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El deseo

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'Big Data from Space' se celebrará del 15 al 17 de marzo en el Auditorio de Tenerife

Puede decirse que la historia de la humanidad es la historia del deseo. 

Desde la aparición de las urbes, las monarquías y las religiones, la respuesta a la pregunta '¿Qué desear?' indefectiblemente conducía a lo 'bueno'. Deseo esto porque es bueno. Lo bueno circunscribía, por lo tanto, el objeto de lo deseable, quedando fuera de foco aquello que no aprovechaba a la monarquía o a la religión. Si había algo a l o que el rey o los dioses, si no a ambos de forma indisoluble como ocurría con las monarquías de origen divino, no consideraban apropiado simplemente no era deseable. En caso de duda, se recurría a la mazmorra, el manicomio o la pira.

Fue el humanismo y la ciencia los que desplazaron a las fuerzas telúricas del centro de la vida de las personas y hoy es ese mismo humanismo, ese 'yo' inapelable cargado de deseos, el que corre riesgo de pasar a la historia. 

A la pregunta de '¿Qué desear?' los monoteísmos contestaban: 'Dios'. El Estado decía 'El Rey', el Rey decía 'El Estado' y el budismo, que no es una religión, simplemente se encogía de hombros y predicaba no desear (lo que me recuerda siempre a esa novela espeluznante de Delibes, 'La sombra del ciprés es alargada', donde su protagonista renuncia a vivir para no pagar la factura por vivir). Luego vino Lacan que dio carta de naturaleza al hombre como 'sujeto de deseo'. Y después Deleuze quien dijo que algo no es deseable porque sea bueno, sino que es bueno porque lo deseo. Esta fue la apoteósis del proceso a que ha conducido el humanismo: el hombre sin ataduras, incluso a contrapelo de la moral mayoritaria.

Pensamos que el humanismo va a existir siempre como la democracia o el liberalismo (su vicario en la Tierra), pero echando una vista atrás, pongamos que desde el año 2000, el mundo ha cambiado tan drásticamente que nadie puede exactamente predecir el futuro inmediato. 

Muere en el mundo tres veces más gente por ingesta de azúcar que por conflictos bélicos. 

El mismo concepto de trabajo, ante un universo de máquinas, tiene los días contados. Nuevas reglas sociales regularán la existencia de los hombres productivos y de los no productivos. 

Las mismas instituciones van dejando de ser representativas para ser gobernadas por tecnócratas que no han sido elegidos ni rinden cuentas, pero que toman decisiones 'por nuestro bien'. 

La medicina se centrará más en mejorar a los humanos (que puedan pagárselo) que en curarlos. Viviremos tantos años (el que pueda pagárselo) que nos hartaremos de vivir. 

'Big data', ese monstruo que alimentamos con nuestros datos con la inconsciencia de un niño, ha convertido en obsoleta la administración, incapaz ni con millones de empleados públicos de digerir el torrente de datos que generamos. Ergo, las administraciones son meras gestorías (ineficientes) y el empleo público mutará. 

Nuestro coche no arrancará si el ordenador de a bordo concluye que no hemos dormido bien. 'Por nuestro bien'. Y lo aceptaremos.

La educación ya dejó de ser el gran trampolín para el salto entre clases sociales porque las élite se han cerrado a los advenedizos.

La clase política se reproducirá con individuos de la élite, dejando fuera a la mayor parte de la población. Votar cada vez tendrá menos influencia en nuestras vidas.

El mismo concepto de revolución política ha periclitado. Puede que haya una revolución cultural, que levante a cada hombre y mujer individualmente y por yuxtaposición genere nuevos estados de conciencia colectiva, pero en el mundo interconectado los procesos revolucionarios de corte político están llamados al fracaso. Y si no, que se lo pregunten a los árabes: ninguna de sus 'primaveras' ha tenido éxito.

Las nuevas reglas del juego han quedado fijadas y ni nos hemos enterado.

Pongo un ejemplo. Imagine que le guste el fútbol, imagine que le guste mucho mucho el fútbol (si realmente le gusta mucho, le felicito, yo no llego a tanto), pero que: 

-Podrá asistir al campo pero no cambiar las reglas de juego (la complejidad del juego excede su comprensión).

-Podrá ser espectador pero nunca jugador (usted nunca formará parte de la élite).

-Podrá dar su opinión sobre la alineación pero nunca tendrá la decisión final (para eso está el míster al que le paga).

Esto cabrea bastante, pero cabrea más pensar que ha sido creado con su consentimiento, o mejor dicho, con su abulia. Por supuesto podrá alegrarse del éxito o entristecerse con el fracaso de su equipo, pero sus sentimientos no tienen trascendencia.

-Podrá...

-Deseará...

Pero '¿Qué desear?' sigue siendo una pregunta pertinente. ¿A qué llamaremos en el futuro lo 'bueno'? Si la felicidad es lo que produce placer, ¿cuál será el buen placer deseable? ¿En el fondo preguntarse qué desear no es preguntarse qué queremos ser? 

No creo que la respuesta esté ya a nuestro alcance. Por falta de información y por falta de capacidad de decisión. Digamos que alguien o algo decidirá por nosotros. Más bien algo. Por nuestro bien, con nuestro consentimiento. El datismo arrinconará al humanismo con la ayuda de la ciencia. Ellos sí tienen la respuesta.

Nota: Si ha llegado hasta aquí, sufrido lector, alabo su paciencia. Si no en mi descargo, sí como atenuante baste decir que cuando escribo estas líneas es fiesta en Santander, los periódicos tienen las páginas en blanco y además llueve.

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