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Como idiotas

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Tan falso como afirmar que la culpa de la virulenta crisis que todavía hoy sufrimos fue de aquellos que vivimos por encima de nuestras posibilidades, también lo es asegurar que nosotros, los ciudadanos y ciudadanas, no hemos tenido responsabilidad alguna en nada de lo sucedido. Tienen razón quienes sostienen que los ciudadanos no votan a sus gobernantes para que les roben, pero no es menos cierto que una mayoría absoluta de mis compatriotas  decidieron ser gobernados por aquellos de los que ya se sabía que pertenecían a una, por aquellos días ya nada presunta, “organización” criminal. Cuatro años después ese mismo partido, con un conseller y un presidente de diputación durmiendo ya en la cárcel, resultó ser el más votado, primero en el parlamento autonómico y después en las elecciones generales que nos disponemos a repetir en unas semanas.

Existe un elevado consenso entre los redactores de argumentarios políticos sobre la inconveniencia de tratar a la ciudadanía de imbécil. La excepción a la regla consistiría, pues, en que se puede mentir bellacamente al electorado siempre que la cosa vaya de exculparlo de toda responsabilidad en el devenir de la sociedad a la que pertenece, especialmente si esta responsabilidad puede ser imputada a tu contrincante político preferido. Así que, igual que para Gabinete Caligari la culpa fue del Cha, Cha, Cha… para nuestros candidatos la culpa de todo lo acontecido quedará debidamente adjudicada a “la Troika”, Zapatero, el Fondo Monetario Internacional, los inmigrantes -créanme, a uno de los de siempre se le calentará la boca y lo dirá- o el oro Venezolano que se trajo no sé quién en su maleta bolivariana. Lo que sea con tal de que le podamos votar con la conciencia ciudadana tan limpia como la mayoría de nuestras carteras.

Preparémonos pues estas próximas semanas a escuchar a los de diestro adjudicar a los de siniestro la culpa del bloqueo político que sufre este país. Y para hacerlo bien, en condiciones, será necesaria, como no puede ser de otra manera, una campaña electoral en la que unos y otros puedan explicarnos qué pasó, como si todo esto hubiera sucedido en una remota región de Groenlandia sin cobertura de móvil ni de satélites y no delante de nuestras narices.

En las redacciones de los medios, periodistas amnésicos redactarán titulares para desmemoriados. Los que ayer se mostraron inflexibles se transformarán en extraordinarios contorsionistas de lo político, abrazarán  amplios consensos y regalarán vicepresidencias a los mismos a los que ayer negaron el pan y la sal. Tendrán que mirar ustedes bajo la “Taula” de algún candidato si quieren ver a la misma a la que hace unos meses el mismo tipo abrazó bajo los focos. Escucharán en el sálvame político tertuliado y televisado a los antiguos amantes airear sus trapos sucios y a las compañeras de partido despedir a su candidato en la bocana del puerto parlamentario, deseándole lo mejor en su viaje electoral  mientras en su mano mece al viento, en lugar del tradicional pañuelo, un cuchillo jamonero.

Deje de leer esta columna por un segundo y míreme a los ojos. ¿De verdad no han sido suficientes estos meses para descubrir al mentiroso, al sinvergüenza, al ingenuo, a la cínica, a la bienintencionada o a los hipócritas? ¿No le han suministrado ya información suficiente sobre su deslealtad, su fortaleza, su rencor o sus más íntimas esperanzas personales y políticas?

Yo no creo que sea saludables en términos democráticos unas elecciones sin un proceso de debate y campaña electoral previo, aunque entienda los argumentos de quienes afirman que ésta -en concreto ésta- campaña sobra. Y sí, es cierto que quienes nos van a pedir el voto nos consideran mayoritariamente ciudadanos capaces e inteligentes. Pero por lo que ya se ha visto y ya se ha oído en los últimos días, cada vez es más evidente que una buena parte de ellos, en el fondo, siempre esperan de nosotros que les votemos como si fuéramos idiotas.

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