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La montaña (leonesa) más herida de muerte

Tras la muerte de seis mineros en las minas de León y la tragedia, el silencio, el silencio tenso y el dolor profundo, y la rabia contenida ante tanta incuria y ante tanto expolio como el que han vivido nuestras montañas y sus gentes.

Dudo de que los ministros de Madrid, ni los consejeros de Valladolid, ni siquiera los diputados por la provincia, entiendan la hondura de lo que significa todo esto en la historia reciente de León, ni mucho menos sientan las heridas y el dolor que han acumulado sus habitantes.

“La Vasco”,  que había alcanzado las máximas cotas en la innovación de la explotación minera, se topa, en plena crisis del sector y de insensibilidad administrativa, con la realidad ingrata y traicionera del grisú y de la muerte.

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Fotografía facilitada por el Archivo Histórico Minero del Pozo Emilio del Valle de Llombera de Gordón (León), donde murieron 6 mineros.

La montaña leonesa y asturiana está plagada de nombres hermosos y de lugares preñados de memoria. El último que toda España ha conocido es el de Llombera de Gordón, recordándonos este expresivo topónimo otras variantes muy comunes en estos valles: lomba, yombo, llomba, lombillo…,  que dan nombre a lomos y laderas más o menos convexas y redondeadas.

En sus entrañas paleozoícas yacen, desde hace millones de años, los depósitos de carbón de hulla. Aquí, Santa Bárbara bendita, patrona de los mineros, no logró detener la explosión mortífera de grisú que asfixió a seis  jóvenes mineros y dejó malheridos a otros cinco en el pozo Tabliza o Emilio del Valle. Ellos amaban a estas montañas y estaban  comprometidos con su futuro. Sus ilusiones han quedado truncadas a más de 500 metros de profundidad.

Tras la muerte y la tragedia, el silencio, el silencio tenso y el dolor profundo, y la rabia contenida ante tanta incuria y ante tanto expolio como el que han vivido nuestras montañas y sus gentes. Eso sí, ahora  calificadas de “reservas de la naturaleza o de la biosfera” y de parque naturales y nacionales que llenan de orgullo al político de turno y de “aire limpio, cultura y naturaleza” al visitante urbano. También de hospitalidad y de buena gastronomía.

Los habitantes del lugar ya conocen bien lo que es luchar contra las fuertes pendientes, la nieve y la soledad o entrar en esos pozos y galerías profundas en busca del carbón. Ellos han construido unos paisajes cargados de esfuerzos anónimos y de experiencias vitales en la conquista del pan. De eso poco saben en los despachos de Madrid y de Valladolid. Allí si conocen las artimañas sigilosas de la especulación financiera o las formas secretas de apropiación de subvenciones o del despilfarro de fondos estructurales. También del manejo escandaloso de los fondos Miner que han llenado los bolsillos de algunos desaprensivos -otra vez las élites extractivas-, mientras la montaña se desangraba por los cuatro costados, de gentes, de recursos, de memoria, de vida, y de fuerzas para la defensa de sus propios lugares y de sus bienes.

Algunos hechos son bien conocidos, y no conviene olvidarlos. Ahí está la historia reciente de Endesa y la privatización de las grandes industrias de la energía. Ahí está la almoneda de los recursos mineros, con los resultados que desgraciadamente conocemos. Ahí está el sinsentido de las minas a cielo abierto, con su debacle ecológica. Y en los últimos tiempos, ahí está la perforación de los estratos calcáreos para el paso del AVE y la modernización definitiva del país y de nuestras montañas, con los correspondientes desastres en las formas naturales de circulación de nuestras aguas subterráneas y acuíferos.

Y ahora, encima, nos toca de nuevo la tragedia del grisú. Todos pensábamos que la tecnología y la innovación eran capaces de controlarlo todo, desde las aguas subterráneas hasta los escapes más imprevisibles de grisú con su concentración de metano. Otra gran frustración tecnológica y una venganza de la naturaleza ante la codicia y los recortes en seguridad.

Y la tragedia golpea a unos trabajadores valientes y a unas familias sencillas vinculadas a una empresa más que centenaria, de resonancias épicas en la transformación minera e industrial de nuestros valles, allá en las montañas de la Tierra de Gordón y del río Bernesga o allá en el valle de Fenar y del río Torio; asimismo, de resonancias entrañables en la construcción de ese tren minero de vía estrecha de la Robla a Bilbao, más tarde de León a Bilbao, “El Hullero”,  el Transcantábrico, hoy  reconvertido en símbolo del viajero exquisito. Esa empresa histórica, la Hullera Vasco Leonesa, “La Vasco” popularmente, que había alcanzado las máximas cotas en la innovación de la explotación minera, se topa, en plena crisis del sector y de insensibilidad administrativa, con la realidad ingrata y traicionera del grisú y de la muerte.

Dudo que los ministros de Madrid, ni los consejeros de Valladolid, ni siquiera los diputados por la provincia,  entiendan la hondura de lo que significa todo esto en la historia reciente de León, ni mucho menos sientan las heridas y el dolor que han acumulado sus habitantes, en especial los mineros y sus familias, los pastores y trashumantes, los campesinos, los artesanos, los antiguos arrieros, los transportistas actuales, los emigrantes o los inmigrantes en ese vaivén multicultural, o aquellos maestros que enseñaban con pasión y sentido solidario el espíritu de la Ilustración, de la ILE y del trabajo bien hecho. Aunque nos digan que están “consternados” por la tragedia, nuestros gestores y representantes  poco o nada han aprendido y heredado de aquellos héroes anónimos. La montaña y la dignidad de sus habitantes nos merecen el máximo respeto y reconocimiento.

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