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Mona Lisa

¿Sonrío o no sonrío?, dijo aturdido el presidente. Sí pero no, haga como la Mona Lisa, que uno no sabe muy bien qué está haciendo.

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Eduardo García, presidente del Gobierno, sintió una repentina extrañeza. De pronto, todo aquello le pareció carente de sentido, como si él estuviera sumergido dentro de una piscina y el resto del mundo se encontrara fuera. Señor presidente, dijo el ministro de Economía, mi consejo es que utilice las palabras adecuadas, mejor diga inversión en el ritmo ascendente de crecimiento, desaceleración acelerada, ralentización del crecimiento o crecimiento negativo, aunque mejor no diga negativo porque hay palabras que oscurecen los corazones. Y sonría, señor presidente, dijo el ministro de Justicia. Sí, pero no demasiado, apuntó la titular de Sanidad. ¿Sonrío o no sonrío?, dijo aturdido el presidente. Sí pero no, haga como la mona lisa, que uno no sabe muy bien qué está haciendo, dijo el asesor de comunicación.  La sala de prensa está ya preparada,  apuntó el jefe de Gabinete.

Eduardo García se situó frente al atril, colocó el micrófono y se ajustó la corbata. Posó incómodo para los fotógrafos y las televisiones. Carraspeó. Incluso llegó a abrir la boca dispuesto a pronunciar unas palabras. Sin embargo, sus labios volvieron a  cerrarse sin que emitiese sonido alguno. Tras unos segundos de silencio, Eduardo García abandonó el atril y avanzó por el pasillo central hacia la puerta de salida. Enseguida un rumor comenzó a crecer en la sala. El presidente aceleró el paso y una vez en la calle, sin previo aviso, comenzó a correr muy deprisa.  

En su adolescencia había formado parte de la selección de nacional de atletismo y tenía una buena técnica: grandes zancadas, espalda erguida, los movimientos de los brazos perfectamente sincronizados y la mirada proyectada hacia el horizonte. Daba gusto verlo correr. Tras un primer sprint muy explosivo echó la vista atrás y pudo comprobar cómo un grupo de periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión corría tras él a una distancia de unos veinte metros. Creyó distinguir al ministro de Deporte, que estaba en buena forma, encabezando el grupo perseguidor. El presidente se concentró en su técnica de carrera, sabedor de que pocos podrían mantener un esfuerzo de ese calibre sostenido durante más de un minuto.

Su pecho estaba ya a punto de explotar cuando localizó una boca de metro. Se lanzó escaleras abajo, saltó los tornos de seguridad y logró subirse en un vagón justo cuando las puertas estaban a punto de cerrarse. Tuvo que sentarse para recuperar el aliento. Respiraba dando grandes bocanadas. Los pasajeros del metro lo reconocieron con rapidez. Una señora le preguntó: ¿Necesita algo? Una joven le ofreció una botella de agua que él aceptó. Alguien masculló: ¡Capullo! Dos chicas le hicieron una foto. Un revisor le preguntó si tenía el billete. Eduardo García, resignado, respondió que no. El hombre, un tanto incómodo al reconocerlo, dijo: pues va a tener que acompañarme, la multa por viajar sin billete son doscientos euros.

El presidente asintió. Un grupo de personas afeó al revisor su actitud. Otros aplaudieron. El metro se detuvo y Eduardo García, nada más pisar el andén, se zafó del revisor y comenzó a correr nuevamente sabiendo que el hombre, que era bastante corpulento, no podría alcanzarlo. Una vez en la calle entró a una tienda de chinos en la que compró una gorra de los Chicago Bulls, una camiseta del Real Madrid y unas grandes gafas de sol. El dependiente, que no dejaba de mirar su teléfono móvil, no lo reconoció.  

Creemos, especulaba el ministro de Interior, que ha sido un secuestro en diferido, nuestra teoría es que el presidente se ha auto-secuestrado contra su voluntad, coaccionado por no sabemos quién ni con qué motivos, nuestros servicios de inteligencia lo están investigando pero nos parece un ataque directo a nuestra democracia. 

Ya de incógnito, tras caminar durante varias manzanas, se detuvo junto a una tienda de electrodomésticos. Un grupo de personas se arremolinaba frente al escaparate lleno de televisores. Todas las cadenas habían interrumpido sus emisiones para informar en directo de lo sucedido. El ministro de Defensa aseguraba, en declaraciones a los periodistas, que se había movilizado al ejército. Creemos, especulaba el ministro de Interior, que ha sido un secuestro en diferido, nuestra teoría es que el presidente se ha auto-secuestrado contra su voluntad, coaccionado por no sabemos quién ni con qué motivos, nuestros servicios de inteligencia lo están investigando pero nos parece un ataque directo a nuestra democracia.

El líder de la oposición definía la actitud del presidente como de fascista: trata de imponernos su ausencia cuando los ciudadanos no han dicho aún en las urnas que se vaya, nos parece un acto totalitario y despreciable y exigimos que vuelva a ocupar sus responsabilidades de gobierno. Aunque el que acaparaba el protagonismo en todas las cadenas era un conocido campeón olímpico que aseguraba que Eduardo García había corrido los primeros cien metros en 13 segundos, lo cual, afirmaba, era un logro solo al alcance de un portento de la naturaleza sobre todo porque iba con traje y zapatos, esquivando a los viandantes y con el viento en contra.

El presidente no tenía muy claro qué hacer.  No había planeado nada. Tras pensarlo unos minutos  tiró a la papelera su teléfono móvil, al que llamaba insistentemente el secretario de estado de Nuevas Tecnologías, buscó una pensión modesta en un barrio de la periferia y se echó a dormir mientras las sirenas sonaban en cada esquina de la ciudad. A la mañana siguiente se despertó muy descansado tras un sueño plácido y despreocupado. Se dio una larga ducha, que le pareció muy placentera, y bajó a desayunar a la terraza de una cafetería en la que  leyó con curiosidad todos los periódicos. Se había declarado el estado de excepción y el toque de queda. Todas las portadas recogían una foto en la que el presidente, con una postura digna del mejor de los atletas, desplegaba una enorme zancada mientras la corbata trataba de seguir su estela. 

Eduardo García pensó que su entrenador personal, al menos, se sentiría orgulloso de él.  Apuró el café y no dejó ni una miga de la tostada. La camarera le trajo la cuenta. Él dejó el dinero justo sobre la bandeja. La mujer, que esperaba una propina, lo miró con cierto desprecio durante unos segundos. Él, incómodo, bajo la vista. De pronto, la camarera empezó a gritar: ¡Es el presidente! ¡Es el presidente! Y de un manotazo le arrancó las gafas de sol y la gorra de los Chicago Bulls. Un grupo de curiosos se detuvo. Eduardo García se levantó y comenzó a caminar pero la camarera lo siguió muy de cerca señalándolo y gritando: ¡Es el presidente! ¡No me ha dejado propina! ¡Es el presidente!

Un helicóptero comenzó a sobrevolar la calle. Salió a su paso un coche patrulla con las sirenas girando enloquecidas. ¡Deténgase!, exclamó un policía. ¡Alto!, dijo otro agente. Eduardo García se lanzó a una nueva carrera desenfrenada levantando las rodillas, con larguísimas zancadas, acompasando el movimiento de los brazos, las palmas de las manos abiertas, la mandíbula tensa, la espalda muy recta y la mirada fija en el horizonte. Y no dejó de correr ni siquiera cuando escuchó el primero de los disparos.

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