Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
Sobre este blog

El Diari de la Sanitat forma parte de un proyecto de periodismo indepeniente comprometido con la defensa del Estado del bienestar. Si quieres participar, ponte en contacto con nosotros a fundacio@catalunyaplural.cat.

Este blog ha sido la plataforma para impulsar un nuevo medio digital:

Visita El Diari de la Sanitat

El Diari de la Sanitat

El trauma de migrar solo siendo menor y sin recursos

Niños migrantes que viven en las calles de Melilla. //FOTO: Robert Bonet

Caralp Mariné

Abdullah, nombre inventado, es originario de Fes, al norte de Marruecos. Tenía 17 años cuando decidió que quería migrar a Europa, no avisó a su familia, puesto que hacerlo hubiese significado, como explica él a este diario, que no le dejaran irse. “Vine solo a buscar un futuro y ayuda para mi familia”, explica él. Cruzó la frontera escondido en los bajos de un camión, jugándose la vida. Llegó hace un año y tres meses. Abdullah es un ejemplo de menor migrado no acompañado, los llamados MMNA. Cuando llegó a Barcelona por primera vez fue detenido en la Estació de Sants y de allí lo llevaron a un centro de acogida de la DGAIA (Direcció General d'Atenció a la Infància i l'Adolescència).

Conocemos a Abdullah a través de EICA (Espai d'Inclusió i Formació del Casc Antic) una entidad que desde hace casi 15 años desarrolla un proyecto, Ta-Aixira, dedicado a este colectivo, para dar soporte sociolaboral, formación y ayuda a la inserción y al acompañamiento emocional a los MMNA. A través de este proyecto atienden a los menores y también a los jóvenes de 18 a 20 años. En EICA acogieron en 2014 un total de 42 adolescentes, la mayoría derivados de DGAIA. De estos, más de un 80% procedían de Marruecos.

La primera parada de Abdullah tras cruzar la frontera fue Melilla, vivió en el puerto, explica, junto con otros chicos de su país. Son los llamados “niños de la calle” que se encuentran en esta ciudad fronteriza. La policía lo detuvo y lo ingresaron en el Centro de Menores La Purísima, que está en esta ciudad española, un centro un tanto polémico por el trato que ofrecen, según explica Mireia Escobar, coordinadora del proyecto Ta-Aixira.

De allí se fue a Granada, una semana, y luego vino a Barcelona. “Llegué en tren”, explica Abdullah. “Tenía amigos y mi hermano estaba aquí, en un centro”, relata. Ahora con 18 años, además del apoyo de EICA, recibe ayuda del Programa Atenció a la Salut Mental de les persones Immigrades (SATMI) del Parc Sanitari Sant Joan de Deu, para poder hacer frente a los problemas psicológicos derivadas de la situación en la que vive.

Wayssara Akil es la psicóloga del centro Mas Pins (centro de acogida) encargada de hacer una valoración del estado en el que llegan estos menores. “No encontramos con dos perfiles de jóvenes con problemas de salud mental”, puntualiza. Por un lado están los niños con problemas crónicos, aquellos que ya padecían trastornos en su país de origen pero que nunca habían estado diagnosticados antes y a quienes se suman los problemas de la emigración. El resto, la mayoría, son niños que no tenían problemas anteriormente pero sufren trastornos debido a la forma con la que se han ido de su país y el choque con la nueva realidad. Los problemas ligados a la migración, enumera la psicóloga, son tales como: el estrés, la frustración, la depresión, las fobias, escolares sobretodo, entre otros. “Los chicos se sienten muy presionados, con 13 o 14 años asumen el papel de salvar a la familia, familias en su mayoría desestructuradas”, explica Akil. Su situación les genera “mucha frustración porque las expectativas creadas no tienen que ver con la realidad con la que se encuentran, vienen siendo menores con expectativas de mayores: trabajar y hacer dinero”, especifica la psicóloga a Catalunya Plural.

Mas Pins es un centro donde acogen muchos de estos menores migrados no acompañados que llegan en Barcelona. En este centro, como explica su director, Abdessamad Hamdi a este diario, el año 2014 atendieron a chicos procedentes de 22 nacionalidades diferentes. Un 77% del total provenían de Marruecos, el resto de otros países como Argelia, Paquistán, Afganistán, Rumanía o África subsahariana, entre otros.

“Estos niños sacrifican mucho”, explica Mireia Escobar a Cataluya Plural. “Sienten mucha frustración, una presión muy fuerte que desde nuestra cultura quizás no podemos llegar a comprender”, reflexiona la educadora.

Los papeles, causa de estrés y ansiedad

Cuando Abdullah llegó fue enviado a un centro de acogida, seis meses más tarde fue acogido en un CRAE. Desde el centro pidieron el pasaporte a su familia para poder tramitar el permiso de residencia. Abdessamad Hamdi explica que con los marroquíes es un poco más fácil, porque, si tienen pasaporte el estado se fía de la documentación y pueden empezar con el trámite. En el caso de los subsaharianos, por las relaciones diplomáticas de la región con España, el pasaporte no es aceptado y el niño debe pasar unas pruebas médicas que demuestren que es menor de edad. Conseguir los papeles no es fácil y tampoco rápido, Abdullah lo sabe bien. Lo consiguió, pero fue un calvario. Cumplió los 18 años estando en un CRAE, cuando aún no le habían dado el NIE (permiso de residencia para un año, renovable hasta cinco y que no permite trabajar) después de más de nueve meses esperando. De esta forma se quedó fuera del sistema de protección, fuera del centro y sin permiso de residencia. Se quedó en la calle, pero literalmente en la calle: sin recursos, sin ayuda económica, sin soporte y sin casa. “Me gustaría tener un sitio donde vivir y trabajo” pide Abdullah. Ahora ya tiene permiso, pero está a punto de caducarle, le queda la pequeña esperanza de que podrá renovarlos aunque sabe que es difícil. Para ello se necesita haber realizado cursos de inserción (sobretodo lingüísticos), no tener faltas delictivas, no haber estado detenido y poseer medios de vida, algo muy complicado en su situación.

Esta incertidumbre, se traduce, explica Antonia Salazar, coordinadora de EICA “en procesos de angustia que tienen picos, brotes, que se convierten en estados de violencia, momentos en que son mucho más agresivos, incluso hacia si mismos”. Se autolesionan o desarrollan drogadicciones. “El hecho de que caigan tan fácilmente en la cola, una droga barata, no es más que una agresión hacia ellos mismos”, aclara Antonia Salazar a este diario. Y añade, “la etapa de la adolescencia la tipificamos como complicada, de crisis, que cualquier joven de 16 años pasa, pues para ellos es igual pero aumentado, en un estado en que su identidad está mucho más perdida, porque han hecho un salto, pero un salto que les lleva un poco al abismo”, cuenta.

“Están nerviosos, tienen alteraciones de la personalidad, crisis de identidad, sienten impotencia, crisis de confianza con el entorno, viven situaciones traumáticas”, explica Antonia Salazar. Fruto de esto, y debido a que ellos tampoco acaban de comprender que les pasa, en muchas ocasiones dicen que “se encuentran mal”, cuando físicamente, explica la coordinadora de EICA , no les pasa nada, muchas veces es depresión.

A los problemas relacionados con la regularización se suman otros como la falta del acompañamiento familiar, la añoranza, los problemas lingüísticos, la imposibilidad de lograr un trabajo o la falta de una vivienda en el caso de los mayores de edad que no han conseguido un piso del estado.

El drama de cumplir los 18 años

Hace mas de un año un chico migrado mató en el barrio del Born de Barcelona a un hombre e hirió a otro, un incidente que generó alarma social entre el vecindario. Muchos medios tildaron al joven de “el asesino del Born”. Mireia Escobar denunció en aquel momento en un artículo el contexto que había llevado al niño a hacer esto. Era un chico que fue acogido por el sistema de protección pero que a los 18 años fue echado de él. “Afrontar la autonomía en estas circunstancias - te dan protección y luego te dejan sin apenas nada- es prácticamente imposible”, decía por aquel entonces la coordinadora de Ta-Aixira. Era un chico que, como explica ella, sobrevivía a base de hurtos y evadiéndose de su nueva realidad esnifando cola, con fuertes trastornos, un niño que dentro del centro había seguido un desarrollo adecuado. “Tenemos cura de los niños desamparados para abandonarlos cuando cumplen los 18 años y convertirlos en carne de cañón”, denunciaba en el artículo y recordaba: “nosotros los convertimos en niños de la calle, antes no lo eran”.

“En el caso de los jóvenes MMNA su situación económica es precaria pero estable hasta los 18 años”, concluye EICA en un informe, puesto que al menos la mayoría se encuentra en centros de DGAIA. “A partir de esta edad y de la perdida de la tutela por parte de DGAIA corren el riesgo de encontrarse en un situación especialmente vulnerable, en circuitos que les pueden llevar a la exclusión social”, denuncian. Existe una área de DGAIA que da soporte al joven ex tutelado, pero que los recursos, como denuncia Mireia Escobar, quien se encuentra elaborado una tesis doctoral sobre el fenómeno, son escasos y no llegan a todos. “Una ayuda económica de tres meses solo pone un parche”, dice, porque pasados lo tres meses su situación será la misma: el desamparo.

En el SATMI, donde atienden sobretodo mayores de edad, explica Yolanda Osorio responsable del programa, se encuentran sobretodo con cuadros adaptativos, alteraciones de conducta, insomnio y un gran numero de chicos que cae en el consumo de las drogas.

El difícil acceso a los datos dificulta el estudio del fenómeno

Los primeros MMNA registrados en Catalunya datan de 1994 pero el fenómeno ha evolucionado de forma creciente durante los últimos 15 años. Hasta 2003 España acogió en total 64.904 menores, 7.417 de ellos en centros catalanes. El 2009, el último año del que se disponen datos, puesto que el Departament de Benestar Social i Familia de la Generalitat no ofrece datos más recientes concernientes a este colectivo, los centros catalanes acogieron 239 jóvenes en total. La mayoría de los que llegan siendo menores tiene entre 14 y 17 años. Mireia Escobar, y su tutora de doctorado, Violeta Quiroga, experta en este tema, denuncian la opacidad con la que se trata este fenómeno por parte de las administraciones.

Según un informe de la Comisión Europea en 2013 llegaron a España 2.175 menores no acompañados, de estos 10 pidieron el asilo, el resto, 2.165 no. España emitió en 2013, según este estudio, 579 permisos de residencia. El informe de la Comisión divide a los menores migrantes no acompañados entre aquellos que son solicitantes de asilo - perseguidos en su país de origen- y aquellos que no lo son. Por lo que hace a los solicitantes de asilo en el conjunto de la Unión Europea (UE) se registraron en total 12.685 casos, y por lo que respeta a los no solicitantes de asilo en total hubo 12.770 menores. Del total de menores que no pidieron el asilo, se emitió permiso de residencia para 4.968. España es el segundo país de la UE con un registro mayor de menores migrantes no acompañados (2.165) que no solicitan asilo, por detrás de Italia (8.471).

“Me gustaría ser mecánico” dice Abdullah sentado en la mesa donde lo conocimos mientras se mira sus manos sucias que describen inevitablemente la precariedad de su situación, lo dice antes de marcharse para volver allí donde ahora vive, su casa: la calle.

Sobre este blog

El Diari de la Sanitat forma parte de un proyecto de periodismo indepeniente comprometido con la defensa del Estado del bienestar. Si quieres participar, ponte en contacto con nosotros a fundacio@catalunyaplural.cat.

Este blog ha sido la plataforma para impulsar un nuevo medio digital:

Visita El Diari de la Sanitat

El Diari de la Sanitat

Etiquetas
stats