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Un año por dudar

Tomar posición parece casi obligado hoy en día. Y además tiene que ser una postura clara, nada de esas llenas de reflexiones internas. Blanco o Negro, lo demás es indiferente.

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Tampoco es plan de pedir muchas cosas al año que acaba de entrar, ¿no? Que llueva un poco más, si acaso (a los que veo con sonrisas ahora por el sol me los quiero cruzar en verano para recordarles un par de asuntos), que haya menos incendios, que los telediarios se acuerden de Cantabria cuando den el tiempo en el norte, “Galicia, Asturias y el País Vasco”. Ya ven, peticiones modestas, que uno no es ambicioso.

Bueno, eso y el derecho a dudar.

Qué tontería, pensarán algunos. Si la duda es una de las bases filosóficas desde, al menos, la Ilustración (en realidad es el único impulso filosófico, pero no es cuestión de andar pillándonos los dedos), el motor a partir del cual se va avanzando por entre los meandros del pensamiento. O las autopistas, que a algunos el razonamiento no les hace vericueto alguno, ustedes me entienden.

A lo que iba, que si asumimos que la duda es algo inmarcesible en el proceso del razonamiento humano, y si entendemos que aquellos que escribimos lo hacemos después de un momento de reflexión interna que nos lleva a tener ideas propias y a no repetir sincopadamente las dichas ya por otros  (que ya es mucho suponer) el dudar debería ser facultad y no privilegio en estas situaciones. Pero parece que no. Y oigan, qué pereza.

Porque no es tan fácil. Presten atención a su alrededor. La información se ha polarizado por completo, y ha acabado arrastrando con ella a las opiniones, dejando de lado cualquier tipo de matices. No existe reflexión, porque no hay espacio ni sentido para la misma, ya que nada resulta más sencillo que una postura absoluta ante la vida. Hagan la prueba, piensen en algunos personajes famosos (los hay que incluso son tomados como intelectuales de prestigio, cosas veredes), incluso en la gente de su entorno. Cada vez es más frecuente saber qué va a opinar alguien sobre algún hecho sin necesidad de haberle escuchado. Sencillamente porque es lo que “debe” pensar. Esto, que parece enriquecer la autoestima (y, más aun, el cómodo gregarismo de pertenencia a un grupo) resulta, a la larga, exasperante y vacío. Monolítico. Ya ven.

Tomar posición parece casi obligado hoy en día. Y además tiene que ser una postura clara, nada de esas llenas de incertidumbres, de reflexiones internas, de horas sopesando pros y contras. No. Blanco o Negro, lo demás es indiferente. Y eso sobre casi cualquier tema, por ajeno que nos parezca. Además, la primera respuesta que demos, esa “trinchera” inicial, la vamos a tener que defender durante toda la eternidad. Ponderar situaciones a posteriori (un ejercicio que, aunque poco apreciado y quizá con un punto de ventajismo, resulta extremadamente útil desde el espectro filosófico) aparece como un anatema, algo propio de cobardes. Y así quedan las cosas. Si necesitamos declararnos a favor o en contra de prácticamente todas las situaciones que se nos plantean; si además esa respuesta debe de ser inmediata; y si, por último, una vez tomada la primera, y forzosamente acelerada, decisión no se nos va a permitir expresar nuestras dudas sobre ella…bueno, entonces lo que estamos haciendo es empobrecer fatalmente el discurso. Y cuando un discurso se empobrece el perjudicado es solamente quien lo sostiene, pero cuando son todos los que siguen ese camino quien realmente sufre una merma es la misma sociedad.

Por eso al nuevo año le pido tiempo para dudar. La posibilidad de pensar y repensar las cosas. De equivocarme en el juicio y volver atrás sin problemas. De leer, releer, tachar, tomar notas al margen, estar o no de acuerdo con lo que me cuentan. A partir de ahora nada de reflexiones rápidas sobre asuntos que exigen otras mucho más mesuradas. Y, sobre todo, no asumir de forma acrítica la totalidad de nada. Poder acotar aquí y allá lo que no me guste de entre algo que, de forma general, me encante. Fuera las etiquetas, fuera el tener la respuesta formada aun antes de haber oído la pregunta. Dudar duele, sí, pero es necesario. Personalmente necesario. Socialmente indispensable.

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