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Chorizos y literatura

Hay muchos libros escritos en o sobre las prisiones. Pero en ellos una de las dos clases de personas que las cárceles albergan está mucho menos representada que la otra.

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El escritor ruso Sergei Dovlatov.

El escritor ruso Serguéi Dovlátov.

Todos conocemos más nombres de presos que de guardianes, ¿verdad? Cervantes, Mandela, Al Capone, Mario Conde, Pantoja… Es comprensible: hay muchísimos más presos que guardias, y además los primeros con frecuencia llegan a serlo por hechos notables y variados, mientras que los segundos adquieren su categoría por una razón tan respetable como vulgar: ganarse la vida.

Pero a veces los guardianes son noticia, como el pasado martes: «Funcionarios de prisiones reparten chorizos en Santander para denunciar el “déficit” de personal».

Esta lectura hizo que me acordara de Serguéi Dovlátov, que fue guardián en campos correccionales soviéticos y escribió un libro sobre ello, La zona. La experiencia le dio cierta autoridad para contradecir a su paisano Aleksandr Solzhenitsyn, que decía que estar preso en el Gulag era el infierno: según Dovlátov, el infierno está dentro de nosotros; ser guardián o prisionero es accidental.

Dovlátov emigró a Nueva York, donde el clima es más templado y el vodka más caro que en Rusia, factores ambos que elevan notablemente la esperanza de vida de la gente. A pesar de lo cual no cumplió los 50, seguramente por llevar ya acumulado frío y vodka bastante para pagar su peaje al otro barrio.

En Nueva York vive otro funcionario de prisiones famoso, Ted Conover. Como Dovlátov, Conover no es famoso por haber sido funcionario de prisiones (igual que los presos famosos no lo son por presos, sino por lo que hicieron para ganarse la plaza); es famoso por escribir. Por escribir muy bien, quiero decir. Trabaja un género típicamente gringo, la narrative nonfiction, que por aquí no se aprecia tanto como allí. Su primer libro trataba sobre los hobos, vagabundos que viajan y viven en vagones de mercancías por todo Estados Unidos: durante meses se convirtió en uno de ellos para preparar su tesis en Antropología. (Justo a tiempo, porque al parecer los hobos se han extinguido).

Conover quiso escribir sobre la vida en las prisiones, en particular sobre sus funcionarios, cuando fue a vivir a Nueva York y se enteró de que cada vez más gente iba a la cárcel. A propuesta suya, The New Yorker, la revista que publicó por primera vez los relatos de Dovlátov, le encargó un artículo. Pero a las autoridades penitenciarias no les impresionaba The New Yorker y no le dejaban más que hacer una visita a la cárcel: algo muy insuficiente para la investigación que él quería realizar.

Los delincuentes lo tienen muy fácil, claro, pero ¿qué puede hacer un periodista honrado para pasar una temporada en la cárcel?

Pues hay varias cosas que puede hacer. Por ejemplo, puede matar a alguien y conseguir una sentencia. Ahora bien, no a todo el mundo le gusta matar a la gente, y además la sentencia puede ser capital, y muerto no se puede escribir un artículo, mucho menos un libro.

Otra cosa que puede hacer es robar un banco. Muchos lo han hecho y han ido a la cárcel, sin peligro de sentencia de muerte. Pero también puede salir mal: bastantes personas han saqueado bancos o cajas de ahorros y ahora en vez de ladrones condenados son millonarios libres. Conover debió imaginarse esa posibilidad de fracaso; debió imaginarse amargado el resto de su vida, acompañando los maganos de guadañeta con whisky de malta, para consolarse.

Así que hizo otra cosa: buscó trabajo como guardia de prisiones. Lo admitieron y le asignaron Sing Sing, lo que le venía muy bien porque estaba cerca de su casa, a donde regresaba cada día; le pagaba una hora más a su canguro para tener tiempo de pasar a limpio las notas que había tomado en el trabajo. Notas que tomaba sin llamar la atención, porque la dirección de la cárcel animaba a los funcionarios a llevar una libreta y apuntar las cosas que debían recordar.

Como resultado publicó un libro de 350 páginas: Newjack: Guarding Sing Sing (2000). A los reclusos se les prohibió leerlo durante mucho tiempo, y ahora les dejan pero después de arrancar unas cuantas páginas. Por una razón: poco después de su publicación, una guardiana de esa prisión se enamoró de un violador preso y le ayudó a preparar una fuga. La fuga fue abortada, pero se descubrió que el violador, jefe de la operación, obligaba a todos los implicados a leer el libro de Conover.

Así que millones de estadounidenses se apresuraron a leerlo por si acaso iban a la cárcel, y ahora Conover puede comer maganos de guadañeta con vino blanco, como cualquier millonario decente y bien informado. Aunque algunos tengamos dudas sobre la calidad de su deontología, porque un periodista honrado no oculta su profesión cuando investiga (hombre, Ted, ¿no podrías por lo menos haber hecho un butrón en un estanco, olvidando dentro el carnet de conducir? Nadie se ha hecho millonario por eso).

La traducción española del libro (Novato. Guardia en Sing Sing) no ha tenido el mismo éxito. Por un lado porque, como hemos señalado, la narrative nonfiction no tiene tanto tirón a este lado del Atlántico. Pero también seguramente porque los españoles tenemos muchas menos probabilidades de acabar en Sing Sing que en El Dueso, donde los funcionarios manifestantes del martes pasado señalan que faltan 40 puestos por cubrir.

Y lo hacen repartiendo chorizos, modo simpático y muy inteligente de decir que sobran ladrones: una idea próxima a la de que faltan funcionarios de prisiones. Esta gente sabe expresarse, pues. Vistos los antecedentes rusos y yanquis, podemos pensar que hay cierta relación entre trabajar de funcionario en prisiones y la buena literatura. Como a los de aquí les dé por escribir, no me sorprendería mucho que alguno de los próximos éxitos editoriales saliera de la cárcel.

Si yo fuera el secretario general al que invocan, procuraría atender sus demandas hasta donde sean razonables, por el mejor funcionamiento del servicio. Pero también por si acaso el éxito editorial previsible comenzara con las mismas palabras que el de Dovlátov: «Todos los nombres, sucesos y datos son auténticos. […] Así que cualquier parecido entre los personajes de este libro y personas reales es malintencionado».

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