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Clichés de Navidad

Las comilonas eran antes el paisaje más recurrido de estas fiestas, el centro de la celebración. Pero el mundo ha cambiado y las Navidades son cada vez menos navideñas.

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Santander da la bienvenida a la Navidad con el encendido de las luces, la pista de hielo y el mercadillo

Santander dio la bienvenida a la Navidad con el encendido de las luces.

Nos ha tocado una Navidad bastante soleada y azul en Cantabria, lo cuál, desde luego, no es motivo de mis quejas, pero sí que contribuye a romper esos clichés que tienden a perpetuarse por los siglos de los siglos. Hace algunos años tuve la oportunidad de pasar una Nochevieja en Canarias y con el árbol de navidad brillando a la entrada de la playa era evocación más que suficiente y agradable antes de entrar en el agua y disfrutar de la entrada de año nadando.

Así que seguramente no echo de menos la blanca Navidad heladora que, en el Santander de mi infancia era, sobre todo, muy lluviosa. Pero eso sí, la Nochebuena la pasaba en Bilbao, donde la cena era obligada en la casa de mis abuelos maternos. Para llegar hasta allí, circunstancias climatológicas al margen, era inconcebible hacer el viaje por carretera de un solo tirón, de modo que siempre parábamos en Castro Urdiales y mi padre se tomaba un café en el Texas antes de iniciar el asalto final a las curvas de Saltacaballos y a los atascos de Músquiz y Ortuella.

Una vez en Bilbao, a los niños se nos permitía sentarnos a la mesa para cenar, pero eso era una excepción, porque normalmente no cenábamos con los mayores. De modo que, siendo la de Nochebuena una de las pocas cenas a la que los críos accedíamos, nos pensábamos que las demás noches seguramente serían de las mismas dimensiones pantagruélicas.

A mis ojos infantiles, la cena de Navidad era como un banquete romano en el palacio del César

Porque a mis ojos infantiles, aquella cena era como un banquete romano en el palacio del César. Un desfile asombroso de entremeses de todo tipo llenaban los primeros minutos y cuando uno pensaba que por fin llegaría el turrón, era cuando la cena empezaba de verdad. Pero antes de eso había lugar a otra maravilla, sobre el plato de cada comensal descansaba una servilleta y, bajo cada servilleta, un pequeño regalo para celebrar las fiestas. O quizá no tan pequeño. Aún recuerdo los gritos de mi madre cuando superado el estupor de encontrar unas pequeñas llaves bajo su servilleta, resultaron ser las de un Seat 600 que había pertenecido, hasta entonces, a mi tía.

Mi abuela, espléndida cocinera, aprovechaba aquella noche para lucir sus habilidades y plato tras plato, relataba las vicisitudes que había llevado la preparación del menú. Esta ceremonia se volvía a representar al día siguiente en la comida de Navidad, con nuevas recetas y montañas de exóticos turrones y mazapanes.

Superado el trance, mi padre tocaba zafarrancho general y era hora de volver a Santander, aunque de nuevo, hacíamos la parada obligada en Castro y, desde allí, volvíamos medio dormidos en aquel enorme Seat 1.500.

En Nochevieja cambiábamos de abuelos, pero no de abundancia culinaria. Mi abuela paterna preparaba sus míticos caracoles y mi padres se marchaban a bailar al Tenis según sonaba la última campanada. La compensación nos venía a la mañana siguiente con las bolsas de cotillón que habían guardado para nosotros.

Sé que ya no es el mismo mundo, que la tierra gira ahora a otra velocidad, pero echo de menos aquellos clichés, aquellas felices costumbres cuya rutina transmitía seguridad. Pero sobre todo, echo de menos a quienes hacían posible aquellos clichés, aquellos sin cuya presencia las Navidades ya no son tan felices.

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