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¿De verdad han pasado ochenta años?

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Han pasado ochenta años y es como si no hubieran pasado tantos desde aquel mes de julio de 1936. Entonces había una República. Legitimada por las urnas. Con los intentos de asentar un sistema igualitario, más justo, menos dominado por los privilegios de clase, sin los poderes terrenales de una iglesia reaccionaria a más no poder, con la mirada puesta en una sociedad más culta y dispuesta a saldar cuentas con un pasado en que la igualdad y la libertad brillaban por su ausencia. Habían sido cinco años de intentarlo sufriendo las embestidas de los poderes clásicos: el religioso, el militar, el de los dueños de la tierra que se negaban a ceder su dominio sobre las personas que sin ningún derecho tenían a su servicio como si fueran auténticas esclavas. Cinco años de presiones, de intentos de golpes de Estado, de pistolerismo falangista, de tropelías contra la legalidad republicana. Las derechas políticas, la iglesia y los militares incordiaban toda posibilidad de cambio o de ruptura. A esa caterva de deslealtades fachas luego la han llamado -la siguen llamando- “situación caótica” que se vivía cuando la II República. El caos lo sembraban ellos. Los errores de gobierno no sembraban ningún caos, simplemente eran errores, como es normal en todos los tiempos vividos y por vivir. El supuesto caos republicano fue la excusa para que el ejército diera un golpe de Estado. Y lo apoyaron las fuerzas reaccionarias que venían conspirando desde el principio contra la voluntad republicana de romper con lo de antes. Lo que dio paso a la guerra no fue lo que estaba pasando sino un golpe de Estado. Hay que repetir esa terrible obviedad porque parece que ese golpe de Estado no existe en el inventario histórico de bastantes historiadores, de muchos escritores que hoy echan mano de la mentira para contar lo que pasó, de todos esos políticos que se atrincheran en el PP dándonos lecciones de democracia cuando en realidad han mamado y siguen mamando la leche agria de aquellos golpistas que empezaron una guerra que como todas las guerras no se acaba nunca.

Desde hace años la historia conservadora se empeña en establecer esa secuencia: de la II República pasamos a la guerra. Pues no. Eso es mentira. De la II República pasamos al golpe de Estado fascista que al fracasar en su primer intento provoca el inicio y la durísima guerra que vino luego. Para esos historiadores de pacotilla, escritores tramposamente revisionistas y políticos del PP no existieron ni el golpe de Estado ni la dictadura. Por eso se empeñan en hablar sólo de la II República y de la guerra. Lo demás no existe. La secuencia lógica de nuestra última historia es esta: II República, golpe de Estado, guerra civil, dictadura franquista y transición. De la transición también hay que hablar. Ahí empieza el revisionismo histórico: la negación de un pasado que no se podía ocultar por mucho que se pactaran vergonzosamente todos los olvidos. Como decía mi querido e inolvidable Rafael Chirbes: cambiamos la memoria republicana por ese raro bienestar que nos concede el dinero. De ahí venimos. La transición nos mete de lleno en un nuevo paradigma: silenciar lo que pasó, dejar de lado lo que hubo de bueno durante la II República, sentenciar que una Monarquía metida de tapadillo en la Constitución del miedo era nuestro destino natural. Los nuevos tiempos de la democracia volvían a ser una especie de rara venganza contra los años republicanos.

Ahora se cumplen ochenta desde aquel desdichado julio de 1936. Lo malo de la memoria es que es terca y cabezona. O mejor dicho: lo bueno de la memoria es que es terca y cabezona. Por eso no me canso de escribir en todas partes que los herederos del franquismo siguen en activo. Ya se sabe que la extrema derecha no existe en España. Todo el mundo sabe que esa extrema derecha está bien cuidada en el PP de Rajoy y sus camaradas. El franquismo sociológico que decía Vázquez Montalbán sigue ahí, en las filas de ese partido y en una sociedad cada vez más conservadora, cada vez más entusiasta con los valores del franquismo, cada vez más proclive a confundir aposta las tradiciones con la barbarie, cada vez menos libre, cada vez menos democrática. Ochenta años ya del golpe de Estado fascista. ¿Quién lo diría?

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