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Boleras

Sólo puedo pedir que se conserven las boleras desde una íntima e irracional percepción de la materia y el sonido.

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Partida de bolos (1655). | Jan Steen

Partida de bolos (1655). | Jan Steen

Como soy de los que piensan que la identidad sólo es una relación de algo consigo mismo y no sirve de artilugio argumental, no puedo usarla para lamentar la desaparición de boleras.

El recurso a la tradición me resulta igual de inútil; creo que sólo es una mezcla arbitraria de repetición, herencia, acatamiento y entusiasmo más o menos sincero. Son tradicionales en Cantabria o están a punto de serlo, por ejemplo, el fútbol (cuyas épica y retórica detesto), las ferias de abril (¿nostalgia de los tiempos de jandalismo?), el golf (un abuso del territorio a la espera de un héroe nuevo) y la tauromaquia (cuya innegable condición de arte y cultura [ambas pueden ser tortura] me ayuda a aborrecerla).

Así que sólo puedo pedir que se conserven las boleras desde una íntima e irracional percepción de la materia y el sonido. Ofrezco, pues, este artículo como pasto de antropólogos y recreo de melancólicos. El choque de madera contra madera es más emotivo percibido a distancia y entre laderas o bloques de barriada, a pesar del peligro de la rima involuntaria y la interferencia de cláxones y campanos. Como excepción, alguna vez lo he escuchado flotar sobre las olas generado por un corro costero. Los expertos saben desde lejos si la tirada ha sido buena, y entienden enseguida el rumor de bola en suelo que anuncia el fracaso.

De chaval, oí contar leyendas de absoluta precisión. Algunos habían visto acertarle a una moneda colocada sobre un emboque sin tirarlo. Y no faltaba quien podía, decían, darle un efecto inverso al birle para tirar todos los bolos en orden, fila a fila, como en ese test de puntos que sirve para saber si uno es capaz de salirse del marco.

Recuerdo un mesón lleno de fotos de un zurdo mítico no lejos de una bolera que hace un par de décadas empezaba a ser devorada por la maleza como un templo en la selva. Me han asegurado que no queda ni rastro. No he preguntado por las fotos. Ese recuerdo se mezcla con el de una losa de pasabolo en la que un día vi jugar, luego anegada de barro entre (inevitables) cipreses. También puedo invocar, para una antología de lugares inhóspitos, una bolera en la trastienda de un bar que había sido gallera clandestina y todavía era ring ilegal de boxeo, y conservaba, no sé si sólo para la imaginación, olor a sangre y sudor y jaulas oxidadas con restos de plumas.

Todo eso, por supuesto, es literatura y no va a resolver gran cosa; no va a influir en los espacios urbanos ni en los  rurales ni en eso que llaman paisaje sonoro. En todos los entornos hay elementos armónicos y un buen montón de ruido. La mayoría de los ritmos postindustriales son tan hipnóticos como improductivos y absorbentes. No proceden de la artesanía; muchas veces, ni siquiera de una industria corpórea. No pueden asimilar el violento encuentro acústico del abedul con la encina ni plagiándolo en cajas electrónicas manufacturadas en sótanos orientales y coloreadas con tintes tóxicos. En San Martín de Bajamar liquidaron una bolera para poner una meseta de planos angulosos. En Argoños han hecho lo mismo para instalar un minigolf. Cemento, plástico, bolitas blancas; sospecho además algo parecido a sonajeros delirantes como eco alternativo. Así triunfa la unión sagrada entre el ocio a la moda y la ley de la oferta y la demanda.

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