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Guerras, reporteros y otras especies

Alessandro Baricco debe de ser un cabrón. Tiene que serlo. Porque visto desde fuera no tiene mácula, el tipo.

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El escritor italiano Alessandro Baricco fotografiado en un hotel de Barcelona. /Edu Bayer

El escritor italiano Alessandro Baricco en Barcelona. | Edu Bayer

Alessandro Baricco es un escritor italiano, uno de los que tiene un estilo más original y depurado en la narrativa europea actual. A juicio de quien firma, ¿eh?, no empecemos… Pues eso, que Baricco escribe profundo, escribe bonito y escribe con ritmo. Y si es difícil hacer una de las tres cosas, imagínense todas ellas a la vez. Si no me creen corran a leer 'Océano mar' y dejen atrás esta burda acumulación de frases. Además, en las entrevistas parece un tío ingenioso, reflexivo y con sentido del humor. También profundamente culto. Por eso digo que tiene que ser un cabrón. Por ponerle pegas, claro. Por pura envidia.

Y tiene éxito. Merecido, que tampoco es habitual. Eso le permite arriesgar, innovar, hacer cosas nuevas sabiendo que podrá llevar el proyecto hasta el final. Hace unos años planteó uno de esos que parecían abocados al fracaso incluso para él. Baricco "actualizó" el texto de La Ilíada, suprimiendo las partes en las que intervenían los dioses, y haciendo una representación radiofónica dramatizada con el resultado.

No vamos a hablar hoy de ello, ni siquiera de si es "pertinente" acometer tal experimentación (yo considero que no pasa nada por juguetear con los libros, por volver a verlos como las herramientas de felicidad que siempre fueron). Eso otro día, porque es realmente curioso. No. Pero hace poco, releyendo la obra, me llamó la atención una frase del autor (Baricco, no Homero) en el prólogo. Se cuestionaba la razón por la cual hoy, más de dos milenios y medio después de ser creada, esa dura epopeya seguía siendo leído, paladeada, venerada. Es por la guerra, concluía. Es porque aun en la actualidad, con todos nuestros avances y posibilidades, el hombre todavía ha sido incapaz de crear algo tan épico, tan cargado de humanidad, tan deliciosamente metafórico, tan, sí, hermoso, como la guerra.

¿Sí? A mí eso que dice Baricco me parece una chorrada, ya ven, no es tan perfecto. Pero lo entiendo, ojo, aunque no lo comparta. La guerra como el lugar en que existen la totalidad de los bienes y, especialmente, los males de nuestra especie. Donde rastrear los sentimientos más encontrados. El amor. El odio, que es amor dos veces. La guerra que sigue fascinando como ha hecho siempre.

¿Lo sigue haciendo? No lo tengo claro (ya ven que cruzo reflexiones como si fueran notas de piano). Hay en la actualidad una treintena de guerras en el mundo, consideradas como tales los conflictos con más de mil muertos anuales (créanme, buscar este dato ha sido especialmente angustioso… estremece pensar que hay un límite para todo, incluso para haber muerto en una guerra o en una escaramuza). Y, sin embargo, de bien pocas nos llegan noticias de forma más o menos continua. Al menos si nos fiamos de los medios de comunicación que podríamos denominar tradicionales y no recurrimos a rastreos en ocasiones larguísimos para lograr un canal de datos suficientemente fiable.

Con todo, no me interesa tanto la cantidad de guerras de las que tenemos noticia (de las que, en algunos casos, conocemos su existencia) sino el carácter de la información que de ellas se da. Al menos en comparación a tiempos pasados. Pensándolo fríamente la mayoría de los datos que manejamos sobre esas guerras son proporcionados de forma aséptica, análisis fríos realizados desde lugares alejados al mismo conflicto. En otras palabras, pareciera que la añeja figura del reportero de guerra haya caído, en parte, en el olvido, siendo sustituida por una agencia casi centralizada que se encarga de coordinar qué se dice a la opinión pública y cómo. Con la pérdida de riqueza en matices que ello conlleva. Porque la uniformidad en la información casi siempre significa uniformidad en la desinformación.

Evidentemente es una simplificación, pero pienso que esconde una realidad tras ella. Ya no queremos saber qué ocurre en una guerra, sino enterarnos de lo que nos cuentan acríticamente sobre ella, aun sabiendo (y quizá precisamente por eso) que nos están dando una visión edulcorada del cuento de Caperucita Roja, como la que nos dio Perrault. Por cierto, en el original Caperucita come la carne y bebe la sangre de su abuela, se acuesta desnuda con el lobo y muere descuartizada entre sus fauces. Hala, ya les he jodido la infancia.

Algo así nos ocurre con las guerras. Ya no queremos que un reportero esté en primera línea de fuego, contándonos que faltan días, horas, para que haya un baño de sangre y fuego en aquel lugar. No, ahora preferimos declaraciones oficiales ("El ejército de Borduria ha ocupado el puesto fronterizo con Sildavia") acompañadas de imágenes enlatadas donde no hay bordurios ni sildavos muertos, sino carros de combate avanzando a toda velocidad por pistas en perfecto estado. Guerras prefabricadas para ver mientras cenamos nuestras comidas precocinadas.

Por eso, lo que cuenta Baricco sobre la fascinación de La Ilíada se nos está quedando, quizá, anticuado. Y ahora ya no queremos que nos interrumpan nuestras sosegadas vidas con la narración, realísticamente escabrosa, de cómo a otros les arrancan las suyas. Y, en contra de lo que pudiera parecer, tal estirilización no nos hace más humanos. Al contrario, igual llevaba razón Homero, nos aleja cada vez más de la Humanidad.

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