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Javier Gallego

Javier Gallego Crudo. Periodista y músico. Director de Carne Cruda en carnecruda.es y eldiario.es. Antes dio con sus huesos en Radio 3y la Cadena SER. En esta última y M80 ha copresentado De nueve a nueve y media y No somos nadie, respectivamente. Ha sido conductor de Esta mañana con Pepa Bueno en TVE y guionista de CQC en La Sexta. Aún le queda tiempo para dedicarse a la música, actualmente en el grupo Forastero. Ha publicado relatos en dos libros y cuatro discos con diferentes formaciones. Dedica pues poco tiempo a respirar pero lo hace con muchas ganas.

Precarios del mundo, uníos

Mañana se celebra el día internacional de los trabajadores que es como dedicarle un día al lince ibérico, una especie en extinción. No sólo porque cada vez haya más parados sino porque también hay menos trabajadores, o sea, personas que tienen un trabajo. Ahora con suerte tienen varios y así completan un medio sueldo. Pero trabajadores de los de antes, con un único salario que les dé para vivir, unos derechos, unos convenios, un estatuto, una estabilidad laboral y un paro decente, de eso apenas queda.

Ahora lo que hay son curritos, currantes, explotados, becarios, mal pagados, impagados, temporales, contratados en prácticas, a media jornada, por horas, esporádicos, autónomos, mileuristas, seiscientoseuristas, trescientoseuristas y minitrabajadores con minisueldos que viven en minipisos. O en casa de sus padres. La nueva clase trabajadora es la clase precaria que, como su propio nombre indica, lo único que tiene, no lo tiene realmente, lo tiene en préstamo. Por eso vive de prestado.

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Señor, por qué me has abandonado

Hasta los curas han dejado de creer. Hasta los cardenales han perdido la fe. La Conferencia Episcopal ha abandonado la fe mariana, la fe en Mariano. Libre ya del intrigante y vanidoso pájaro espino de mal agüero, Rouco Varela, que descansa entre oropeles en su ático, la curia española ha empezado a sacudirse la caspa de las sotanas como pedía el Papa Francisco y le ha echado la cruz al gobierno de Rajoy, aunque sin nombrarlo. Pero “el que tenga ojos para ver, que vea y el que tenga oídos para oír, que oiga”, que decía Jesucristo. En su último documento público, han negado el milagro de la recuperación y han reconocido, por fin, que hay una España que se muere, como escribió Machado. Con la Iglesia se ha topado el PP, eso sí que es un milagro.

Los obispos han entrado en Génova como Cristo en el templo, con el látigo, y le han soltado una filípica al gobierno de padre y muy señor mío. Le han dicho a Rajoy que la crisis no se habrá terminado hasta que no salgan de ella “los más necesitados”, que defienda “el estado social del bienestar dotándolo de recursos suficientes”, que no basta con acabar con el paro si no se crea empleo “digno y estable”, que proteja a las personas de la “avaricia personal” y la “codicia financiera” de los bancos, que ponga en marcha políticas de “redistribución de bienes” para acabar con la pobreza, que ataje “lo antes posible” la corrupción y la “grave deformación del sistema político” con “transparencia y honradez” y que acoja a los inmigrantes que vienen huyendo del horror, a quienes reconoce su aportación a nuestra sociedad. Los curas se han vuelto del 15M. Poco más y se hacen de Podemos. Aunque yo les veo más de Ciudadanos.

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Cien años de Cospedal

Las palabras, no la cara, son el espejo del alma. La cara siempre la puedes poner de jugador de póquer aunque lleves una escalera de comisiones o un trío de corrupciones. Pero las palabras te delatan -ya sea por lo que esconden o por lo que muestran- y esta semana al Partido Popular le han delatado sus palabras.

En los crímenes, como en el fútbol, a veces solo hay que esperar el fallo del contrario, que el delincuente tenga un desliz y reconozca el delito. Con el PP ha costado casi una legislatura pero esta semana llegó el resbalón cuando a Cospedal las letras le bailaron una jota manchega y dijo que los suyos “han trabajado duro para saquear el país”. Ya conocen ustedes lo que decía Freud del lapsus linguae, que es como si a la conciencia le quitaras el bozal y ladrara lo que realmente te bulle. Sabíamos que nos saquean y sabíamos que lo saben, pero siempre reconforta la confesión, aunque sea sin querer, que es la única forma que conoce el PP de decir la verdad.

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La mano que mece la nuca

Esa mano: esa mano que todos hemos visto agarrando la nuca de Rodrigo Rato antes de entrar detenido en el automóvil de los agentes de Aduanas; esa mano que le coge del cuello para obligarle a bajar la cabeza, que le fuerza a agachar la frente, doblar la rodilla y humillarse; que le lleva del pescuezo como si fuera una pieza de caza y le introduce en el coche como si lo ahogase en el agua; esa mano que se posa suave pero firme en su cogote para acogotarle, que le acompaña pero también le empuja, que parece que le acaricia pero le apresa como la garra de un ave carroñera; esa mano que no es necesaria, porque no va esposado, pero que está ahí para marcarle como a un delincuente al que ha atrapado la pasma, para señalarle ante el ojo público de las cámaras… Esa mano es la mano de Rajoy que le lleva al cadalso: es la mano que mece la nuca de Rato antes de ahogarlo.

Es la mano de Rajoy la que está detrás, como la del ventrílocuo que mueve el muñeco, es su mano la que mueve los hilos de las marionetas en un guiñol que quiere hacer creer al espectador que el PP es tan implacable en su lucha contra la corrupción que no se detiene ni frente al “artífice del milagro español”, cuyo único milagro ha sido la multiplicación de las cuentas y los bancos (78 cuentas en 13 bancos diferentes). Cuando la semana pasada se publica que Rato podría haber regularizado fondos ilícitos en la amnistía fiscal, su incómoda presencia desde el hundimiento de Bankia y las tarjetas 'black', se convierte en un lastre insoportable en plena campaña con el que Génova no puede cargar. Así que idean la manera de deshacerse del cadáver ante las cámaras para apuntarse el tanto y evitar de paso que caiga en manos de la Audiencia Nacional, donde el juez Andreu investiga sus otras causas y puede alargar un proceso que desangraría al partido durante meses.

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La matemática de la tragedia

Unas 400 personas murieron ahogadas el martes, según Save the Children y ACNUR, cuando intentaban llegar a Italia por mar huyendo de la violencia en Libia. Cuatrocientas personas. Repito la cifra y la palabra para que se aprecie la magnitud de una tragedia que en Europa ha sido despreciada. De un solo golpe, 400 seres humanos –sí, como nosotros- han dejado de existir, 400 familias como la nuestra –perdonad que insista en lo evidente- ya no volverán a ver con vida a ese hijo, esa madre, ese padre, esa sobrina o ese amigo. Probablemente no recuperen ni sus cuerpos. No importan porque no eran de los nuestros. Ni nuestras autoridades quieren que lo sean: Italia canceló su programa Mare Nóstrum (más barcos, más grandes, más salvamentos) y la UE lo sustituyó por el Tritón (menos barcos, más muertos). Mejor que se ahoguen en el mar, que tener que acogerlos. Pues ahí los tienes: 400 muertos más.

Repito y explico lo obvio porque aquí lo hemos obviado. Salvo honrosas excepciones, como la de este diario, la noticia no ha tenido apenas recorrido en nuestros medios aunque se trataría de la muerte más masiva de migrantes en las costas del Mediterráneo, mayor aún que la de Lampedusa, y ha ocurrido aquí al lado. De hecho, no la he encontrado confirmada, tampoco en medios europeos. Por ahora, la información que ha aparecido es condicional: “podrían haber muerto” esas 400 personas según el testimonio de 142 rescatados de un naufragio que cuentan que iban con ellos. Pero no hay ni rastro en los informativos sobre la búsqueda de los cadáveres. Ni hay reacción oficial de preocupación ni duelo de la comunidad europea. La noticia ha desaparecido bajo el océano de la actualidad como esos 400 cuerpos hundidos en el mar.

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Tal día como hoy

Tal día como hoy en 1931, el pueblo (ese ente hoy tan desdibujado) tomaba las calles de Madrid y provocaba un cambio de régimen, la caída de la monarquía y el advenimiento de la Segunda República Española. Así, tal cual, saliendo a la calle, después de haber votado mayoritariamente a los partidos contrarios al rey que, con un buen criterio que no había demostrado hasta entonces en su reinado, como cuenta Josep Pla, se dio cuenta de que tenía que plegar velas porque no podía imponer por la fuerza de las armas lo que no había conseguido imponer en las urnas por la fuerza de las razones. Nadie sabe muy bien cómo la bandera tricolor republicana llegó a ondear en el mástil del Palacio de Correos, hoy sede del ayuntamiento madrileño en la plaza de Cibeles, pero el caso es que esa fue la señal que atrajo a miles al centro de Madrid y marcó el inicio del cambio en la jefatura de Estado. Y todo empezó por unas elecciones municipales.

Han tenido que pasar 84 años para que volvamos a encontrarnos ante unas municipales tan decisivas como aquellas. Aquí estamos de nuevo frente a los síntomas de enfermedad del sistema que aconsejan y auguran un cambio de ciclo. Hoy no se trata de hacer caer la monarquía, aunque eso podría discutirse luego, sino de hacer caer el reinado de 40 años de un bipartidismo que se ha convertido en el verdadero régimen monárquico de nuestra democracia, régimen en muchos aspectos absolutista que ha aniquilado la división de poderes y toda barrera a su poder, se ha hecho con el control de la Justicia, ha corrompido las instituciones, ha metido a la empresa en la cama de la política, maneja a la prensa, reprime a la ciudadanía y ha convertido el Parlamento en un obsoleto ornamento tan decorativo como lo fue durante el bipartidismo de la anterior Restauración monárquica en la que se turnaban en el poder para asegurar su continuidad en la cima.

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El Infantalismo

La infanta Cristina ha creado un nuevo estilo en el arte de la manipulación de la realidad que está marcando tendencia en la política española: el Infantalismo. Consiste básicamente en un trampantojo que engaña a la vista para hacerle creer que las cosas son justo lo contrario de lo que realmente son. No algo distinto, como hace la neolengua, sino todo lo contrario. El blanco se ve negro. Así la infanta no sería culpable o cómplice de su pareja en los delitos fiscales que se le imputan sino su víctima inocente. No solo no sería la estafadora sino que es la gran estafada, burlada además por la persona de su mayor confianza, el amor de su vida, el padre de sus hijos, el hombre con quien ha compartido durante años intimidad, confidencias y palacio en Pedralbes.

Tampoco sería una mujer formada e informada como su buena educación, posición social y puesto laboral en la Caixa presuponen sino una pobre ignorante que no sabe nada de la ley ni de contratos, cuentas bancarias y demás asuntos empresariales que su marido manejaba como cabeza de familia y cabeza pensante de la casa. Ni sería la mujer moderna, responsable e independiente que nos habían hecho creer la prensa monárquica y el papel couché, sino una esposa sumisa, obediente y despreocupada que firmaba “sin pedir explicación” los papeles que su marido le ponía delante.

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Juego de tronos a la española

El próximo domingo se estrena la nueva temporada de Juego de Tronos pero los más impacientes podemos entretenernos con la canción de hiel(o) y fuego del PP y la versión política española de la serie. Winter is coming, en plena primavera a Rajoy le ha llegado el invierno, en Semana Santa ha empezado su calvario del que solo puede resucitarle, según las encuestas, Ciudadanos.

Los líderes son como el pegamento. Cuando están fuertes, el ejército se mantiene unido. Pero cuando se debilitan, el bloque se resquebraja, aparecen las fugas de agua y se les hace añicos. Y esto es lo que pasa ahora en casa Génova, que el golpe en Andalucía ha abierto una grieta por la que ha empezado a salir, al fin, las rencillas, los reproches, las guerras internas y los odios callados que el silencio obtuso del jefe había mantenido a raya. Rajoy está como Joffrey Baratheon, se le está atragantando el bocado de las andaluzas.

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El laberinto español

“Durante todo un siglo, España ha vivido bajo la apariencia de un régimen democrático constitucional, sin que el pueblo haya tenido nunca, directa o indirectamente, la menor participación en el gobierno. “Si es pueblo no ejerce sus derechos, es por su propia culpa”, decían y todavía dicen los que los han usurpado, pero la verdad es que (…) las clases gobernantes de todos los partidos procuraron adulterarlo y corromperlo. Los mismos hombres que le dieron sus derechos políticos tuvieron buen cuidado de hacer que no los pudieran ejercer nunca.

La separación de poderes es cosa que jamás ha existido y los magistrados eran simples empleados del gobierno que recibían órdenes de arriba. Valía más aguantar agravios e injusticias que no arriesgarse a lo peor protestando, ya que los tribunales de justicia no aseguraban la más mínima protección. Pero esta injusticia no venía a ser otra cosa que un mal mucho más general aún: la corrupción de todas las clases de la sociedad. No solamente abundaban las defraudaciones (…) sino que se consideraba como una traición denunciarlas. Los ricos, por su parte, burlaban casi todos los impuestos. Se estimaba que el fraude por la propiedad en España ascendía del 50 al 80 por ciento del total. Pero la gente pobre no se beneficiaba de ello; al contrario, tenía que pagar más.

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Nadie dijo que fuera a ser fácil

Nadie dijo que fuera a ser fácil acabar con el bipartidismo. Las elecciones andaluzas son una cura de humildad muy necesaria para vacunarnos del exceso de confianza y euforia que puede malograr la empresa. Qué quieren que les diga, yo no estoy ni decepcionado ni deprimido. Era lo que me esperaba y me alegro de que nos demos cuenta más pronto que tarde de lo que cuesta el cambio político. Un resultado solo un poco más favorable para Podemos o salvable para IU no habría sido ni tan instructivo ni tan revulsivo. Tampoco el lógico triunfalismo de Ciudadanos puede ocultar que están a años luz de inquietar a un PP que se muere sin morirse. No estarán tan muertos.

No estaba muerto el bipartidismo, no, no, aunque sí está muy maltrecho, por más que Andalucía oculte la debilidad del PSOE, que la tiene también en su feudo. Porque Susana Díaz ha ganado con holgura, eso es incontestable, pero ha tenido el peor resultado de su partido desde que gobierna y ha perdido otros 120.000 votos. Si no se ha dejado un escaño es porque la ley electoral le favorece. Como, además, el PP se despeña y el reparto de fuerzas le da margen, parece el recopetín, pero lo único que ha hecho es parar el desplome. Tiene su mérito después de los ERE pero ni es una recuperación ni Andalucía un reflejo del resto de España. Más bien es un espejismo.

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