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Con el agua al cuello 

Ninguno de los presentes en la sala de reuniones se dio cuenta de que el agua había empezado a colarse por debajo de la puerta. Estaban todavía discutiendo si lo que decían los científicos sobre la subida de las temperaturas era cierto o el alarmismo exagerado de unos apocalípticos al servicio del ecologismo más rancio.

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Ninguno de los presentes en la sala de reuniones se dio cuenta de que el agua había empezado a colarse por debajo de la puerta. Estaban todavía discutiendo si lo que decían los científicos sobre la subida de las temperaturas era cierto o el alarmismo exagerado de unos apocalípticos al servicio del ecologismo más rancio. "¡Están contra el progreso!", sentenció uno de los jefes de Estado ante la aprobación general. La lengua de agua seguía arrastrándose silenciosa y lentamente como una mancha de aceite por la habitación, bordeando las patas de las sillas y las mesas y empapando la inmensa alfombra persa que cubría el suelo y absorbía toda la humedad como una esponja.

Quizá por eso el presidente que tomó la palabra no se dio cuenta de que el líquido le lamía la suela de los zapatos mientras relataba que un primo suyo, físico de profesión, le había asegurado que eso del cambio climático estaba aún por demostrar. “Yo tampoco he notado nada, la verdad”, comentó su compañera de asiento que pensó que la repentina humedad de sus calcetines era causada por el excesivo calor de la sala. Se levantó a bajar la temperatura del aire acondicionado sin molestarse siquiera en preguntar al resto. En esa sala era habitual que cada uno hiciese lo que le daba la gana. Unos fumaban sin parar, inundando la habitación de un humo irrespirable, y otros abrían las ventanas para que saliera la humareda, al mismo tiempo que subían la potencia del aparato de aire para enfriar las bocanadas de viento abrasador que entraban de la calle. 

Afuera, el calor asfixiante había vaciado las aceras hacía semanas pero nadie le había dado demasiada importancia aunque fuera diciembre y estuvieran en el hemisferio norte. Lo achacaban a uno de esos caprichosos cambios de humor del tiempo a los que últimamente habían empezado a acostumbrarse. Todo el mundo se desplazaba ya en coche, incluso para los trayectos más cortos y triviales, aguantando interminables atascos que congestionaban la ciudad día y noche. Pero les consolaba saber que estaban a salvo de la polución que ellos mismos provocaban y de la canícula invernal en sus potentes automóviles climatizados. Tampoco nadie se alteró cuando una patrulla policial les obligó a detenerse durante varias horas para dejar pasar a la comitiva de limusinas -las más lujosas, rápidas y contaminantes del mercado- que llevaban a los mandatarios de todo el planeta a la sede de la cumbre. 

Como estaban detenidos en el embotellamiento, pocos notaron la manta de agua que iba cubriendo el asfalto casi hasta la mitad de las ruedas. Los que lo vieron pensaron que era el efecto óptico de la luz y la evaporación provocada por las altas temperaturas. Por instinto muchos conductores bajaron varios grados el aire acondicionado de los automóviles y accionaron el ventilador a la máxima potencia. También en la sala de reuniones donde el presidente que se había levantado hasta el termostato para refrescar la estancia, chapoteó con sus pies sobre la alfombra pero lo atribuyó a la humedad ambiental. La nube de polución exterior e interior del salón hacía que pareciese casi el atardecer aunque era primera hora de la mañana, así que todas las luces estaban encendidas para que los presidentes no estuvieran en un ambiente lúgubre y deprimente.

Las negociaciones avanzaban con la misma rapidez con la que el agua seguía inundando la habitación, pero estaban tan ensimismados en el debate que no se percataron hasta que les cubrió las pantorrillas. Sólo entonces uno de los presidentes dio la voz de alarma. Llamaron a un ujier para cambiarse a otra sala pero les dijo que todo el palacio estaba igual y que aún no habían conseguido identificar la fuente de la filtración. Nada se podía hacer de momento más que quitarse los pantalones y seguir trabajando aunque fuera en calzoncillos. El presidente del país más poderoso del mundo advirtió a sus homólogos de que su gobierno no podía comprometerse a reducir las emisiones tóxicas a los niveles que recomendaban los científicos porque en un mercado libre como el suyo, no puedes coaccionar a las empresas que hacen avanzar tu economía y la economía tiene que seguir avanzando.

“Sugerir sí, pero no podemos obligarles. No somos un régimen totalitario”, remató su portavoz y, curiosamente, presidente de una de las compañías más poderosas de aquel país. Hubo un aplauso cerrado y chapoteos divertidos sobre el agua que había convertido ya la sala en una piscina. Los primeros ministros decidieron que había que aclimatarse a la situación, así que se quitaron también las chaquetas, camisas y corbatas y siguieron negociando como niños en una bañera. Algunos aprovecharon para nadar y tonificar sus músculos, haciéndose algunos largos de un extremo a otro del salón, mientras el resto acordaba las sugerencias que trasladarían a sus empresas más contaminantes. Todos tenían claro que algunas medidas de ahorro de energía, aunque sin exagerar, podrían ayudar no sólo a descontaminar sino también a ser más eficientes. "¡La eficiencia es la verdadera ciencia!", exclamó un presidenta muy ocurrente y todos chapotearon de nuevo.

En las calles, el agua llegaba a la altura de las ventanillas de los coches detenidos en el atasco, pero muy pocos estaban dispuestos a abandonar la seguridad del habitáculo y mucho menos a dejar que se colara dentro y mojara la tapicería. Pensaron que las autoridades estarían haciendo algo para atajar esta repentina inundación, pero las autoridades bastante tenían con bracear de uno a otro despacho de sus ministerios y delegaciones en busca de responsables y explicaciones. Sólo los conductores más valientes se atrevieron a bajar las ventanillas y salir de sus coches buceando porque, a esas alturas, la inundación había cubierto la caravana inmóvil. Los demás siguieron esperando, pacientes, resignados.

Por su parte, los mandatarios de la cumbre empezaban a tener hambre y ganas de cerrar un acuerdo que presentar a la opinión pública, lo que aceleró las negociaciones. También influyó, sin duda, que el agua les llegaba al cuello y apenas quedaba un metro para llenar por completo la sala. Acordaron darle un empujoncito a las energías renovables pero dejando antes muy claro que las fósiles debían seguir siendo la fuente principal de abastecimiento y que la producción y el consumo no podían detenerse porque unos científicos locos tuviesen la disparatada idea de que el planeta se iba a pique. No había prueba alguna de ello, concluyó un primer ministro, aunque nadie le entendió porque el agua se le metía en boca y parecía que estaba haciendo gárgaras. En cualquier caso, tenían un acuerdo y aún unos centímetros de aire para sacar un papel y firmarlo. Como pudieron, echaron un garabato en la hoja en la que el secretario de la reunión había conseguido apuntar los acuerdos, apoyándose en el techo de la sala. 

Cuando el último presidente estampó su firma, boqueando por la última rendija de aire que le quedaba, el agua anegó la estancia y la corriente arrancó de sus manos la hoja que se alejó flotando como un triste pedazo de papel mojado, entre peces muertos y cadáveres de animales, sobre la superficie del mar que había sepultado por completo la ciudad. En el horizonte, sólo dos chimeneas humeantes sobresalían aún por encima del agua. 

Hoy a las 12h en www.carnecruda.es hablamos sobre la Cumbre del Clima de París.

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