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Un lagarto resucita en Papúa

Una mariposa agita las alas y provoca un huracán. Un lagarto resucita y nos acordamos de Wallace.

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Anís del mono. Artículo de Jesús Ortiz.

El mercante Rey Jorge IV se hundió frente al cabo de Buena Esperanza en junio de 1824, a causa de un temporal. Los náufragos llegaron a una playa en bote, salvando la vida aunque ninguna de sus pertenencias. La mercancía perdida era principalmente azúcar, algodón y clavo, pero el barco también transportaba algunos especímenes para su estudio científico, entre ellos un varanus douarrha, un tipo de lagarto cuyo pariente más conocido es el dragón de Komodo. Un naturalista había descrito la especie poco antes, pero la comunidad científica nunca había tenido un ejemplar que observar. Y había habido sugerencias de que en realidad se trataba de varanus indicus o varanus finschi: es decir, el estatus del varanus douarrha como especie independiente de otras próximas era bastante dudoso.

Algunos años después, en 1852, el barco en que Alfred Russel Wallace regresaba a Inglaterra se incendió y hundió, arrastrando con él 20 cajas de especímenes. Y no ha habido más ejemplares de varanus douarrha que observar.

Así que la opinión dominante es que esta especie se extinguió o no existió nunca. Hasta hace unos meses, cuando el Australian Journal of Zoology informa de que un zoólogo finlandés ha descubierto ejemplares de varanus douarrha, claramente una especie por derecho propio, en Nueva Irlanda, una isla que forma parte de Papúa Nueva Guinea. Curiosamente, el barco en que exploraba el zoólogo también sufrió la hostilidad de los elementos y hubo de ser rescatado: como si la naturaleza tuviera un interés especial en ocultar a este tipo de lagarto, reaparecido tras doscientos años de ser dado por muerto. La escritora científica que lo cuenta, Marguerite Holloway, explica también que el término que la Taxonomía emplea para un hecho como este es resurrección.

El mundo es un sitio terrible y hermoso; explicar solo uno de estos dos extremos es una manera de mentir o, por lo menos, de dar explicaciones muy deficientes

Me divierte la historia, que encuentro en un artículo, en medio del dolor cotidiano que supone la lectura de prensa. El mundo es un sitio terrible y hermoso; explicar solo uno de estos dos extremos es una manera de mentir o, por lo menos, de dar explicaciones muy deficientes. Los relatos que nos llegan del mundo son terribles o hermosos, y también intrascendentes o curiosos. Los biólogos australianos que nos cuentan del lagarto resucitado nos dicen que el hallazgo tiene mucha importancia, porque las especies endémicas de Nueva Irlanda desaparecieron hace miles de años, cuando llegó a sus costas la devastadora especie humana, y el varano podría ser la única de ellas superviviente.

Y me llama la atención que la redactora científica, que se molesta en explicarnos a los profanos el significado de los términos técnicos y sus implicaciones, mencione a Alfred Russel Wallace sin más detalles, suponiendo que todos sabemos quién es. Porque en el mundo anglosajón, entre gente informada no es difícil oír hablar de la «teoría de la evolución de Darwin y Wallace». Con toda razón, como se verá.

Hay un concepto en ciencia que se llama lo posible adyacente, formulación del también biólogo Stuart Kauffman (2002). La idea de lo posible adyacente es que cada descubrimiento nos coloca en una posición desde la que podremos hacer otros descubrimientos, inalcanzables previamente. Eso explica que de pronto el mismo invento aparezca en sitios no relacionados sin que exista nada parecido al plagio. ¿Recuerda usted el caso de Leibniz y Newton acerca del cálculo infinitesimal? Pues algo parecido ocurrió con Wallace (1823-1913), un biólogo más joven que Darwin (1809-1882). Wallace descubrió por su cuenta la teoría de la evolución, y tuvo la ingenuidad de escribirle una carta a Darwin contándoselo. Darwin tenía la teoría desarrollada, pero no la había escrito: se asustó mucho y se puso a redactar a toda prisa El origen de las especies, mientras hacía gestiones para que Wallace retrasara la publicación de sus propios resultados. El bueno de Wallace tuvo que aceptar más o menos contento figurar como codescubridor a la sombra de su colega mayor y mucho más famoso. Hoy, la Sociedad Linneana otorga una medalla que llama de Darwin-Wallace, pero el segundo quedó privado de buena parte de la fama asociada al descubrimiento.

A España la teoría de la evolución llegó asociada directamente con Darwin. Los principales propagandistas de la imagen de Charles Darwin aquí fueron el profesor cabuérnigo Augusto González de Linares y un industrial de Badalona llamado Vicente Bosch.

González de Linares obtuvo la cátedra de Historia Natural en la Universidad de Santiago de Compostela en 1872, donde duró hasta 1875: lo echaron precisamente por defender la teoría de la evolución.

Vicente Bosch tuvo más suerte, quizá porque en Industria haya menos meapilas que en Educación. Su Anís del mono prosperó comercialmente y ha seguido «destillándose» sin mayores problemas hasta el presente. No tenemos constancia de que el consumo del anís haya contribuido decisivamente a la difusión de la teoría de la evolución, pero con seguridad ha dulcificado la imagen de uno de sus creadores.

Mientras la del otro, Alfred Russel Wallace, ha quedado casi en la oscuridad. A pesar de que tenía su propio punto de vista sobre la evolución, no siempre coincidente con el de Darwin, defendió las teorías de este en todo momento. Darwin a su vez lo consideraba el pensador más importante de su época en el campo evolucionista.

Casi nos olvidamos de él. Y entonces va un lagarto y resucita por su cuenta al otro lado del mundo. Y Alfred Russel Wallace aparece emergiendo de un naufragio: como el lagarto, siempre estuvo ahí. ¿Nadie se anima a ponerle su nombre a un brandy?

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