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El escultor conquense Vicente Marín o el arte de lo "inefable"

El Centro Cultural Aguirre de Cuenca acoge su muestra 'Excelencias', muy ligada a la naturaleza

Se trata de una exposición conformada por cerca de una treintena de obras, en su mayoría creadas en los últimos dos años

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Vicente Martín / Foto. Saúl García

El escultor Vicente Marín Saúl García

Visitar la exposición ‘Excelencias’, del reconocido escultor conquense Vicente Marín (Cuenca, 1951) que hasta el 18 de octubre acoge el Centro Cultural Aguirre dentro del ciclo ‘Días de arte conquense’, es como darse un paseo por la naturaleza. Por una naturaleza muy sugerente, de gran calado artístico.

Se trata de una muestra conformada por cerca de una treintena de obras, en su mayoría creadas en los últimos dos años, a través de las que Marín vuelve a “jugar, me gusta la palabra” con distintos materiales como la piedra, el cemento, la madera, las tejas, el papel, el plomo o el cristal a la búsqueda de figuras en ocasiones claras (sus famosas setas, sus troncos, sus bellotas, sus piñas), en otras con un significado abierto a la libre interpretación, o que a lo mejor no tienen más significado que ser bellas y transmitir serenidad.

“A veces ni yo sé lo que representan mis obras. El arte quiere hablar de lo inefable, de lo que no se puede hablar. Entonces hablar de ellas… No es un arte narrativo con el que quiera representar cosas”, apunta este artista parco en palabras para quien su obra es la que habla por él.

Lo que sí reconoce es que en su muestra se respira mucha naturaleza. “Está contaminada por ella, sí. Me gusta mucho el campo”, cuenta este conquense con el estudio próximo al río Moscas aficionado a pasear por parajes de Chillarón, Buenache, Mariana o Valdecabras, donde en ocasiones encuentra material para sus obras.

El comisario de Días de Arte Conquense, Carlos Codes, que en 2013 ya dedicó a Marín una exposición en el Teatro-Auditorio, ha querido arrancar con esta muestra un ciclo especial dedicado a artistas conquenses consagrados. De ahí su nombre, ‘Excelencias’. Aunque Marín, modesto, huya de la palabra. “Es un poco exagerado, una palabra que yo prácticamente no busco. Puede ser un objetivo que puedas tener en tu trabajo, pero el adjetivo no lo he puesto yo. Yo lo que hago es hacer mi trabajo lo mejor que puedo y sé. Y ya está”, señala.

Marín fue noticia en abril de este año al aprobar el Ayuntamiento, por unanimidad, dar su nombre al jardín ubicado entre la Rotonda de las Víctimas del Terrorismo y La Hípica, donde hay instaladas varias esculturas de su autoría. Falta, eso sí, que el espacio se inaugure con su nombre, pero en realidad a él eso no parece importarle demasiado. “Todavía no se ha hecho y si no se hace tampoco pasa nada”, cuenta. Porque, aunque reconoce que “está bien que se te reconozca en tu tierra”, también cree que dar el nombre a un espacio de Cuenca puede servir “para que se burlen de ti los amigos”, dice entre risas.

Más de 30 años en Cuenca

Con más de 30 años asentado en Cuenca tras un periodo de vida en Madrid, Marín vive profesionalmente de la escultura. Aunque más que vivir él dice que malvive. “Siempre estás en la cuerda floja: no cobras todos los meses”.

Además, aunque ha vendido varias esculturas dedicadas a la naturaleza, la mayor parte de los encargos que recibe son religiosos. Es, por ejemplo, autor de los pasos de la Semana Santa conquense El Encuentro de Jesús y la Virgen del Calvario (1987), Cristo Descendido (1988) y La Negación de San Pedro (1997), hasta la fecha el último de los imagineros autóctonos que se han incorporado a la Semana Santa.

“La escultura más religiosa, que no tiene nada que ver con la que se expone en Aguirre, es la que más he realizado profesionalmente, con muchos santos hechos por encargo. Pero también he vendido de esta obra”, señala.

Así, a falta de que algún museo de la capital exhiba permanentemente obra suya (“en el museo provincial creo que hay alguna pero está por ahí en el almacén”), cada Semana Santa los conquenses pueden apreciar su arte en las procesiones en las que desfilan sus pasos. Y durante las 24 horas de los 365 días del año se pueden ver en el citado jardincillo que llevará su nombre, ese museo abierto que es la calle.

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