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El voto triste

Sarah Babiker nos cuenta cómo vivió ella el 15M desde Buenos Aires, cómo entendió esa primavera, esa revolución, que espera que vuelva a estar presente este otoño

"El despertar del 15M fue descubrir que había dignidad en la gente que te cruzabas por las calles y darte cuenta de que las cosas ya no tenían por qué ser como eran. De eso fue aquella primavera. De despertarse para poder soñar"

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Una placa elaborada para el 15M.

Una placa elaborada para el 15M.

Ya hemos estado aquí, hace cuatro años. Ya hemos vivido el mismo ciclo. En primavera conquistamos lo que creímos imposible. Llega el otoño y perdemos la guerra.

De todas las cosas que se dijeron, que se cantaron, que se escribieron en el 15M había una frase particularmente hermosa. Dormíamos, despertamos. Se repitió mucho, lo repetimos, quizás sin pararnos a pensar a qué exactamente despertamos. ¿A caso no sabíamos que vivíamos una democracia anémica?, ¿que no había un plan para la mayoría de nosotras?, ¿andábamos todos alienados bajo el embrujo crediticio?,  ¿ignorábamos que la vida cada vez era más difícil para casi todas, y más chipiriflaútica para unos pocos? Todo eso lo sabíamos. El despertar fue otra cosa. Despertar fue dejar de mirar fatalistas los periódicos, desconcertadas los telediarios, y empezar a mirarse a los ojos, socializar la incertidumbre, escuchar las vidas de los otros, y darse cuenta de que no estábamos solos. El despertar del 15M como lo recordamos muchas y muchos fue a que las cosas no tenían por qué ser así. Que había dignidad en la gente que te cruzabas por las calles, con la que viajabas en el metro, con la que coincidías en el aula o en las reuniones familiares. Y que las cosas ya no tenían por qué ser así. De eso fue aquella primavera. De despertarse para poder soñar.

Qué orgullo, qué sensación de pertenencia, cuando unos cuantos nos juntamos para sentir que para nosotros no había miles de kilómetros, estábamos ahí mismo, en el despertar colectivo de todos

Para mí, era otoño, acá en Buenos Aires. Qué sensación de emigrante,  qué desgarro emocional rebañar todas aquellos momentos a través de youtube, atiborrarse de testimonios de mi gente del otro lado del Atlántico. Pero también qué orgullo, qué sensación de pertenencia, cuando unos cuantos nos juntamos para sentir que para nosotros no había miles de kilómetros, estábamos ahí mismo, en el despertar colectivo de todos. Qué fue el 15M, nos preguntamos y repreguntamos, para mí fue un profundo sentimiento, una patria común, una redefinición de los posibles.  Qué fue el 15M, una primavera interior que nos llevaría a un verano nunca visto. Pero después llegó el otoño, las elecciones generales. Y votamos votos tristes que no contenían nada de todo aquel esplendor quincemayista.  Nos cayó encima la mayoría absoluta del PP, y con ella la sospecha de que no estábamos a la altura de nuestra propia revolución.  Si antes estábamos indignados, la era Rajoy llegó ametrallando indignidades. El fatalismo fue puesto a prueba, las cosas no podían ser así, porque si así debían de ser, ni vivir podríamos. Vinieron las mareas, la defensa de lo que quedaba, los sueños fueron apartados para poder centrarse en conjurar la pesadilla.  Y hubo victorias. Pero cuando solo podemos defendernos, en realidad ellos ganan.

El mayo pasado muchos ayuntamientos florecieron. De nuevo la reunión con otros, la emoción retransmitida por youtube, el sentirse parte de esas plazas tan lejanas.  Los indignados se hacen con las alcaldías, anunciaban los diarios internacionales. Quizás la clave fue que no hubo mucho tiempo. Que embarcados en la primavera emocional no hubo lugar al desencanto, a la sobreinstitucionalización, al quiebre que coloca a algunos delante y otros atrás mientras muchos se desperdigan por los lados. Yo sé de qué estoy hablando. Vosotros también. Esto que acaba pasando entre la primavera y el otoño y que nos encuentra de nuevo acá constatando, que no estábamos a la altura de nuestra revolución.  O que no habrá revolución si no vibramos, si no lloramos en las plazas, si no nos miramos a los ojos, si no bailamos al ritmo de nuestra propia música. No hay líderes, ni expertos, ni siglas, ni carismas, ni organigramas, ni vanguardias, ni intelectuales, que puedan redefinir lo posible por nosotros.

¿Cómo se convoca a la primavera? No lo sé. Necesitamos que vuelva en pleno invierno. No basta con estar despiertos. No basta con conocer el frío que se viene. No basta con idear estrategias para frenar la pesadilla. De nada sirve despertarse si no es para soñar.  Ya sé que se intentó, que el clima, la emoción, no acompañan. Que es complicado. Ya sé que una vez más me tocará pelear para conseguir votar desde acá un maldito voto triste, pero yo, por si sirve, os mando un poco de esta primavera sur.

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