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A modo de epitafio

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No tenía intención volver a escribir sobre RTVV. De verdad. Esta semana yo quería hablar de Twitter. Porque en el fondo pensaba que era todo un gran farol. Mucho ruido y pocas nueces. Que la crónica de una muerte anunciada no sería tal y finalmente no se firmaría la sentencia de muerte. Pero ahora que el final ya está ahí, que se ha consumado la ley que marca el fin definitivo, me temo que voy a volver sobre el tema. Quiero escribir un epitafio. Y quizá lanzar un vaticinio.

El cadáver aún no está frío pero dada la premura con la que todo se ha precipitado es un momento tan bueno como cualquier otro para empezar ya con la autopsia. No se dejen intoxicar, olviden el ruido y la furia. El ente estaba herido de muerte y su patología tenía unos culpables bien definidos: todos nosotros.

En primer lugar, cuando se creó, nadie pensó en blindarla ante el saqueo. Y era una víctima demasiado golosa como para no dejarse mangonear por los caciques de turno. Además, sus trabajadores tampoco la quisimos demasiado, no nos engañemos. Por presiones, por miedo, por complacencia o por simple desidia, es cierto que dentro de la casa nunca se vivió una auténtica revolución. A veces hubo connatos, no lo niego, pero nada que se pereciese a un auténtico motín. Los que estuvimos dentro, cuando estuvimos, preferimos mirar para otro lado, hacerlo razonablemente bien o dejar el cerebro y la conciencia en casa para evitar la náusea mientras cumplíamos órdenes.

La sociedad la ninguneó, la ignoró o directamente la vilipendió. La gente de la calle, con su pan y su circo, no se planteaba que aquello fuese una orgía de despilfarros mientras jamás faltasen unas fallas, una romería o un partido del Valencia. Qué le íbamos a hacer. Nos dijeron que éramos ricos y nos lo creímos.

Todos somos igual de culpables. Es cierto. Pero en esto, como en la granja de Orwell, algunos son más iguales que otros. Si hay que buscar quien, en última instancia, ha consumado el liberticidio yo tengo muy claro que a quien acusar. La Generalitat y los gestores que ha puesto al frente de RTVV a lo largo de los últimos años han sido quienes han terminado de matar al ente. Eso es algo que nadie debe pasar por alto porque lo han hecho a conciencia. Esquilmando todas y cada una de las partidas a las que han podido meter mano: desde el engorde malsano al que se sometió la plantilla en los últimos quince años hasta el expolio sistemático mediante compras y subcontrataciones ridículas. Todas y cada una de sus actuaciones han arrasado las arcas del ente. Algunas de estas prácticas entran directamente en lo penal y, sin embargo, jamás veremos a un cargo público imputado por el saqueo.

Ahora, con el adiós definitivo, parece como si en el Palau de la Generalitat hayan podido al fin respirar tranquilos tras lograr algo por lo que llevaban mucho tiempo suspirando. En un mes se ha acabado con una televisión pública dando excusas tan chuscas que rozan lo ridículo y que, sin embargo, demuestran que el final estaba decidido de antemano. Resulta sorprendente que el Govern sea capaz de tanta eficacia cuando se lo propone.

Esto me lleva a ese vaticinio del que les hablaba al principio: dentro de un año, o quizá de menos, volveremos a tener una televisión en la Comunidad Valenciana. Tampoco pierdan esto de vista. No será una televisión pública. Muy probablemente no será una televisión autonómica. Será, simplemente, un instrumento de propaganda que servirá al Consell para seguir ocupando minutos de vídeo de cara a las próximas elecciones autonómicas. Como lo fue RTVV sólo que mucho mejor. Porque aquí no habrá consejos de administración en los que encajar a otros partidos, ni comités de empresa protestones. Este nuevo invento audiovisual estará seguramente en las manos privadas de algún amigo. Eso sí, su puesta en marcha, como el saqueo de RTVV, vamos a pagarla entre todos.

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