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Rumiar totémico

Las vacas vienen siendo, desde hace décadas, elemento fundamental en la economía e incluso el paisaje de buena parte de Cantabria. Hoy en día esa relación atávica parece a punto de quebrarse.

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Decía Milan Kundera que el hombre es un parásito de la vaca, y que esa sería la mejor definición que un no-hombre podría hacer de un ser humano en su zoología. Todo lo cual es cierto, tampoco hace falta ser un afamado escritor de talla mundial para decirlo. Mi propio abuelo podría haber firmado la frase. O el pensamiento. Y con mayor conocimiento de causa, quizás.

Hace un tiempo el presidente de Cantabria dijo que los habitantes de esta tierra tenían una relación totémica, casi atávica, con la vaca. Aunque con matices, es bastante real. Los montañeses han vivido y quieren vivir, en muchos casos, de estos y con estos animales. De su leche energética y fresca, sonido metálico del chorro sobre el caldero. De su carne, de sus terneros. Para la vaca se hacen praderas, se siega la hierba, se llenan silos. Para la vaca se acondicionan cabañas de montaña en el Pas, invernales por toda la geografía de Cantabria. También los animales ayudan a calentarse cuando llega el frío, cercana tibieza orgánica que desborda las paredes de la cuadra y permite sobrevivir a toda la familia cuando más allá de la puerta de casa se respira vaho y cellisca. Eso es la vaca aquí, entre otras cosas.

Los matices vienen de la historia. Y es que las vacas, el ganado vacuno, no ha sido tradicionalmente el más importante en estas tierras. Aunque hoy parezca imposible, antaño eran cabras y ovejas más abundantes en los villorrios cántabros. Un dato: en un pequeño pueblo lebaniego había, en el año 1752, un total de 505 cabezas de ganado, de las cuales tan solo 124 eran de vacuno, entre vacas, bueyes y novillos, ya fueran en propiedad o en aparcería, una especie de usufructo que permitió sobrevivir a los campesinos menos afortunados durante cientos de años. Todo cambió a finales del siglo XIX cuando la población española crece y se dispara la demanda de leche. Entonces la vaca se fue imponiendo, poco a poco, como la reina en los campos de Cantabria. Llevándose por delante, en efecto secundario, algunos bosques centenarios, que fueron talados para conseguir pastos de montaña con los que alimentar a las reses…

Fue el siglo XX el que trajo a Cantabria la doble ocupación: el trabajo en las fábricas unido a la pequeña explotación ganadera. De vacas, claro. Y de esas había miles aquí. Para ir tirando, no hablamos de grandes negocios.

Fue el siglo XX el que trajo a Cantabria la doble ocupación: el trabajo en las fábricas unido a la pequeña explotación ganadera. De vacas, claro. Y de esas había miles aquí. Casi cada familia tenía unas pocas reses que dejaban carne, unos pocos reales y leche en la casa. Para ir tirando, no hablamos de grandes negocios. Pero incluso eso ahora parece que está por extinguirse.

Leo que los ganaderos de Cantabria se han sumado a una llamada 'Marcha Blanca' para protestar por lo que ellos consideran un trato abusivo. Leo que mientras en Francia se ha conseguido que el precio mínimo a pagar por litro de leche al productor (el mínimo) sea de 37 céntimos, aquí se está pagando en torno a los 20 céntimos en algunos casos. Veinte céntimos cada litro de leche, el euro los cinco litros. Leo también que la distribución se mantiene alrededor de los 34 céntimos el litro, que esos veinte son solo para los ganaderos. Y entiendo que algo no entiendo.

Se quejan los ganaderos de Cantabria (sí, esos que usted puede ver cada fin de semana al borde de la carretera, casi siempre con buzos azules paseando entre sus animales) se quejan, digo, principalmente de dos cosas. La primera, claro, es el asunto monetario. Es difícil de entender la diferencia entre el precio pagado al productor, el precio de distribución y el precio final de la industria. Piensen en la leche que compran a, pongamos, euro el litro. Piensen que de allí cuatro quintas partes no van al ganadero. Ni a sus animales. Sepan, por último, que ahora mismo se paga en Cantabria la leche a un precio inferior al que cuesta producirla. En otras palabras, que con cada litro de ese líquido blanquecino que nace entre mugidos y olor verde recién segado, el dueño de los animales pierde dinero. Y eso no resulta sostenible. Tampoco, si nos ponemos así, parece muy lógico.

Se quejan, además, de una cierta liberalización en el sector, cuyas consecuencias prácticas están siendo desastrosas para las explotaciones. Resumiendo, antes las empresas estaban obligadas a comprar la leche a todos los productores, mientras que ahora no es así, con lo que se produce una puja a la baja que mengua aun más el beneficio y deja, en la práctica, a algunos ganaderos con muchos litros de leche perdiéndose en sus casas por no poderle dar salida. Por cobrar más o, peor aun, vivir más lejos, en sitios más inaccesibles, donde es más costoso llegar. O porque sí.

¿Saben? Esta situación, que a muchos les sonará a problema rural sin influencia alguna en la economía real de la región, se deja sentir en muchos aspectos. Más de los que la gente piensa. Porque donde antes había multitud de pequeños ganaderos viviendo, en simbiosis (o en el parasitismo de Kundera), con las vacas, ahora hay pocas pero enormes explotaciones. Todo mecanizado, a lo grande. Ya que el beneficio por res es tan pequeño la única solución será aumentar el número de cabezas. Y eso acaba, por fuerza, con las cabañas pequeñas, con la figura, tradicional, del ganadero menudo. Como mucho puede seguir subsistiendo en cooperativas. O cuidando a los animales por gusto, por afición, como hacen muchos. Sabiendo que no llegarán a tener beneficios, que acabarán perdiendo dinero. Pero ellos lo hacen, qué más da. Es lo que vieron en casa. A sus padres, a sus abuelos. Cuidar de las vacas, estrujar con mimo las ubres mientras escucha la leche caer. Ayudar, con el veterinario, a que llegue al mundo el becerro. Atropar hierba para el invierno. Al fondo, el sonido ahogado de campanos y lluvia que cae. Lo que vieron, lo que fue.

¿Atávico? Quizás. Lo que es seguro es que, de seguir así, esta forma de vida acabará desapareciendo. Y con ella los prados, los terneros, el mugir calmo en un día de niebla. Y, claro, una forma de vida.

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