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Mi coche

Cuánta ignorancia, cuánta prisa, cuánto desprecio a lo que envejece, cuánta ansia de novedad, cuánto derroche.

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Peugeot 306. | MARCOS DÍEZ

Peugeot 306. | MARCOS DÍEZ

A los veintiún años comencé a trabajar en una empresa que estaba en un polígono industrial en las afueras de la ciudad. Las naves estaban situadas en un espacio delimitado por el mar, la autopista, el puerto industrial, un puerto deportivo y el aeropuerto.  Sólo se podía llegar allí conduciendo. No había otra manera: ni tren, ni autobús, ni bicicleta. Imposible a pie. Y fue por esa circunstancia por la que, con un padre mecánico mediante, me hice con mi primer coche: un Peugeot 306 diesel que aspiraba, con sus pegatinas de colores, a ser un deportivo. Al arrancarlo, eso sí, uno se encontraba en realidad con sus escasos 60 caballos y algo parecido a un tractor. Se compró de segunda mano con unos 200.000 kilómetros y el motor destrozado. Mi padre, como un resucitador de automóviles, le dio una nueva vida al coche y el coche vivió esa segunda vida conmigo. Trece años y 300.000 kilómetros juntos. Viajes al extranjero, agostos infernales sin aire acondicionado. Qué raros los recuerdos. Me vienen a la mente las gaviotas que levantaban el vuelo delante del parabrisas, como si ensayaran una coreografía, cuando pasábamos mi 306 y yo junto a un almacén de piensos. 13 años, 300.000 kilómetros.  Hago el cálculo y me salen 150 días conduciendo, cinco meses íntegros en ese pequeño espacio en el que uno, además de conducir, está solo muchas veces, piensa y observa. O escucha música o discute o tiene una conversación.

Cuando arrancaba el coche dentro del garaje temblaban las puertas de la casa. Un amigo decía que el motor vibraba con tanta fuerza que se le iban a saltar los empastes. El 306, con su bastedad, con su mecánica primitiva y robusta, devoraba los kilómetros sin rechistar. Creo que me cansé yo del coche antes de que el coche se cansara de mí. Es lo que tiene la vida moderna, que uno se cansa de cosas que aún son útiles y las cambia por otras que, es verdad, suelen ser más cómodas y eficientes todavía. El caso es que me dio un poco de pena abandonar a mi viejo coche pero he de reconocer que una vez que tuve el volante del coche nuevo entre mis manos se me pasó rápido esa nostalgia: qué silencio, qué suavidad, qué climatizador... Con medio millón de kilómetros pensé que el destino de mi viejo Peugeot sería el desguace pero mi padre me dijo que ese coche había que venderlo. Porque mis padres son de una generación en la que las cosas no se desaprovechan, ni se abandonan sólo porque sean viejas. En la generación de mis padres las cosas se cuidaban, se aprovechaban, se arreglaban. Por eso el 306 duró tanto y por eso el coche, pese a mi escepticismo, se vendió después de haber sido pulido a mano, limpiado en profundidad y reparado. Lo compró un ganadero pasiego por casi mil euros. 

Hablo de todo esto porque el otro día, mientras descendía un puerto de montaña, me topé con mi antiguo automóvil. Estaba aparcado en la cuneta, junto a una cabaña. No pude no detenerme. Qué extraño fue el reencuentro. Han pasado seis años desde que lo vendimos. Y allí estaba con las llaves puestas, como invitándome a entrar. El interior estaba sucio y los asientos destrozados porque el coche se había convertido en un vehículo de carga: aperos, hierba, noches a la intemperie, heladas, frío y nieve. En general, pese a la aparente dureza de su nueva vida, tenía buen aspecto. Quise mandar al desguace un coche que, seis años después, sigue funcionando de forma fiable. Cuánta ignorancia, cuánta prisa, cuánto desprecio a lo que envejece, cuánta ansia de novedad, cuánto derroche. Hice esa cosa cursi de acariciarlo y pegué mi rostro a las ventanillas para explorar el interior. En la guantera todavía permanecía una pegatina del movimiento Fluxus del museo Vostell, de Malpartida de Cáceres. Aquel viaje, por Extremadura y Portugal, lo hice en el año 2000. Y el rostro de la pegatina, diecisiete años después, me seguía sacando la lengua de forma descarada, como si se burlara de mí.

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