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Cadenas

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Ellos siguen ganando. Son muchos, son obedientes y van a una. Los demás…estamos sometidos. Luchamos por escapar de esa red pegajosa que supone la corrupción y la falta de un mínimo de ética, pero estamos atrapados hasta el cuello. Por mucho que porfiemos por avanzar, por sacar la cabeza para respirar algo que no sea absolutamente nauseabundo, seguimos encadenados a la sucia galera, sumergidos en una ciénaga diseñada y construida con guante blanco, atascados en una espiral de lodo que parece no tener horizonte.

No importa que cada día haya un nuevo escándalo que supere al anterior, a cual más sórdido, a cual más sonrojante y mezquino; la realidad electoral, la realidad política, la realidad cotidiana, es tozuda y aunque existen atisbos de cambio más o menos importantes, que prometen corrientes purificadoras, lo cierto es que la prevaricación, el cohecho, la falsificación de documento público, la apropiación indebida, la malversación de fondos, el amiguismo más o menos disimulado, el desvío y blanqueo de capitales o la financiación ilegal, por poner solo algunos ejemplos, siguen sin pasar la factura que indudablemente merecerían.

No hay reproche social. Es más, el pueblo refrenda dichos comportamientos en cada cita electoral, legitimándolos. ¿Dónde queda esa continua llamada a la regeneración democrática? La lista de escándalos, de delitos, y de falsas disculpas y propósitos de enmienda, se eleva hacia el infinito, y sumando. Y es que cada informativo parece una liturgia capitalizada por el código penal, la hipocresía y la desvergüenza. Y nos hemos acostumbrado. Desde hace mucho.

¿Cómo explicar el fenómeno? ¿Es la naturaleza propia del ser humano? ¿Es una   cuestión de falta de cultura y experiencia democrática? ¿Acaso es sectarismo? ¿Nos falta poner en valor cierta ética política? ¿Son garbanzos negros, manzanas podridas, cestos insanos, peras y melocotones que si suman entre sí dan lugar a manzanas que no son peras, o que sí lo son según…? Perdón, que me he liado. Voy a tomarme un “relaxing cup”. Sigamos, ¿o simplemente es una derivada de las dos Españas, donde no importa lo que hagan “los míos” mientras no ganen “los otros”?

Es difícil acertar con una causa definitiva. Hay estudios que señalan que los pueblos con menor formación política son más permisivos con la corrupción. Eso, supongo, explicaría el continuo y desmedido impulso de determinados contenidos televisivos y el desprecio hacia la cultura, la Educación y hacia los docentes por parte de “los de siempre”. Tal vez haya buena parte de verdad en cada una de estas hipótesis. Pero creo que le falta algo más, un ingrediente adicional, porque siempre tratamos de realizar una culpabilización genérica y abstracta que nos absuelva a todos por el balsámico efecto   de la disolución. Es fácil, es rápido…y efectivo.

Vivimos en un país curioso: llenos de españoles y muy españoles, oiga. Hemos asistido a unas elecciones generales que han puesto el punto final a una legislatura muy marcada por los recortes, la crisis económica…y la corrupción. La corrupción, la política, no la de la carne, ha afectado a distintos partidos y territorios. Es una de las mayores preocupaciones de los ciudadanos según el CIS, es una sangría económica incuantificable de las arcas públicas, y es la protagonista indiscutible de la actualidad política un día sí y otro también.

Incluso hemos asistido, algunos atónitos, otros indiferentes, al triste espectáculo de ver imputados y sospechosos por corrupción engrosando y hasta encabezando listas electorales. Y no pasa nada. Ya no hay imputados, sino investigados, que suena menos culpabilizador. Como mucho, observamos a políticos arrojando las miserias del contrincante a su cara para tapar las propias.   Lo más enérgico que sucede son algunas tertulias televisivas. Gracias, Marhuenda. Gracias, Inda. Nada nuevo en el frente. Es “lo normal” y es el nivel que hay. Somos así.

Es la cobardía más absoluta del “mantenido por la corrupción” lo que nos condena a todos

Al final, cuando ya hemos asumido que esto es así porque siempre ha sido así, acudimos a los tópicos anteriores para calmar conciencias y agitar debates y disputas en Twitter, ese nuevo foro de la política que sirve para la propaganda de unos y el desahogo de otros. Seguimos con las disculpas. Todos son corruptos en mayor o menor medida. El poder corrompe. La corrupción es cosa de un individuo, no de la organización. Pongo la mano en el fuego. La gran mayoría de representantes políticos son honrados. A quien más daño hace la corrupción es a mi partido, oiga. Luis, sé fuerte. Eso no me consta. ¿Y aquí cuándo se habla de los ERE?

Silencio. Un silencio cómplice invade de manera inmediata cada sentencia, cada ‘tuit’ y cada “Me gusta” en Facebook. Tolerancia cero. Hasta aquí hemos llegado. Transparencia. Regeneración. Que hable la Justicia. ¿Es ético? Es legal.

Decía antes que vivimos en un país curioso. Todos somos capaces de polemizar sobre las cabalgatas de presuntos Reyes Magos, o sobre unos titiriteros (bienvenidos al siglo XXI), pero no abrimos la boca para opinar sobre cómo solucionaremos el problema real del sistema público de pensiones, por ejemplo. Lo primero es más fácil, y ahí nos apuntamos todos el tanto por la escuadra. No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena.

El silencio sigue avanzando, plomizo y espeso. Unos y otros callan… y otorgan. Es el refrán con mayor verdad de todos. Miles y miles de militantes, simpatizantes, cargos públicos, subsidiados, personal de confianza, familiares de todos ellos, abducidos, adoctrinados, mansos de espíritu, fans incondicionales y amiguetes, se dan golpes en el pecho cuando corresponde, que suele coincidir con cuando se les dice que lo hagan, y se abalanzan sobre la presa cuando huelen sangre.

Hay días en los que los golpes en el pecho retumban. A veces ni eso, reconozcámoslo. Les da pereza, aunque siempre hay animadores del cotarro, ejemplos a seguir y gente comprometida con la causa hasta la médula. No obstante, el comportamiento carroñero suele ser el más habitual. Es más eficiente y rentable. Poco esfuerzo y bocado seguro. Ñam, ñam. Estómago lleno, estómago agradecido. Puede que en la próxima me den un cargo. Y no, no exigen responsabilidades a los responsables porque son de “los suyos”, y de ellos depende un futuro sillón, con su correspondiente sueldo público, o mejor aún: la adjudicación de una obra. ¿Quiere saber cuál es su problema? Se llama 3%. La democracia interna y la crítica de puertas adentro es tan falso como los programas electorales. Te puede costar tu futuro en esta organización, chaval. Tendrías que trabajar.

Es la cobardía más absoluta del “mantenido por la corrupción” lo que nos condena a todos; y consiste en teatralizar una presunta moral pública (en mi pueblo lo llaman vergüenza) de la que se carece, mientras se acecha una oportunidad ventajista para picotear los restos de la presa que ha caído, o ha sido abatida, que es lo más probable, y para eso están los amigos que dirigen medios de comunicación. Estoy para eso, ¡al servicio del partido, de usted y la patria! Y son millones. Son los que “cambian de chaqueta, corbata, gabardina o chándal, pero nunca de gallumbos” (lo tomo prestado de una canción que contiene grandes verdades).

¿Se han parado a pensar cuántas personas conforman esas gigantescas redes clientelares? Pues solo tienen que sumar lo que les dije antes. Son un ejército de millones. Son muchos y su cobardía está ganando la partida. ¿Saben qué tienen en común? Todos votan. ¡Vivan las caenas!

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