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Cañonazos progresivos y público en pie en la vuelta de King Crimson a España

Javier Herrero.
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Cañonazos progresivos y público en pie en la vuelta de King Crimson a España

Cañonazos progresivos y público en pie en la vuelta de King Crimson a España

King Crimson, pilar del rock progresivo y responsable de algunas de sus principales evoluciones, sobre todo en combinación con el jazz, ha echado hoy la vista atrás, especialmente a los 70, para desplegar en Madrid un arsenal de cañonazos percutidos y pasajes alucinógenos que ha puesto al público en pie.

Dieciséis años después de su último concierto en Madrid, el guitarrista Robert Fripp volvía a la capital española de la mano de su célebre grupo para presentar casi medio siglo de historia musical, desde que en 1969 ejercieran de teloneros de los Rolling Stones.

Su retorno, además, se producía dentro su mayor gira europea desde 1974 y en olor de multitudes, pues hace un mes el público de la veterana banda británica había agotado ya todas las entradas para disfrutar hoy y mañana de sus dos conciertos en el Palacio Municipal de Congresos, con capacidad para 1.800 personas por día, la mayor parte de ellos roqueros de pura cepa y buena añada.

A su llegada a las butacas, dos grandes carteles recordaban las restricciones de las que ya habían sido informados en la compra de los tickets: "Los teléfonos móviles deberán permanecer apagados. Cualquier persona que incumpla estas condiciones será expulsada de la sala". A cambio, una voz en off ha propuesto "grabar el concierto usando ojos y oídos".

Afortunadamente, el mal cuajo del músico de Dorset con los teléfonos no tiene traslación a lo musical, donde se muestra como un virtuoso junto a su banda, que se ha disuelto y realineado varias veces con Fripp como única variable constante.

A España ha llegado hoy su octava alineación, que no tiene nada que envidiarle a sus anteriores encarnaciones y está compuesta por Tony Levin (bajo y voz), Mel Collins (saxo y flauta), Jakko Jakszyk (guitarra y voz) y, a destacar especialmente, Gavin Harrison, Jeremy Stacey y Pat Mastelotto en las tres baterías.

Sus andanadas tras los platos, bombos y todo tipo de artilugios de percusión, ya fuese coordinados o complementándose, constituye uno de los grandes atractivos de estos conciertos, y así lo denota el lugar que se les reserva, delante del resto de los músicos, incluido Fripp, arrinconado al fondo del escenario, a veces más como un espectador que disfruta del show que como un participante.

Tan inquieto y peculiar como él se presenta el repertorio de cada jornada, que esta noche, tras la oportuna afinación de los instrumentos, ha arrancado a las 21,10 horas con "Larks' Tongues in Aspic (Part I)".

Este larguísimo ejercicio de puro vigor musical fue incluido por primera vez en el álbum del mismo nombre de 1973 y está considerada una de sus mejores piezas instrumentales. En medio de su elucubración musical, hasta se han permitido una pequeña broma, al incluir con la flauta un breve pasaje del himno español.

Seguido, casi sin distinción, han acometido "Pictures of a city" y, en contraposición a ese bebop roquero un tanto chalado, también la hipnótica "Peace", ambas de su disco "In the wake of Poseidon" (1970).

Tras "Cirkus" y los guitarrazos ásperos de "Red", ha retornado la calma con "Epitaph" y su belleza épica, marcada por letras apocalípticas y la presencia dominante del mellotrón.

Los primeros tiempos de King Crimson han seguido protagonizando la primera parte del concierto, cuya intensidad ha tenido en parte de la audiencia un efecto casi anestésico, hasta que la exhibición de fuerza y técnica de "Larks' Tongues in Aspic, Part II" ha hecho que todo el mundo se pusiera en pie para batir palmas con entusiasmo sincero.

Tras un receso de 20 minutos, el segundo tramo del show ha comenzado con "Dawn Song", fragmento de la larguísima "The Battle of Glass Tears" que, a su vez, forma parte de la pieza de 23 minutos que se extiende por toda la cara B del disco "Lizard" (1970).

Para escuchar algo de los años 80 ha habido que esperar a "Indiscipline", pero la banda ha vuelto enseguida a su pasado más remoto con uno de los grandes cortes de su repertorio, si no el más grande, "In the court of the Crimson King", de su primer disco. Puro rock progresivo y ensoñación en las teclas.

En esa alternancia de caricias y desgarros de rock progresivo y jazz se ha mantenido el concierto, que ha incluido unas dos docenas de cortes y ha durado tres horas, con piezas brillantes como "The Letters", la elegancia jazz de "The sailors tale" y la pesada y densa "Starless".

Con ella han avanzado hasta los bises, donde han recuperado de su primer álbum "21st schizoid man", con un pie en el "hard rock" y la guitarra de Fripp como protagonista. Él y los suyos volverán mañana a este escenario y este jueves y viernes visitarán el Auditori del Fòrum de Barcelona.

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