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El "pantallazo" de Rajoy

Una democracia sana es aquella en la que los periodistas tienen la oportunidad de plantear al poder las cuestiones más incómodas, que son las que contienen las denuncias más certeras

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Los periodistas tienen que seguir el discurso de Rajoy desde la sala de prensa. El presidente no acepta preguntas. Foto: J.J. Guillén / EFE.

Los periodistas tienen que seguir el discurso de Rajoy desde la sala de prensa. El presidente no acepta preguntas. Foto: J.J. Guillén / EFE.

El discurso ofrecido por Mariano Rajoy el sábado 2 de febrero, que los periodistas tuvieron que seguir a través de un monitor de televisión, sin posibilidad de preguntar, ha generado reflexiones y sugerencias en el buzón de la Defensora de la comunidad de eldiario.es.

“Habría sido un ejemplo y un favor a todos los ciudadanos que los periodistas que cubren política nacional hubieran emitido un comunicado exponiendo las razones por las que este tipo de comparecencias tienen una base profundamente antidemocrática, más aún en momentos como este, en el que el caso Bárcenas afecta al propio Rajoy. Creo que somos muchas las personas que esperábamos algo más de la prensa”, escribe Marco Bellido.

“La fotografía de los periodistas sentado frente al televisor tomando nota de las declaraciones de Rajoy refleja muy bien la situación de este país. ¿Qué tiene que ocurrir para que los periodistas se movilicen y entiendan, como ya lo ha hecho el sector educativo o sanitario, que en sus manos está denunciar la situación de la prensa y su relación con el poder?”, se pregunta Marina Fernández Grandes.

El formato de rueda de prensa sin preguntas no es nuevo. Dirigentes de diversos partidos políticos recurren a él, sobre todo cuando ocupan puestos de responsabilidad, para evitar cuestiones incómodas. Que Mariano Rajoy optara por dar una ‘comparecencia’ y convocara a los periodistas en torno a un televisor es consecuencia de una dinámica existente desde hace tiempo. Sin embargo, resulta de una gravedad aún mayor, teniendo en cuenta el contexto político en el que sucede, con informaciones que apuntan a posibles cobros de sobresueldos por parte de importantes integrantes del Partido Popular, incluido el propio presidente del gobierno.

La imposición de determinados términos por parte del marketing político no es baladí. Lo preocupante es que haya sectores periodísticos que los acepten como válidos, o que consideren que no les corresponde a ellos denunciarlos.

En los últimos años han surgido iniciativas que denuncian el formato de ruedas de prensa sin preguntas, y en más de una ocasión los periodistas han usado las redes sociales para criticar que se prohíba a los informadores formular preguntas. Asociaciones profesionales han denunciado estas prácticas y algunos medios han optado por dejar claro en sus informaciones cuándo las comparecencias son "sin preguntas".

Aún así, crece el formato ‘sin preguntas’, lo que demuestra que estas protestas no son suficientes.

La prohibición de la participación de los periodistas en las ruedas de prensa es una imposición antidemocrática. Acatarla sin rechistar supone legitimar los silencios políticos y el servicio al poder.

Para oponerse a ella existen un sinfín de fórmulas:

Se pueden impulsar manifiestos conjuntos de los periodistas que cubren ruedas de prensa políticas y protestas durante algunas de esas comparecencias-monólogos, se debe mostrar una voluntad clara de denunciar estas prácticas a la hora de informar, se puede optar por no enviar a ningún periodistas a presenciar los soliloquios de los políticos, evidenciando el carácer anomalo de semejantes formatos, como hizo eldiario.es ante la intervención sin preguntas de Rajoy.

La responsabilidad está en el tejado de la prensa, pero también depende de los ciudadanos en general, que, con su presión, pueden reforzar una demanda social que justifique y facilite la protesta a los periodistas.

La fina madeja que vincula los medios de comunicación con el poder dificulta demasiado a menudo el desarrollo de una información libre de servidumbres. En lo relativo al periodismo político, los obstáculos son numerosos. La explicación que ofrecía el reportero John Lee Anderson en una entrevista reciente es de gran interés:

"Yo lo llamaría el síndrome de la Casa Blanca. Si te destinan como corresponsal en Washington –y me imagino que es lo mismo en La Moncloa- tú tienes que ponerte en la lista de los corresponsales que tienen acceso a la Casa Blanca. Ahí hay todo un protocolo. Luego sale el hombre y tú tomas notas. Luego están las posibilidades que tú tengas de entrevistarte con el hombre, con el presidente, o con los portavoces entre bambalinas. O que seas beneficiado por sus filtraciones. Pero si tú de pronto comienzas a ser crítico no te van a seguir filtrando noticias, no vas a entrar en los círculos del poder, a las copas después de la conferencia de prensa. En general hay un síndrome que se crea alrededor de todos los centros de poder y es que los hombres y mujeres que lo cubren tienden a atomizarse y a convertirse en cortesanos del poder. Es algo muy normal. Y por eso nosotros, el público, los ciudadanos, no estamos bien servidos por los periodistas que están destacados en los principales centros del poder. Y es cierto que han dejado de hacer las preguntas difíciles.”

Hay un tipo de prensa que concibe el periodismo como un deber al poder y no a la gente, como una cuestión de Estado que implica sacrificar ciertas verdades a cambio de miserables cuotas de poder. Hay informadores que se arriman siempre al poder -lleve éste la chaqueta que lleve- para garantizar sus intereses económicos, su asiento en un puesto influyente, su hueco en una tertulia, y un rincón caliente en algún gabinete de prensa si se tercia y apetece.

Hay equipos que llaman informar a rellenar huecos, a entretener y a ganar capacidad de influencia y audiencia. Hay un tipo de periodismo que solo valora lo que conoce y desprecia todo lo que le queda por conocer. Que se cree grande por compartir mesa y servilleta semanal con un ministro o un banquero, que muchas veces llama ‘interés general’ a los intereses de los que más tienen y que actúa en connivencia con el poder político y económico.

Pero también hay periodistas que repreguntan a los políticos aunque les quiten el micrófono, que indagan aunque eso suponga una reprobación, que permanecen en contacto con la calle, que miran la realidad a ras de suelo. Hay gente que se dedica a este oficio con verdadera vocación, que entiende que la información es un servicio público y un compromiso por visibilizar los lados más oscuros de la realidad.

Quienes están dentro, en las dinámicas diarias del periodismo político, tienen que ser conscientes de que disponen de capacidad para denunciar los abusos, para cambiar las cosas, para dar visibilidad a ciertas realidades que solo conocen los que se mueven entre bambalinas.

Una democracia sana es aquella en la que los periodistas tienen la oportunidad de plantear al poder las cuestiones más incómodas, que son las que contienen las denuncias más certeras. Cuando llegue la cordura nos gustará pensar que llevábamos tiempo participando en ella. No hay que apuntarse a las causas justas solo cuando éstas tienen visos de triunfar. De hecho, solo se conquistarán mayores cotas de libertad si todos luchamos por ellas en los momentos de mayor dificultad.


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