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¿Y si no volvieran solo por Navidad?

Los datos de migraciones dibujan una realidad preocupante en varias comunidades y, entre ellas, en Cantabria. Estamos perdiendo población y, más grave aún, perdemos particularmente mucha población joven.

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Todos los años, por estas fechas, sucede. Te los encuentras por la calle, una y otra vez. Escriben a tu teléfono móvil. Algunos, incluso, quedan contigo para tomar una caña, o coincidís en una cena. Dan lugar a momentos alegres, pero con un fondo melancólico. Son arquitectos, ingenieros de todo tipo, economistas, científicos, creativos publicitarios…

Tienen en común, al menos, cuatro cosas. La primera es que nacieron y, en muchos casos, se formaron aquí. La segunda es que son excelentes profesionales, capaces de desarrollar tareas que pocos pueden hacer. La tercera es que son jóvenes, con ganas y con tiempo por delante para desarrollar una buena carrera profesional. Y la cuarta es que, para poderlo hacer, se han tenido que ir a otros lugares. Algunos, porque así lo han querido; pero los más, porque no han tenido otra opción.

Son nuestros primos, nuestros amigos o los de nuestras parejas, nuestros antiguos vecinos, nuestros compañeros de estudios. Para los que somos profesores, son también muchos de nuestros antiguos alumnos. Son, en definitiva, buena parte de las personas con más talento y conocimientos nacidas en Cantabria durante varias generaciones. Y constituyen, sin duda, uno de los principales potenciales económicos de nuestra comunidad y, a la vez, seguramente el más desaprovechado.

¿Existen cifras que reflejen este fenómeno? ¿Cuántas personas y, en particular, cuántos jóvenes abandonan cada año Cantabria en busca de mejores oportunidades laborales? Para responderlo, es preciso revisar los datos sobre migraciones del Instituto Nacional de Estadística.

En primer lugar, en el gráfico 1 se representa el saldo migratorio de Cantabria (esto es, la diferencia entre las personas que han llegado a nuestra comunidad y las que se han ido) tanto con otras autonomías españolas (en color rojo) como con el extranjero (en color azul), entre 2008 y 2016. Hacen referencia a los datos de las personas con nacionalidad española, para distinguir la cuestión a analizar de otra que requeriría un estudio específico: las personas de otras nacionalidades que han retornado a sus lugares de origen como consecuencia de la crisis.  

Los datos muestran que, en relación a otras comunidades, Cantabria contó entre 2008 y 2010 con un saldo migratorio positivo (esto es, fueron más las personas que llegaron que las que se marcharon); dicho saldo se volvió negativo entre 2012 y 2015, y ha vuelto a ser positivo en 2016. En relación al extranjero, el saldo de Cantabria fue prácticamente cero hasta 2010, mientras que se tornó claramente negativo a partir de entonces. En el conjunto del periodo 2008-2016, siempre considerando solo las personas con nacionalidad española, llegaron a Cantabria desde otras comunidades unas 550 personas más de las que se fueron; al extranjero, se fueron unas 2.100 más de las que llegaron.

Fuente: Cálculo propio a partir de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Fuente: Cálculo propio a partir de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Estos datos resultan mucho más preocupantes si se desagregan por grupos de edad (gráfico 2): el saldo migratorio para los grupos de mayor edad (de 50 a 64 años y, en especial, el de los mayores de 64) ha sido en Cantabria, en el periodo analizado (2008-2016), claramente positivo; por el contrario, para los grupos de adultos jóvenes (de 20 a 29 años y de 30 a 39), el saldo es, aún de manera más intensa, notoriamente negativo.

En los últimos nueve años, como consecuencia de estos flujos, nuestra comunidad ganó unos 600 habitantes de entre 50 y 64 años y unos 1.000 de más de 64 años; en cambio, perdió unas 1.800 personas de 20 a 29 años, y cerca de 1.500 de entre 30 y 39 años. Cantabria, en definitiva, se muestra capaz de atraer población de avanzada edad, en particular procedentes del resto de España. Sin embargo, cuenta con una dificultad aún más marcada para retener a su población más joven, que se va tanto a otras autonomías como al extranjero.

Fuente: Cálculo propio a partir de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Fuente: Cálculo propio a partir de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

¿Es la pérdida de población joven un problema particular de Cantabria o compartido con otras comunidades? El gráfico 3 muestra el saldo migratorio acumulado por cada autonomía española en el periodo 2008-2016, para las personas de nacionalidad española de entre 20 y 39 años, expresado en relación a su población total (en tanto por mil).

Respecto al extranjero, el saldo de todas las comunidades ha sido negativo. En un contexto de fuerte crisis económica, las autonomías españolas han perdido, debido a migraciones al extranjero, en torno a 3 jóvenes por cada 1.000 habitantes totales. En Cantabria, la pérdida por este factor ha sido similar a la media.

Las mayores diferencias se observan al analizar las migraciones de jóvenes entre comunidades. Dos de ellas aparecen como claramente receptoras de jóvenes de otros lugares del Estado: Baleares y Madrid. En mucha menor medida, también Cataluña y Navarra atraen a más jóvenes de los que expulsan. Cantabria, en cambio, se encuentra entre las comunidades con un saldo negativo respecto al resto de España: en el periodo analizado, nuestra comunidad perdió por este factor alrededor de 2,7 personas de 20 a 39 años por cada 1.000 habitantes (una pérdida similar a la de los flujos con el extranjero).

El dato de Cantabria es el sexto peor de todas las comunidades, a un nivel similar al de Castilla La Mancha, la Comunidad Valenciana y Galicia. Mucho peores, no obstante, son los datos de pérdida de población joven con destino a otras autonomías en Andalucía, Asturias y, especialmente, Extremadura y Castilla y León.

La movilidad laboral de los jóvenes se puede entender mejor analizando el tipo de oportunidades laborales que les ofrece cada territorio. El gráfico 3 muestra también, referenciado al eje de la derecha, el salario medio anual de los trabajadores de entre 25 y 34 años en cada comunidad. En líneas generales, el salario medio de los jóvenes en las autonomías de donde estos están saliendo ronda los 16.000-17.000 euros brutos anuales (en Cantabria, unos 16.800 euros). Mientras, en tres comunidades receptoras es sensiblemente superior: Madrid, 20.900 euros; Navarra, 20.500 euros; y Cataluña, 19.900 euros.

Estas tres comunidades autónomas, por su especialización productiva, son capaces de atraer a muchos jóvenes cualificados, con una remuneración superior a la media. Madrid es la principal beneficiaria: en los últimos nueve años atrajo, en términos netos, a unos 82.500 jóvenes de otras comunidades españolas, muchos de ellos altamente cualificados. El caso de Baleares es diferente: la atracción de trabajadores jóvenes está vinculada a las oportunidades de empleo que ofrece allí la hostelería, no orientadas particularmente a personas cualificadas.

Fuente: Cálculo propio a partir de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Fuente: Cálculo propio a partir de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Los datos de migraciones dibujan una realidad preocupante en varias comunidades y, entre ellas, en Cantabria. Estamos perdiendo población y, más grave aún, perdemos particularmente mucha población joven. En consecuencia, nos enfrentamos a un serio problema de envejecimiento y despoblación que, como ha puesto de manifiesto un reciente estudio del ICANE, afecta especialmente al interior de nuestra comunidad.

Un elemento de preocupación adicional es que buena parte de los jóvenes que emigran son personas altamente cualificadas. La emigración de jóvenes cualificados implica que, mientras que la comunidad ha realizado una inversión en la formación de esa persona, los beneficios de esa inversión irán a otra comunidad (generalmente, más rica y dinámica) donde desarrolle su carrera profesional.

Las personas más cualificadas tienden a tener mayores salarios y, con ello, mayores niveles de consumo, lo cual impulsa la actividad y el empleo en otros sectores; asimismo, por su mayor renta, pagan más impuestos, lo que incrementa los recursos para financiar los servicios y políticas públicas; y, muy importante, generan también efectos positivos sobre la capacidad del territorio para atraer nuevas actividades de elevada productividad y, con ello, a más personas altamente cualificadas.

La comunidad de origen, además de perder estos beneficios, se queda con una población con mayor peso de las personas de edad avanzada, que requieren un mayor gasto para atender necesidades de cuidados sanitarios y de dependencia. Estas necesidades serán más difíciles de cubrir con los impuestos de unos trabajadores cada vez más escasos y con bajos salarios relativos, y dejarán menos recursos para destinar a políticas que puedan contribuir a revertir la situación (educación, infraestructuras, innovación, empleo, etcétera).

Si esto ocurre así, y no existen mecanismos compensatorios suficientes, el proceso se retroalimentará: las comunidades menos dinámicas se irán quedando cada vez más atrás, mientras que las más dinámicas concentrarán de manera creciente la actividad productiva y la población. Estos efectos fueron descritos ya hace décadas por el economista sueco Gunnar Myrdal, Premio Nobel de Economía, que defendió un papel activo del sector público para compensarlos. Algo que se está dejando de hacer tanto en España como a nivel europeo, dando lugar a tendencias preocupantes.

La pérdida de jóvenes cualificados es, por tanto, un desastre a largo plazo. Cantabria no es la única comunidad que sufre este problema, ni tampoco la que lo sufre en mayor medida, pero ello no implica que no sea una cuestión esencial. Hemos de ser conscientes de su importancia. Por supuesto, no basta con ello, sino que necesitamos actuar decididamente para mejorar las oportunidades de vida de los jóvenes, tratando de que no se marchen tantos y de que retornen parte de los que se fueron.

Para ello, es fundamental mejorar las oportunidades y condiciones laborales, pero también otras cuestiones que inciden en la decisión de vivir en un lugar, como el acceso a la vivienda, la conciliación laboral y familiar, la red de servicios públicos y las alternativas para el ocio y las relaciones sociales. La mejora de las comunicaciones y de las facilidades para el trabajo a distancia son factores que favorecen que, cada vez más, vivir en un lugar como Cantabria pueda ser una opción para muchas personas. Habrá que contar también con la inmigración, que será necesaria para compensar parte de nuestra enorme carencia de población joven.

Es importante señalar, finalmente, que no estamos ante un problema exclusivamente de algunas comunidades, sino colectivo. Se requieren, por tanto, soluciones colectivas y coordinadas, en relación a lo cual el Estado no debería obviar su capacidad para introducir mecanismos compensatorios. El modelo de financiación autonómica, actualmente objeto de debate, debería desempeñar un papel clave para ayudar a solventar este tipo de desequilibrios y fomentar la cohesión territorial.

También a nivel europeo debería actuarse más decididamente para abordar estas cuestiones. Mientras tanto, un persistente goteo de jóvenes abandona cada año los países y las regiones que ofrecen menos oportunidades laborales, dejándolos, con ello, cada vez más abandonados a su (mala) suerte. Ante esta realidad, cada año, cuando llegan estas fechas, me pregunto si, en Cantabria, seremos capaces de conseguir que nuestras actuales y nuestras futuras generaciones de jóvenes no vuelvan solamente por Navidad.

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