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“El sistema ‘revictimiza’ a las víctimas”

Las ‘guerreras’ de Alanna, una asociación de mujeres, atiende a 1.000 mujeres que han sufrido la violencia de género en Valencia 

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Una de las actividades organizadas por Alanna.

Una de las actividades organizadas por Alanna. Biel Aliño

Pelea como una mujer”. “Stop violencia machista”. “Yo no soy una princesa, soy una guerrera”. Son los lemas de algunas de las pancartas que se vieron el pasado sábado, 7-N en Madrid, en la Marcha Estatal Contra las Violencias Machistas. Se sumaron a la multitudinaria manifestación 3.000 personas procedentes de la Comunidad Valenciana, donde se han producido alrededor del 20% de las muertes de mujeres este año, las últimas en Llíria (Valencia). En la marea participaron 200 colectivos de toda España para reclamar que la lucha contra al feminicidio sea cuestión de Estado. Ni una asesinada más.

Uno de los que estuvo en primera línea es Alanna (Pequeñas Guerreras) que desde hace 15 años trabaja en Valencia con mujeres víctimas de este tipo de violencia intentando que rehagan sus vidas a través de un empleo. En la actualidad atiende a 1.050 mujeres con un equipo humano de 45 personas.

Su programa Insertas Dona, comenzó únicamente con personas voluntarias, pero desde hace dos años reciben una subvención, a través de la campaña estatal del IRPF y de la Obra Social La Caixa, que les permite contratar a dos educadoras que coordinan todo el programa. Consiguen empleos contactando con empresas, con las que dentro de su RSC, contemplan el apoyo a entidades sociales. Han recibido varios premios por su labor.

No existe un perfil definido de víctima, aunque no nos gusta mucho esa palabra”, dice Chelo Álvarez, gerente de Alanna. “Son mujeres desde 16 a 60 años o más, de todas las clases sociales y niveles de educación. El maltratador, sin embargo, responde casi siempre al mismo patrón. Son hombres con muy baja autoestima y con tendencias psicopáticas que descargan sus frustraciones en la mujer, a la que consideran un simple objeto de su propiedad”.

Micromachismo’

Lejos de mitigarse, la violencia de género adopta nuevas formas. Según un estudio de la Universidad de Elche, estos casos se han duplicado entre los menores y jóvenes. Es el llamado micromachismo, un fenómeno preocupante que prolifera en el caldo de cultivo de las redes sociales.

Los chicos utilizan los móviles para llevar a cabo una vigilancia y control sobre las chicas”, explica Álvarez. “Sobre la ropa que llevan, lo que hacen, las llamadas que reciben, etcétera. El peligro es que ellas no lo ven como una amenaza, pero en muchos casos puede llegar a serlo con intimidación, insultos y agravios”.

Cara y cruz

Mucho ruido y pocas nueces. Con este refrán las responsables de Alanna critican las medidas y campañas gubernamentales contra la violencia de género. “Hay salida, dice el anuncio, pero eso es totalmente falso. A veces a las maltratadas se les trata como delincuentes. El sistema las revicti miza y eso las hunde más”.

También son muy críticas con el tratamiento de los medios de comunicación. “El lenguaje que se usa en las noticias parece echar la culpa a la mujer, cuando se trata simplemente de asesinos, o presuntos asesinos”. En la parte positiva juzgan muy meritoria la labor de la UPAP (Unidad de Prevención, Asistencia y Protección a las Víctimas de Violencia de Género), así como a algunas compañeras del Servef que encriptan los datos para que las mujeres no sean detectadas por sus acosadores.

Segunda oportunidad

En Alanna las mujeres encuentran una segunda oportunidad. “Estamos conectadas por whatsapp y FB de manera que podemos echarnos una mano en los malos momentos”, cuenta Álvarez. También se organizan talleres variopintos, desde defensa personal o informática a fotografía o cómo rediseñar la propia imagen. Trabajan la recuperación a través de una red de apoyo y espacios de ocio donde se puedan relacionar positivamente.

La educación es clave

Romper el círculo del patriarcado exige políticas, no sólo sociales, sino también educativas, económicas y culturales, dirigidas a la igualdad real y efectiva. “La parte educativa en los colegios es más que necesaria, y no como una asignatura, sino como un tema que debe estar candente en el aula de manera transversal”, dice Álvarez. Por otra parte, es fundamental que los maltratadores sean tratados jurídicamente como terroristas. Y, finalmente, los medios de comunicación deberían dejar de presentar las noticias referentes a los asesinatos de las mujeres como un suceso aislado, y utilizar el lenguaje de forma precisa”.

Reivindicaciones

  • Profesionalizar los juzgados y agilizar los procesos.
  • Endurecer las condenas.
  • Personal sensibilizado en juzgados y hospitales.
  • Que la custodia compartida no sea impuesta si media el maltrato.
  • Que los recursos especializados dirigidos a estas mujeres no sean gestionados por empresas privadas.

Despertando de una pesadilla

Una de las mujeres que recuperó en Alanna su vida y su dignidad es Antonia (nombre supuesto). Tras superar una pesadilla, hoy trabaja de cocinera, tiene 31 años, dos hijas de once y seis, y una historia que se atreve a contar. Durante un paréntesis de tres años estuvo atrapada en el agujero negro de la violencia machista que la llevó a perder por completo la autoestima, a tener que reinventarse como persona y empezar de cero.

Ahora hasta me río cuando recuerdo aquel horror y sobre todo me asombro”, confiesa risueña. “Era incapaz de mirar mi imagen en el espejo. Veía un monstruo, una piltrafa en la que no deseaba reconocerme. Acabé hundida en lo más hondo, pero al final supe pedir ayuda y con esfuerzo y voluntad de todo se sale. Después de superar aquello, me atrevo con todo”.

Con sólo 19 años Antonia tuvo una niña de su primera pareja de la que separó amistosamente. A los 24 conoció en Riba-roja a un hombre siete años mayor que trabajaba ocasionalmente en el campo, y se enamoró ciegamente. “Era simpático, abierto y encantador hasta que las cosas empezaron a torcerse”, recuerda. “Me prohibía llevar pantalones y controlaba la ropa que usaba. Yo era por entonces muy ingenua, me dejaba manipular y le seguía la corriente. Era su marioneta y él usaba el chantaje emocional”.

Poco a poco la situación de control psicológico empeoró hasta el abuso, la intimidación y el maltrato físico, violación incluida. Nació la segunda niña, Antonia perdió su empleo y quedó a expensas de su pareja. El paso siguiente fue sustraerle dinero de sus ahorros para jugar a las tragaperras e impedirle visitar a su primera hija que, a la sazón, tenía muy pocos años y vivía con su padre y sus abuelos paternos.

Me encerraba en casa y en una ocasión, desesperada, salte a la calle desde un segundo piso. Una de sus obsesiones era que siempre hubiera cerveza en casa, y una vez que se cayó una botella y me lastimó el pie se puso loco de furia contra mí”.

Al final se impuso la fuga. Sin ropa ni documentos huyó a la casa de su madre, aunque jamás explicó a su padre lo ocurrido por temor a posibles represalias y mayor violencia. El Centro de Mujeres 24 horas y la trabajadora social que se ocupó de su caso la rescataron. Luego la asociación Alanna de la que es usuaria desde hace cuatro años. “Llegué a Alanna destrozada y allí me ayudaron a recomponerme, a comenzar desde cero una nueva vida”, confiesa. “A cualquier mujer que pase por el calvario del maltrato le diría que no aguante ni un día más en esa situación. Que denuncie enseguida”.

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