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Comida para perros

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Perro.

Cerca de la casa donde vivo hay un pequeño supermercado familiar. Me gusta hacer allí la compra porque conozco el nombre de los que allí trabajan y ellos conocen también cuál es mi nombre y cada vez que compro unos aguacates o unos plátanos acabamos charlando un poco de nuestras pequeñas cosas o de las cosas del pueblo. El otro día compré latas de comida para el perro. Hay que ver cómo le gustaban a fulanito, me dijeron. Y me explicaron que fulanito era un  vecino que se alimentaba con latas de comida para perros. Murió la semana pasada, me informaron. No me extraña, dije yo. Se murió con más de noventa años, aclararon ellos.

No me quito a ese hombre de la cabeza, me lo imagino a veces pobre y solo, comiendo en su cocina su lata con trozos de buey o de pollo calentada en una cazuela. Puedo ver su mano temblorosa sosteniendo una cuchara humeante camino de su boca. O quizá, ya totalmente abandonado, no calentaba la comida y hundía la cuchara directamente en la lata metálica mientras desde el envoltorio amarillo y naranja un Golden Retriever lo sonreía. Otras veces, en cambio, veo a un viejo miserable, con una cuenta en el banco llena de dinero y disfrutando, avaro, de comer por ochenta céntimos al día un plato de carne en salsa o untando en un trozo de pan un poco de paté de salmón para gatos, porque la comida de gatos también le gustaba. Pienso en ocasiones en sus invitados, si es que recibía visitas. El viejo abriría la lata discretamente en la cocina y echaría el contenido en una cazuela que, después, colocaría primorosamente en el centro de una mesa. El paté lo presentaría en un plato con unos biscotes, acompañaría el menú con un poco de pan, agua y vino y disfrutaría secretamente cuando los invitados le felicitasen por lo rica que le había quedado la carne.

Pienso en esas cosas mientras mi perro espera su comida y yo se la preparo. Limpio el cuenco metálico, echo un poco de pienso, añado un poco de carne con salsa, lo mezclo todo y dejo el cuenco en el suelo. El perro espera impaciente mientras le pongo agua fresca. Espera una orden para poder abalanzarse sobre su comida. Me mira fijamente, con las orejas un poco levantadas y los ojos encendidos, se relame. E intento imaginar qué decían en verdad, antes de cada comida, los ojos de aquel viejo.

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