT, o la esperanza blanca de los socialistas, Susana Díaz, se han esforzado en estos días por expresar de la forma más brillante posible su dolor por la desaparición de un "grandísimo hombre, que ha hecho mucho por España", tal y como ha dicho Felipe VI, el jefe del Estado. Ese espectáculo inaudito, impensable en cualquier otro país europeo, confirma contundentemente que si alguien manda en España es la banca y, a su cabeza, el Santander. Pero también lleva a preguntarse qué es lo que de verdad ha movido a tanto personaje a rasgarse las vestiduras. Porque lo cierto es que la posibilidad de que un hombre de 79 años tuviera que abandonar en breve su cargo estaba en el centro de las cábalas del mundo empresarial y financiero desde hacía ya un tiempo.

Y las respuestas a ese interrogante no son menos inquietantes que lo han sido, por sí mismas, las declaraciones de Mariano Rajoy –"la noticia ha sido un mazazo para mí"– y del nuevo secretario general del PSOE, Pedro Sánchez –"siento tristeza y mando un fuerte abrazo a sus familiares"–. Porque si detrás de esas muestras de dolor poco creíble, y además innecesarias, asoma una actitud muy próxima a la sumisión –cargos tan altos como ellos deberían haberse limitado a transmitir corteses pésames, como mucho–, el homenaje sin límites que la nomenklatura del poder ha tributado a alguien que se sabía que iba a durar muy poco en el cargo sólo puede entenderse como un acto de reverencia a sus sucesores, es decir, a su hija y a quienes ella designará como sus principales colaboradores.

Por activa y por pasiva, el Banco Santander tiene en sus manos el futuro de alguna de las mayores empresas del país. Telefónica es un caso muy claro de ello. Los grandes periódicos mucho más: si Ana Patricia Botín decide que ya está bien de mirar para otro lado, como su padre llevaba haciendo desde hacía años por la razón que fuera, y de un día para otro, sin tener que pedir permiso a nadie, ordena mandar al juzgado los impagos multimillonarios que esos medios tienen con su banco, los actuales dueños de esos medios se quedarán sin ellos. Por eso, lo prioritario es estar a buenas con la heredera. Cuyas intenciones son una incógnita. Pues aunque su padre no dejara de aumentar los dividendos –también para acallar cualquier descontento interno- y aunque las cifras oficiales sobre la marcha del banco sean aparentemente muy buenas, no hay poco descontento entre los principales accionistas del Santander, y particularmente entre los poderosos fondos de inversión. Para esas gentes insaciables el Santander no va tan bien como parece y lo que es más serio, su inmensa estructura, presente en decenas de países, presenta demasiados flancos débiles que un día pueden convertirse en vías de agua.

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Sólo la presión de la sociedad puede romper el bloqueo económico europeo

Draghi se mueve ahora a un ritmo que no es el de Alemania.

Mucho más que sus consecuencias reales sobre la economía europea, que no se cree que vayan a ser sustanciales, lo significativo de las medidas anunciadas este jueves por Mario Draghi es que expresan que algo muy próximo al miedo –algunos comentaristas hablan incluso de "pánico"– que domina el aire que se respira en el Banco Central Europeo. Miedo a una nueva recesión, pero, sobre todo, miedo a la deflación. Un fantasma que según destacados especialistas ya es una realidad y que puede postrar a la economía europea durante décadas. El continente se encuentra, de nuevo, en una situación de emergencia, aunque sus líderes, sobre todo Angela Merkel y su amigo español, el complaciente Mariano Rajoy, se sigan empeñando en mirar para otro lado.

Draghi ha empezado a hablar en otro lenguaje. Tras negar durante muchos meses que la deflación fuera un riesgo real, lo ha reconocido tras saberse que el PIB de Alemania e Italia ha empezado a caer y que el de Francia está en el nivel del cero. Y el jueves sorprendió a casi todo el mundo anunciando un recorte del tipo de interés del euro –hasta el 0,05%, con el fin de que la cotización del euro respecto del dólar caiga aún más y eso ayude a las exportaciones europeas- y un plan de compra de títulos de la deuda privada de los bancos, destinado, sobre todo, a aliviar la cada vez más difícil situación de las cuentas de estos últimos y no tanto a facilitar la concesión de créditos para animar la actividad económica, que es lo demagógicamente repiten los comunicados oficiales al respecto.

El presidente del BCE ha adoptado esas medidas en contra de la opinión de una parte del consejo del BCE, posiblemente los más próximos a las posiciones alemanas. Y no se ha atrevido a ir más allá porque Berlín no se lo habría permitido: la mayoría de los expertos coincide en que la acción verdaderamente eficaz habría sido la compra de títulos de deuda pública de los estados, particularmente de los más endeudados, como España, porque eso les permitiría volver a invertir para dinamizar sus economías. Pero Angela Merkel ha prohibido hasta que se hable de esa posibilidad. Alemania no quiere compartir los problemas de sus socios de la UE porque está convencida de que podrá solventar sus problemas actuales por sí sola. Y si hasta ahora no ha dicho nada contra la compra de deuda privada es porque la bajada del tipo de interés va a ayudar, sobre todo, a las exportaciones alemanas.

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La suerte de las elecciones generales parece estar echada

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El PSOE lo apuesta todo a la carta de Pedro Sánchez (izquierda).

Empieza a estar claro el marco en el que se moverá la política cuando llegue septiembre y desde entonces hasta las generales de 2015, si es que Rajoy no decide adelantarlas, lo cual no es para nada descartable. En los últimos días, unos y otros partidos, salvo IU, que sigue debatiendo cuál será su futuro, han perfilado sus planteamientos y, más o menos, se sabe qué se puede esperar de ellos. Y la impresión es que no va a haber muchas sorpresas y, en todo caso, ninguna tan grande como la que produjo la irrupción de Podemos en las europeas. Y también que nada indica que se esté gestando un proceso consistente que conduzca a alejar al PP de La Moncloa.

El PSOE acaba de dar el paso de cambiar de secretario general, al que estaba irremediablemente obligado desde hacía tiempo. Lo ha hecho sin traumas internos. Pero habrá que esperar a que Pedro Sánchez articule su dirección y las alianzas en que ésta se apoyará para saber si los que no figurarán en ella, porque no quieren o porque no pueden, asumen o no su condición de postergados. En todo caso, y durante un tiempo que puede que no sea muy corto, cabe esperar que el imperativo de mejorar posiciones electorales se imponga sobre cualquier otro cálculo en las filas socialistas. Y que, con mayor o menor entusiasmo, todos coincidan en que las nuevas caras que encabezan el partido constituyen la mejor opción para empezar a salir del agujero en el que éste ha caído.

Caben pocas dudas de que Pedro Sánchez encabezará la lista electoral de las generales. Que diera mejor imagen que sus rivales para ese empeño es seguramente el motivo principal de su elección como secretario general. También es prácticamente seguro que no habrá primarias en noviembre. Porque esa fecha pertenece a un calendario que los hechos han dejado desfasado. Porque la organización de unas primarias supondría un esfuerzo que impediría que el partido se dedicara a tareas más urgentes y prioritarias. Entre ellas, las de tratar de restañar alguna de las muchas heridas que le aquejan y, sobre todo, la de preparar las municipales y autonómicas. Y, por último, porque el efecto beneficioso para la imagen del partido que podrían proporcionar las primarias, sería tanto mayor cuanto más cerca éstas estuvieran de las legislativas.

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Con el nuevo rey, el BOE y la policía en su mano, Rajoy va a por todas

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Queda por saber si alguno de los ciudadanos que dejaron de votar a los dos grandes partidos en las elecciones europeas o de los que lo hicieron a formaciones críticas con ambos ha cambiado de actitud tras contemplar los fastos de la proclamación del nuevo rey. Porque caben pocas dudas de que la sucesión, además de una necesidad insoslayable, ha sido una gran operación propagandística. No sólo destinada a paliar el descrédito de la monarquía, sino también a mejorar la imagen de un Gobierno tocado y la de un partido, el PP, aquejado de muy malas perspectivas electorales. Y si no se puede descartar que el público más dispuesto a tragarse cualquier milonga se haya extasiado con los besitos que se prodigó la nueva pareja real, también cabe sospechar que el espectáculo haya dejado fría a la gran masa de los descontentos, que es la mayoría.

En definitiva, que estamos donde estábamos hace dos semanas, cuando el otro rey anunció su abdicación. Y por si alguien tenía dudas, este viernes el Gobierno ha anunciado su cacareada rebaja del IRPF que, por encima de cualquier otra cosa, es una medida electoralista que puede tener consecuencias muy negativas en distintos capítulos. Porque vista desde el exterior, y no sólo desde la UE y el FMI, sino también desde los mercados, resulta incomprensible que eso ocurra en un país que tiene una deuda pública del 96% del PIB y que pronto será del 100%, que sigue sin reducir el déficit del Estado a pesar de haber recortado brutalmente el gasto y la inversión públicas y en el que la presión fiscal es un 25% inferior a la media europea.

Por algo, el comisario europeo Oli Rehn se ha lamentado de que el Gobierno español no haya consultado a fondo a la UE. Aunque tal vez más significativo que eso hayan sido las palabras del subgobernador del Banco de España, Fernando Restoy, que ha dicho que "no se pueden perturbar los compromisos adquiridos" y que "está en juego la credibilidad del país". Recordando que hace pocos días el gobernador de esa institución, Luis María Linde, se había manifestado en contra de una rebaja del IRPF y, en línea con la opinión de Bruselas y del FMI, había sugerido, en cambio, que se subieran algunos tipos del IVA para aumentar una recaudación fiscal que cae cada mes más, podríamos empezar a vislumbrar algo parecido a un conflicto sin precedentes entre el gobierno y el Banco de España.

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¿Por qué parece que los que mandan tienen miedo?

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Rajoy mira preocupado a su espalda.

Lo más revelador de la nueva situación política que se ha creado en España es que el poder está manifestando síntomas de tener algo que se parece mucho al miedo. Lo reflejan los poquísimos periodistas que cuentan algo de lo que se cuece en esos ámbitos. Pero, sobre todo, aparece nítidamente en no pocas de las manifestaciones públicas del poder mismo. Los cientos de soflamas que en estos días se han dedicado a cantar las excelencias de un monarca que ha tenido que renunciar al trono justamente porque de excelente tiene poco, algo que sabe todo el mundo y que, por tanto, ninguna loa va a poder borrar. O la histeria del presidente de las Cortes implorando a Durán i Lleida que no se retire y deje solo a Artur Mas, porque si no puede venir el desastre. O la ridícula admonición de Felipe González contra el peligro del socialismo bolivariano. Y para rematar la faena, el director general de la Policía se ha sacado de la manga que existe un serio riesgo de terrorismo anarquista.

Si no tienen más argumentos para contrarrestar las nuevas dinámicas políticas que han aparecido en la escena, mejor sería que se dedicaran a otra cosa. Y todo indica que no los tienen. Que su repertorio, que valió para controlarlo todo durante las últimas tres décadas, termina ahí, en los eslóganes y la retórica del pasado. Y eso es, exactamente, lo que les ocurre a los regímenes que han periclitado. La derecha y la izquierda que configuran nuestro sistema, y que tienden cada vez más a confundirse entre ellas, carece de nuevos argumentos.

Todo lo que dice suena a oído, y olvidado, mil veces. Otra cosa es que esa gente siga teniendo poder, y dinero para aguantar, incluso durante mucho tiempo. Incluso de la peor de las maneras, que ya hay demasiados indicios de que el empleo de la fuerza, policial y judicial, es el antídoto contra la protesta y la inquietud de los ciudadanos a la que se apuntan los más brutos del gobierno. Aunque eso de una muestra más de su debilidad. Por eso otros aún dudan en aplicarla.

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¿Y si la izquierda terminara gobernando?

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Los problemas se le van a acumular a Rajoy en el último año de legislatura.

Los resultados de las elecciones europeas han cambiado significativamente la percepción de las perspectivas políticas que antes de que se celebraran tenían todos los partidos y seguramente muchos ciudadanos. Algunas convicciones que parecían inamovibles se han diluido de repente y han surgido incógnitas, y hasta esperanzas, que de concretarse en uno u otro sentido de los posibles pueden modificar el cuadro político actual. Y no a muy largo plazo.

Para empezar, en el PP. Su desastre electoral sin paliativos amenaza el futuro de Rajoy y de los suyos, justo en un momento en el que creían que lo tenían más y mejor atado que nunca. El único discurso identificable del gobierno, su burda campaña de que la recuperación está en marcha, ha sufrido una derrota inapelable en las urnas: la gente, comenzando por buena parte de sus votantes potenciales, no se lo cree y lo ha dicho con una claridad inapelable.

El otro intento prioritario del PP, el de tapar los escándalos de Bárcenas y de Gürtel, ha resultado igualmente frustrado: por mucho que se esfuercen el PP y sus corifeos mediáticos, por muchas maniobras judiciales que se hayan destinado a tal fin, la gente no ha olvidado. El partido de la derecha sigue siendo para una buena parte de la opinión pública un conglomerado en el que abundan los corruptos y en el que mandan unos personajes que de una u otra manera han metido las manos en ese charco. Por si hacía falta más, cada día nuevas sentencias judiciales lo confirman sin posibilidad alguna de dudas.

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Con el fútbol y la propaganda nos quieren comer el cerebro: resistámonos

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Quien tenga dudas sobre la necesidad de un medio como eldiario.es, que eche un vistazo a lo que hay por ahí fuera. Este periódico tendrá fallos y problemas, sabrá todavía a poco, pero cuenta con algunos atributos de los que carecen la mayoría de los medios de comunicación españoles: dignidad, respeto a los lectores, a los que se trata como personas inteligentes, y también pundonor periodístico, o sea, orgullo de ejercer una profesión que por muy mal pagada y poco valorada que esté puede y debe cumplir una función importante en una sociedad democrática y libre. Ya nada de eso existe en las televisiones, la mayoría de los periódicos de referencia y en buena parte de las radios. Solo algunos destellos individuales de honestidad profesional rompen en ellos la tónica agobiante de la manipulación, la propaganda, más o menos disimulada, y el desprecio a la audiencia.

En estos días, pero la cosa viene de hace tiempo, el tratamiento de dos asuntos está confirmando más a las claras que nunca la degradación de los medios informativos españoles. La propaganda oficial sobre la supuesta recuperación económica es uno de ellos. La histeria por el fútbol es el otro.

En torno a la primera, y después de un año de bombardeo implacable de mentiras, medias verdades y exageraciones oficiales sin cuento, la gran novedad es que se han silenciado las voces críticas que ocasionalmente contestaban en los medios la euforia del Gobierno. Eran pocas, pero ahora son muchas menos, no queda casi ninguna. Sería interesante investigar cómo se han ido eliminando. Si es que les han negado la posibilidad de seguir publicando o si es que les han disuadido de ser díscolos con amenazas de que podían pagarlo en otros terrenos de su vida laboral.

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La triste agonía de la política

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El cabeza de lista del PP a las elecciones europeas, Miguel Arias Cañete, saluda a la candidata socialista a las elecciones europeas, Elena Valenciano. / Efe

Si lo que vemos estos días es la política, estamos perdidos. Por mucho que uno se esfuerce en descubrir el destello de un proyecto, de una idea nueva, de algo que pueda servir para cambiar nuestro triste presente, la política española parece muerta, o cuando menos sumida en un letargo del que es dudoso que algún día pueda salir. La campaña de estas elecciones europeas está siendo un calvario. Para los ciudadanos que todavía conservan algo de esperanza en los políticos, para los que aún mantienen un vínculo, seguramente más afectivo que otra cosa, con las formaciones a las que siempre votaron. Y puede también que para algún candidato, sobre todo de los grandes partidos, que día tras día repiten un discurso vacío y más que nunca alejado de la realidad, de los problemas de la gente. Visto lo visto, habría sido mejor que no hubiera campaña. Porque esta ha sacado a la luz demasiado a las claras que nuestra política ya no vale para nada. Lo malo, se mire como se mire, es que los políticos son los que deben sacarnos del agujero en el que estamos.

Siguiendo el debate televisivo del jueves, uno se preguntaba: si cuando se supone que están enfrentados, Cañete y Valenciano dan este espectáculo de vaciedad, ¿qué pasará si un día están juntos en un gobierno de coalición? ¿Qué podría resultar de la suma de dos partidos que asisten –el uno impávido y el otro abrumado, que esa es la diferencia que hay entre el PP y el PSOE– a la incapacidad de la política para alterar el rumbo de las cosas, para encarar las espantosas realidades que existen fuera de los despachos del poder?

Visto desde la estricta lógica de los intereses partidarios, no hay duda de que estas elecciones tienen su importancia. Si el PP las pierde, el entramado que Rajoy ha montado para que los suyos no le echen se vería seriamente deteriorado. Y puede que hasta fuera el principio de su fin. Y si las gana el PSOE, su crisis interna, que al parecer es mucho más grave y profunda que lo que se publica al respecto, podría apaciguarse un tanto y el partido podría abordar un proceso de recomposición que ahora es imposible. Si ocurre lo contrario, es decir, si gana el PP, Rajoy se consolidaría aún más  y daría más alas a su política, la de la obediencia a Bruselas que se combina con la atención a los intereses de los poderes económicos españoles y que se adoba con un autoritarismo creciente y una propaganda falaz e insoportable. Y si el PSOE pierde, las cosas dentro de ese partido se pueden poner muy feas y sin que haya que esperar mucho.

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  • Mirada al mundo

    La crisis puede provocar la inestabilidad política del sistema

    La explicación que yo doy al interés por España de los diarios que Vd. cita -y que no viene de las últimas semanas, sino de más atrás- es que España es el punto débil por donde puede romperse todo el entramado del euro y, si eso ocurriera, por donde podría empezar a producirse, lo dicen los expertos, un cataclismo similar al de Lehman Brothers. En definitiva, que es el sitio al que hay que mirar y, de hecho, al que miran no sólo esos periódicos, sino to el mundo económico y financiero. Si hubiera otros motivos menos claros, yo los desconozco y tampoco se me ocurren. Carlos Elordi

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