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Aristocracia

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“La historia es un cementerio de aristócratas”. Con esta frase del sociólogo Vilfredo Pareto inicia Jonathan Powis La aristocracia, ensayo que abarca el origen y persistencia de la nobleza durante unos diez siglos. Powis no duda en asumir la aristocracia como contrapunto de las emancipaciones modernas y, ya puestos, de la democracia misma. Mas este argumento, tan evidente como históricamente comprobable, se complica cuando aparece la pregunta sobre su continuidad. Cuando es inevitable desentrañar por qué la democracia aloja, y en condición de privilegio, a su antiguo enemigo después de revoluciones varias que lo habían destronado o enviado directamente al “cementerio”.

En ese punto, Jowis demuestra que el impacto de Pareto, intelectual orgánico de Mussolini, no se limita a las metáforas. De ahí su énfasis en la capacidad de adaptación de la nobleza: su talento para incrustarse en la vida constitucional de las sociedades modernas. Aquí, y ahora, es obligatorio repensar esa idea. Porque no es, fundamentalmente, gracias a la inteligencia de la aristocracia a lo que debemos su permanencia, ni a su capacidad para simular su transformación tras la fachada parlamentaria de las sociedades que la cobijan, ni a su neutralidad como representante inocuo de un pasado vencido.

Aquello que le permite mantenerse -diez países de Europa Occidental acarrean hoy una monarquía- hay que encontrarlo en la situación crítica de unas democracias tan frágiles como poco consecuentes. No es que los gobiernos actuales permitan dadivosamente su existencia, es que la necesitan. No hablamos de un enemigo, sino de un aliado.

La aristocracia no es, pues, una rémora exótica. Ni el capítulo de un parque temático dedicado al feudalismo, dispuesto para el disfrute de turistas hipnotizados por un pasado pintoresco. Bajo la idea de un poder natural que está más allá del bien y del mal, instituciones y elecciones, se restaura una y otra vez un sistema de privilegios que resulta útil para ejercer la dominación.

Incluso, cuando se habla de aristocracia para reducirla al significado de élite, sustraída del abolengo y el linaje -como lo plantean Sófocles, según Platón, o Voltaire; Spinoza o Jakobson-, la consecuencia política no es otra que un encogimiento del núcleo que toma las decisiones (siempre pocos, no siempre los mejores) y, todavía peor, una reducción de los que se benefician de estas. No es necesario un origen nobiliario para que el gobierno de una minoría para una minoría –del 1% para el 1% según teoría reciente de Krugman-, se califique como aristocrático.

El propio Marx, como más tarde George Duré, explica este retorno a partir de su concepto de “aristocracia financiera”, que es como definió al pacto entre la nobleza y la banca. Ya en nuestros días, la aristocracia persiste a partir de una curiosa triangulación con el poder financiero, la casta militar y la llamada cultura de masas. Los dos primeros estamentos garantizan su consolidación; el segundo vehicula su expansión. Si la banca y el ejército la dotan de poder, los media le conceden popularidad. Desde ahí, ese relato sobre su importancia para la estabilidad política, que mezcla fantasías de unidad nacional con la ilusión de un poder supragubernamental que, al estar por encima de todo, puede permitírselo todo.

De esa permisividad, y de la derrota de las clases populares que supuso su regreso a mediados del XIX, surge la sentencia de Marx sobre la nobleza como “la clase del escándalo público”.

El lugar y proporción de los tres términos de esta frase no es un mal termómetro para medir la salud democrática de un presente en el cual la nobleza se mantiene, el escándalo crece y lo público mengua.

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