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Arcade Fire: Reflektor

Y también: David Bowie, Broken Bells, Pixies, Suede y Vainica Doble

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Disco de la semana: Arcade Fire - Reflektor-

Win Butler podrá lloriquear todo lo que quiera sobre su condición de estrella mediática en el siglo XXI. El problema, si es que le causa tanto pesar, es que lo disimula muy mal o sencillamente miente como un bellaco. Arcade Fire tienen tan interiorizada su estatus de superbanda del siglo XXI que a cada disco parecen obligados a demostrárselo a sí mismos ampliando el minutaje y las ambiciones y picoteando de géneros con los que nunca les hubiéramos asociado. En The suburbs superaron sin problemas ese listón autoimpuesto porque andaban sobrados de buenas canciones, aunque ya asomaba algún que otro capricho indulgente. Ahora van un paso más allá y presentan, redoble de tambores, un disco doble y conceptual en torno al sobado mito de Orfeo y Eurídice, bendecido con la producción del intocable James Murphy y bien surtido de eclecticismo para que no les vuelvan a toser con el asunto de la anglofilia. Pero, ay, lo que tenía que haberse convertido en su obra definitiva se les ha ido de las manos.

Reflektor, es cierto, es una batidora de ritmos que no discrimina entre la herencia haitiana, el influjo africano o el dub crujiente, punto a su favor, pero también un mayestático pastiche de influencias mal digeridas; un empacho exótico que les sitúa más cerca de los Dover del I Ka Kené que de Talking Heads, la referencia de moda al hablar de los nuevos Arcade Fire. Verbigracia: Here comes the night time cambia al menos cuatro veces de ritmo y dos de estilo, del reggae al afroindie. Lo malo es que la sensación de desconcierto se prolonga durante seis largos y gratuitos minutos. En Reflektor, las canciones parecen revolverse a cada momento contra el envoltorio, como si el conocimiento enciclopédico de Murphy engullera unos temas que pedían algo más de recogimiento monacal en la mesa de mezclas, y de ese pulso constante entre ambas facciones salen perdedoras piezas tan decentes como Joan of Arc.

La producción grandilocuente tiene parte de culpa, pero no toda, que con la excusa del disco doble han pasado el filtro medianías como Norman Person , un Bryan Adams con lifting, y Flashbulb eyes , un divertimento sin pretensiones al que nunca hubiéramos hecho caso de no venir firmado por los autores de Funeral . El tercer gran problema de Reflektor no es su minutaje -aunque sí, se hace bola y no es una cuestión de darle más o menos escuchas-, sino que algunas de las canciones están estiradas como chicle sin razón aparente. En Reflektor , el single, también sobraban los dos últimos minutos, pero como estábamos embobados con el cameo de Bowie lo pasamos por alto, pero con piezas como Porno , con ese machacón sintetizador martilleando durante seis minutos no hay bula ni disculpa posible.

¿Es entonces el cuarto disco de Arcade Fire un descalabro? No del todo. Esparcidas por Reflektor hay al menos cuatro piezas en las que los canadienses resuelven con nota la ecuación entre el melodramatismo y epicidad de antaño y su nuevo disfraz sintético. Además de la emotiva dupla Awful sound y It´s never over, los coros de Balearic sound propulsan la fantástica Afterlife -y nos hacen, por fin, bailar- y ese bajo robado a Michael Jackson de We Exist no desentonará en el futuro “grandes éxitos” del grupo. No, no hay que enterrarles antes de tiempo. Basta con no reírles las gracias cuando no procede.

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Canción de la semana: Broken Bells - Holding on for Life-

Curiosa la fiebre por la música disco que ha contagiado a gran parte de los lanzamientos más esperados de 2013, de Daft Punk a Justin Timberlake. Broken Bells, fértil asociación del productor Danger Mouse y el cantante de The Shins, James Mercer, también se han abonado a la fórmula, aunque en su versión más templada. Producción limpia, guitarra cristalina, bajo machafunk y glorioso estribillo en falseto de Mercer emulando los medios tiempos de Robin Gibb, ahora que ya no es anatema mencionar y hasta reivindicar a los Bee Gees. Como el título de su próximo largo -After the disco-parece anunciar, aquí no se trata de glorificar tanto la bola de espejos y la pista de baile como las resacosas mañanas en las que uno trata de reconstruir la fiesta de la noche anterior.


Clásico de la semana: Vainica doble - Heliotropo-

Gloria Van Aerssen y Carmen Santoja, acaso el dúo más inolvidable de la música popular española de todos los tiempos, nunca quisieron ser estrellas del pop. Sólo pidieron que les dejaran vivir con alegría. Les resbalaba bastante defender sus canciones en directo y había que arrastrarlas para que grabaran canciones en el estudio, donde se presentaban sin un plan establecido. Lo debieron pasar bastante mal con Heliotropo , un disco con el que la discográfica Ariola cometió dos errores: pensar que tenía en sus manos un éxito comercial y que podía atarlas en corto. Aunque bien pensado, algo bueno tiene el “vil stablisment” al que critican sin ambages en Ay, quien fuera a Hawaii : nunca sonaron tan bien arropadas como en Heliotropo , gracias a los monumentales arreglos orquestales de Pepe Nieto. Gloria y Carmen, que tenían la peor opinión del mundo de los artistas nacionales y extranjeros de entonces, tenían un bagaje académico y cultural que sacaba varios cuerpos al resto. Quizá esto explique la aparente espontaneidad con la que mezclaban swing, habaneras, pop, coplas y cualquier género que se les pasara por delante tirando de instrumentos tan poco habituales en la España de 1973 como el sitar -inolvidable La máquina infernal - o el arpa.

Heliotropo contiene algunas de las mejores canciones de Vainica doble -El pabú,Agáchate que te pierdes y Coplas del iconoclasta enamorado- y las mejores letras jamás compuestas por Van Aerssen. Envueltas en un halo de realismo fantástico, junto a rimas deliciosamente tontorronas - “Yo tengo un novio hawaiano que en invierno y en verano está a la sombra de un banano”- y declaraciones de amor incondicional conviven versos incendiarios que no se dirigen tanto a la realidad política del momento como a los males endémicos de los españoles. En Dos españoles, tres opiniones ironizan sobre la molesta capacidad local de pontificar sobre cualquier asunto aunque no se tenga repajolera idea, mientras que en la muy escalofriante Requiem por un amigo cargan contra la cultura del éxito. 40 años después, seguimos cargando con los mismos males e incapaces de resistirnos al influjo de esta obra maestra.

Videoclip de la semana: David Bowie - Love is lost-

De Duque Blanco a príncipe austero. La enésima encarnación de Bowie viene despoblada de todo artificio y glamour, un motivo que se ha trasladado a su no-campaña de marketing para anunciar su último disco, The next Day, la portada del mismo y el vídeo del primer sencillo, Where are we now? El furor espartano ha llegado al extremo con el vídeo del tercer single, Love is lost, un prodigio de sencillez con el que ha vuelto a desconcertarnos. El mismo Bowie escribió el guión de esta historia gótico-surrealista y ha filmado -en uno de los oscuros pasillos de su oficina en Manhattan- y editado el material en un fin de semana, con la única ayuda de su asistente Jimmy King y su amiga Coco Schwab. También ha contado con un par de marionetas rescatadas de épocas anteriores, en la línea de guiños al pasado de los que está poblado su último disco. El vídeo de Love is lost le ha salido bastante barato: 12,99 dólares, que fue lo que le costó el USB en el que ha descargado el vídeo. A este paso, para el cuarto single nos tocará poner dinero a los fans.

Concierto de la semana: Suede/Pixies

Dos pesos pesados de la escena alternativa de principios de los 90 visitan los escenarios españoles esta semana con todas las entradas vendidas. Suede y Pixies no comparten nada en común, aparte de su avispado olfato de dinosaurios para aprovecharse de la fiebre nostálgica de los fans que les echan de menos o el interés despertado en las nuevas generaciones de melómanos que nunca les vieron en directo. Brett Anderson y los suyos tienen hasta disculpa: este año han sacado un disco muy digno, Bloodsports, que en cierta manera hace de secuela de su último gran trabajo, el adictivo y eléctrico Coming up (1996). Al menos han jugado a repetirse a sí mismos y les ha salido bien, y nuevos temas como Hit me aguantarán muy bien el tipo en directo junto a Animal nitrate o Trash. Mucho más feo es lo de Pixies, que llevan jugando al amago con su regreso discográfico varios años mientras se lo llevaban muerto en macrofestivales. Al final, han malparido cuatro canciones indignas de su legado. Por si fuera poco, Kim Deal se ha apeado del carro, así que la gira que les trae a España ha quedado bastante descafeinada. Eso sí, a ver quién consigue quedarse quieto cuando empiecen a soltar todos los clásicos de Doolittle (1989) o Bossanova (1990).

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