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CATALUNYA

Albert Rivera, el aspirante a ganador

Izador aventajado de la bandera anti independentista, el abogado barcelonés omnipresente intenta mantener protagonismo en la escena catalana a la vez que busca desembarcar en la española

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Albert Rivera / Il·lustració: JAUME BACH

Ilustración: JAUME BACH

Con el permiso de Pablo Iglesias, el catalán Albert Rivera (1979) se perfila como el político revelación de un tormentoso período electoral. Izador aventajado de la bandera anti independentista, el abogado barcelonés omnipresente intenta mantener protagonismo en la escena catalana a la vez que busca desembarcar en la española. La deriva del PP parece convertirse en caldo de cultivo para que el joven Rivera satisfaga sus altas ambiciones, allí y aquí. Por no descartar no descarta hacer doblete: presentarse primero a las elecciones catalanas del 27 de septiembre y concurrir luego a las generales. Entiende que este es su momento, de la misma manera que también acepta que cada vez es menos cachorro político, o dicho en lenguaje actual: se aleja de la novedad para acercarse peligrosamente a la casta y, incluso, en su armario ya luce algún muerto.

Explica su currículo que Rivera fue campeón de natación de Catalunya con 16 años. Es licenciado y máster en Derecho por ESADE. Entró a trabajar en los servicios jurídicos de La Caixa, de donde cogió una excedencia para dedicarse en cuerpo y alma a la política. Antes, había participado en una liga de equipos de debate por toda España, quedando campeón. De ahí le viene una reconocida habilidad oratoria que ahora explota en política y exhibe en muchos platós de televisión.

A pesar de una efímera e incómoda militancia en las juventudes del PP, se mete realmente en política de la mano de su mentor Francesc de Carreras. El catedrático de Derecho Constitucional y profesor de Rivera funda, junto con otros intelectuales, el movimiento Ciutadans y escoge a su alumno aventajado para liderarlo, y hasta ahora. Se trataba de crear un dique de contención al independentismo. La paradoja es que, desde que se fundó el ingenio unionista, el independentismo no ha dejado de crecer.

De todos modos, después de un arranque más o menos discreto (tres diputados en las primeras elecciones de 2006, que retuvo en las segundas de 2010), Ciutadans ha empezado a seducir al electorado anti independentista (en las elecciones de 2012 alcanzó nueve diputados y ahora hay encuestas le otorgan la tercera posición).

Pero donde parece que el verbo astuto del abogado hipnotiza mejor es en España. Demoscopia en mano, Rivera es uno de los líderes políticos españoles mejor valorados y su formación sube como la espuma en intención de voto relegando a partidos como UPyD –la marca 'hermana' que no aceptó una alianza con Ciutadans– e Izquierda Unida a inferiores posiciones. Incluso, adversarios como el político revelación del momento, Pablo Iglesias, elogian las capacidades oratorias de Rivera. Los hay que han aprovechado las florecillas para imaginar un pacto a la griega entre Iglesias y Rivera. También acumula detractores, que señalan su tendencia a confundir los parlamentos con platós de televisión. De vez en cuando, su verbo apasionado también le juega malas pasadas: recientemente, ha levantado polvareda diciéndole a los andaluces que les enseñaría a pescar, en lugar de regalarles peces.

Quién iba a decir que aquel joven nadador, que posó desnudo en el primer cartel de Ciutadans, no sería una flor que no hace verano. Sea como sea, la virtud –el tirón mediático del líder– se ha convertido en su principal defecto: Ciutadans tiene Riveradependència en un grado superlativo.

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