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El arrepentimiento y el perdón

No hay interés de que los vascos y españoles recorran el difícil camino hacia la paz y la reconciliación. Sigue reinando el silencio en el que aún resuena el eco de las pistolas que debería ser acallado con palabras. Se quiere resolver todo con policía y juzgados, pero las heridas no se curan solo con justicia, también hace falta arrepentimiento y perdón.

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Cuando tenía 20 años y veía la realidad en blanco y negro, me enfadé con una amiga por su equidistancia en un conflicto con amigos comunes. Le envié una carta –entonces nos mandábamos cartas, pensarlo me envejece- escrita con la bilis del despecho. Puede que ella cometiera errores, pero ninguno comparable a mi intransigencia. Como el tiempo es sabio y ella también, me perdonó sin necesidad de una palabra y retomamos una amistad que aún dura gracias su generosidad y comprensión. 

La semana pasada leía en El Mundo una crónica estremecedora del periodista Pedro Simón sobre el encuentro entre Maixabel Lasa e Ibón Etxezarreta, uno de los etarras que asesinó a su marido, el socialista Juan Mari Jáuregui, ex gobernador de Guipúzcoa. Etxezarreta, alias Potxolo, es un terrorista arrepentido con varios asesinatos a sus espaldas. Algunos por la espalda, como el de Jáuregui. Está pagando por ello con la cárcel.

Hace un tiempo se puso en contacto con Maixabel para pedirle perdón. Le mandó una carta –las cartas requieren el tiempo que a los presos les sobra- y ella accedió a verle en uno de sus permisos penitenciarios. Quería comprender lo incomprensible y, lo que puede resultar aún más incomprensible para la mayoría, quería darle una segunda oportunidad a quien se la negó a ella y a su familia. Nada le puede devolver ya a su marido pero ella le ha devuelto a la vida lo que la muerte le quitó. Más aún, le regala esa vida a quien dio muerte. No puedo imaginar un acto más sobrehumano de humanidad: responder a la crueldad, la falta absoluta de empatía, con la forma más absoluta de comprensión, la compasión.

A muchos les parecerá aberrante. A muchas víctimas, inaceptable, incongruente, atroz. No podemos pretender que todas las víctimas suban esa montaña, como tampoco es probable que todos los etarras hagan el recorrido de Etxezarreta hasta el arrepentimiento ni que el Estado reconozca sus torturas y represión. Tampoco parece que haya mucho interés por ningún lado de que los vascos y los españoles recorramos ese difícil camino hacia la paz y la reconciliación. Sigue reinando el silencio en el que aún resuena el eco de las pistolas que debería ser acallado con palabras. Se quiere resolver todo con policía y juzgados, pero las heridas no se curan solo con justicia, también hace falta aceptación. Este país que se niega a enfrentarse a su reflejo, no podrá mirar de frente hasta que no se haya reconciliado con su pasado.

Mandela lo entendió como nadie. Supo que no habría paz en Sudáfrica hasta que no hubiera reconciliación y les pidió a los suyos, que tanto habían sufrido, que hicieran una última gesta, la más heroica: perdonar a sus verdugos. No que les perdonaran las penas que la Justicia impone ni que las olvidasen sino que perdonaran el error a quien reconoce que lo cometió. Pero para que alguien tenga la valentía de perdonarte, tienes que dejar la cobardía que te impide ver que te equivocaste. El crimen se paga con justicia. La pérdida se repara con la memoria. Los errores, con arrepentimiento y perdón.

Esto me recuerda que tengo que llamar a mi amiga Carmen y decirle, tantos años después, que siento haberme portado entonces como un imbécil. A lo mejor ya ni se acuerda, pero siento que le debo las explicaciones que jamás me pidió porque es lo único que puedo darle.

Recuerda que este programa es solo posible gracias a ti.
Difúndelo, y si puedes, hazte Productor o Productora de #CarneCruda.

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