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REGIÓN DE MURCIA

Políticos retráctiles

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Once fallecidos y 39 heridos, balance del accidente de autobús en Venta Olivo

El autocar siniestrado en la Venta del Olivo, Cieza / EFE

Cuando he escuchado al delegado del Gobierno en la Región de Murcia anunciar la imputación del desdichado conductor del autocar de la tragedia de Cieza-Bullas, me he dado cuenta de que este artículo no podía esperar más.

La facilidad con que los políticos en general, de unos y otros partidos, se esconden o sacan pecho según el caso, es tan notoria como indicativa de su falta de cultura democrática. Y de la nuestra, por pasárselo por alto y no afeárselo.

¿Qué puede y debe hacer el delegado del Gobierno en un lugar como Bullas? Consolar, atender a las personas, ponerse a disposición de los que sufren, y encargarse de asumir en primera instancia la coordinación de todos los medios a su alcance para hacerse cargo de la situación.

¿A quién corresponde imputar o no a un ciudadano? Corresponderá al poder judicial -jueces, concretamente-, en cada caso a su escala. Estoy seguro de que el titular de la delegación del Gobierno en Murcia no lo ignora, porque se halla él mismo imputado por el Tribunal Superior de Justicia por su gestión en el gobierno regional. Si imputar o desimputar fuera cosa suya, no dudo que tiempo le habría faltado para desimputarse a sí mismo, o, en un raro caso de buenas prácticas, delegar en alguna otra autoridad esa decisión.

 

¿Alguien se imagina en Birmingham al Ministro del Interior –el Home Department Secretary of State- encabezando la apropiación mediática del éxito de detener, pongamos, a un violador en serie, visualizando que es él el jefe de Scotland Yard?

 Este señor no es más que uno más –así son casi todos- de los políticos retráctiles: cada hecho con dimensión mediática sirve para ocupar la escena apareciendo con la mejor imagen. Si no, a esconderse. Dos ejemplos recientes, extraídos de políticos del PP, pero que valdrían para el resto:

Pederasta que aterroriza a un barrio entero de Madrid. Brillante servicio de la policía. Una comunidad que se alivia al ver a un detenido con indicios razonables de culpabilidad: respiremos aliviados. Al frente de la rueda de prensa, que explica los detalles de la operación, el mismísimo Ministro del Interior, como si hubiera sido él quien ha inspirado las actuaciones de los funcionarios de la policía, que habrán estado exprimiendo sus neuronas durante semanas tratando, y al final consiguiendo, encontrar la aguja en el pajar. Nunca aparece el Sr. Ministro dando la cara por los centenares de crímenes graves que la policía no consigue resolver. Ahí se le ve el plumero, ¿no?

Caso contrario. De desaparición. He aquí al Ébola. Aparecen los ministros cuando se repatría al misionero en avión medicalizado desde África Occidental. Desaparece la Ministra de Sanidad en los peores momentos de la crisis del contagio hospitalario, y solo comienza a asomar la patita cuando la cosa –la recuperación de la empleada pública cuya vida ha estado en grave e incierto peligro- pinta bien. Durante el grueso de la crisis han sido los funcionarios, científicos y medicos, los que han hablado, siempre acertadamente, explicando lo que podía contarse acerca de su labor y del estado de la paciente.

¿Alguien se imagina en Birmingham al Ministro del Interior –el Home Department Secretary of State- encabezando la apropiación mediática del éxito de detener, pongamos, a un violador en serie, visualizando que es él el jefe de Scotland Yard? Contrariamente a lo que pasa en los juicios de película, en esta ocasión sí hay más preguntas: ¿Es pura emulación ignorante lo que hacen aquí? ¿Es mala fe? ¿Cuánto tiempo van a seguir pensando que nos convencen?

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