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Grecia quiere vaciar el campamento de refugiados más grande de Atenas antes de la época turística

Un gran grupo de refugiados hacía cola este miércoles para recibir alimentos, en el campamento de refugiados en el puerto de El Pireo.

Marta Saiz

Atenas —

De las compuertas del ferry procedente de las islas griegas de Quíos y Lesbos bajan cientos de refugiados. Tras la firma del acuerdo entre la Unión Europea y Turquía, las instituciones han fletado varios barcos con la intención de vaciar las islas. Tan solo en el puerto de El Pireo, en los alrededores de Atenas, malviven cerca de 6.000 migrantes y refugiados en un campamento improvisado. Es uno de los puntos donde están trasladando a los supuestos “afortunados” por haber llegado a Grecia antes de la entrada en vigor del pacto que expulsará a todos los recién llegados. Pero no lo son tanto.

Después de meses malviviendo en este reducido espacio, ahora, las autoridades griegas quieren vaciarlo antes del inicio de la temporada turística. Este jueves comenzaron los traslados de refugiados a diferentes campos del país. 38 familias sirias, aproximadamente 300 personas, fueron enviadas desde el Pireo al alojamiento temporal de Cilene (oeste del Peloponeso). El Ejecutivo heleno también se ha visto empujado por las peleas que tuvieron lugar anoche en la zona, en las que ocho personas resultaron heridas.

En el ferry, Zulema confiesa: “No quiero ir a Atenas. Yo quiero estar en Alemania, con mi prometido”. La joven profesora de inglés viajó sola desde el Kurdistán sirio. Consiguió ahorrar el dinero suficiente para hacer el trayecto hasta Alemania, donde le espera su pareja para contraer matrimonio. “Él tuvo más suerte”.

Zulema sostiene el móvil en una mano y el cigarro en otra. “Me costó ocho meses llegar hasta aquí”. No está dispuesta a esperar más. La joven tiene los 8.000 euros para un pasaporte falso.

Cuando el ferry se aproxima al puerto del Pireo, en la capital helena, Zulema observa a las más de 700 personas repartidas en toda la explanada. El hacinamiento de personas procedentes de las islas griegas provoca que el puerto de la capital transforme las salas de espera y las fábricas abandonadas en refugios improvisados sin calles, ni direcciones, sólo tiendas de campaña.

“¿Es la cola para encontrar a mis hijos?”, pregunta desesperada una mujer congoleña. “Estaban jugando y no sabemos dónde están”. El caos, el desorden y la desinformación se respiran en el puerto. “Aunque la cantidad de personas es inhumana, prefiero vivir cerca de la civilización que en campos a las afueras”, afirma Mohamed.

Como ocurrió hace unas semanas en Idomeni, el Departamento de Políticas de Migración repartirá en los próximos días folletos en varios idiomas en los que se pide a los acampados que permitan su traslado a varios centros de acogida. Según han indicado, el traslado se ha atrasado algo porque los centros en cuestión todavía no están listos para recibir a estas personas.

El objetivo: descongestionar el puerto del Pireo antes del inicio de la temporada turística. Según ha publicado la agencia Efe, es una prioridad para el Gobierno, que ya tiene preparadas, tanto en campos nuevos como antiguos, 4.500 plazas de acogida adicionales de las 30.000 que se ha comprometido a crear.

Entre ellos está un antiguo centro de veraneo abandonado en Cilene, en el oeste del Peloponeso, con capacidad para 1.300 personas y que ha sido rehabilitado para comenzar a ser utilizado desde la noche del jueves, apunta Efe.

El pacto obliga a desalojar todos los campos de las islas griegas y trasladar a las personas a la península. Fue el primer paso para poner en marcha el acuerdo UE-Turquía: poner el contador a cero. De esta manera, no hay confusión entre “detenidos” y “refugiados”.

Un nuevo campo en un colegio ocupado

En el centro de la capital, en el barrio de Eksàrjia, un colegio ocupado hace dos semanas acoge a más de 200 personas de nacionalidad siria. “Bienvenidos al caos”, exclama Ahmed. Con dos fuegos eléctricos y cuatro ollas, el joven prepara un estofado de alubias que huele desde el primer piso, donde los niños se preparan para sus clases diarias, impartidas por profesoras sirias. “La estancia en un campamento no favorece nuestra independencia y dignidad”, afirma el cocinero. “No somos inútiles”.

Ibrahim busca, junto a sus 33 parientes, una vía segura para viajar a España. Provienen del Kurdistán sirio. Ibrahim y su familia huyen de la guerra para sacar del país a los 24 niños que viajan con ellos. “No saben ni leer ni escribir. Necesitan la educación que allí no tenemos”. Son tres familias con sus hijos, dos de las madres están embarazadas y uno de los niños sufre una enfermedad del corazón.

El padre de familia está en el campamento de Eleònas. “Podemos entrar y salir del campo”. En este aspecto, nada cambió con el acuerdo, pues ellos llegaron antes de la firma. No sabe qué ocurrirá a partir de ahora. “Nos espera una larga temporada en Atenas”.

A unos kilómetros de distancia, el antiguo aeropuerto de la capital alberga otro campamento, Elliniko. “El campo tiene muy malas condiciones, dormimos todos en un mismo salón, sin colchón y con mucha suciedad”. Maryam es una joven afgana encerrada en este campamento hace dos meses. Cada día sale a la ciudad en busca de un lugar mejor, pero todo está ocupado. “Es horrible, hay demasiadas personas y las fronteras están cerradas”.

A 40 minutos de la capital, otro más. Un campamento militar acoge a más de 700 afganos, Malakasa. Abdulá, un afgano de 24 años, viaja solo. Dice que ISIS asesinó a toda su familia. Frente a sus ojos. Su madre, su padre, sus hermanas, su mujer. “Me obligaron a presenciar todas las muertes”. La última, su bebé de ocho meses.

“Podemos salir, pero estamos en medio de la nada”

Saida señala todas las partes de su cuerpo, en gran parte quemado. Un suicida hizo explotar una bomba en el colegio donde recogía a sus hijas. “Teníamos que escapar del infierno”. Saida sujeta la mano de su pequeña, de cinco años. “Llevamos aquí más de un mes encerradas”, comenta la madre. “Podemos salir, pero estamos en medio de la nada”.

El suelo de tierra y las lluvias dificultan las tareas de limpieza. Entre los afganos del campamento de Richona se expande el común “resfriado afgano”. “Tememos que vamos a permanecer mucho tiempo aquí”, confiesa Raijana. “Si antes del pacto entre Turquía y la Unión Europea ya era difícil la resolución de la petición de asilo, a partir de ahora será casi imposible”. La joven baja la cabeza y solloza entre lágrimas: “No quiero volver a Turquía”.

Cerca de 50.000 refugiados están repartidos por diferentes puntos de Grecia, según ACNUR. El pacto ha dividido a todos los solicitantes de asilo que llegan a Grecia en dos, con diferentes derechos. Las personas que llegaron antes del 20 de marzo pueden moverse libremente por el país heleno y acogerse a las condiciones vigentes antes del pacto. Las que desembarcaron después de la entrada en vigor del tratado son detenidas en los centros de registro y serán, en su mayoría expulsadas a Turquía.

Pero los refugiados que llegaron antes, los “privilegiados”, siguen hacinados en el país, especialmente en Idomeni (ciudad fronteriza con Macedonia donde están acampados cerca de 11.000 personas) y en Atenas donde esperan más de 4.000 refugiados.

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