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El cambio que nos cambia

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Quienes aspiramos a cambiar, también debemos tener la voluntad de que este hecho nos cambie, porque seguir igual será la expresión de nuestro fracaso.

Colocar lo social como el eje central de la actividad política, promocionar liderazgos compartidos que rompan el frentismo nacional o poner en valor el activismo social, como complemento del cambio institucional, adquieren una dimensión central.

Por eso no se trata sólo de fortalecer la izquierda para las próximas elecciones, sino principalmente para las próximas generaciones. Es importante seguir trabajando para fundar un nuevo polo político, que represente lo social y lo transversal en lo identitario. Tenemos que asaltar con convicción ese tercer espacio electoral que existe en Navarra.

En contraposición al frentismo y el papel secundario de lo social en la guerra de trincheras, tenemos una ventana abierta de oportunidad política, difícilmente mejorable, para cambiar aspectos importantes de la dinámica y los paradigmas que han funcionado en la política Navarra.

Los equilibrios de poder tradicionales han sido negativos para nuestra sociedad. La relación entre democracia y negocio ha supuesto un deterioro de la primera, porque comparten intereses y se retroalimentan (obras innecesarias lo demuestran) y ha servido no para mejorar las expectativas de vida de la mayoría, sino para mejorar las expectativas de negocio de los de siempre.

Y es un momento de oportunidad porque estamos inmersos en un ciclo de protesta, en un momento de aprendizaje político de una generación, por eso tendremos que fijarnos en el proceso de transición social y cultural que estamos viviendo.

En general, la sensación, fundamentalmente, es que los partidos que aspiran al poder se han apoderado de las instituciones, arrebatando a la ciudadanía la propiedad de esas instituciones. Es verdad que el sistema político-electoral español, respecto a los niveles de participación, es estable. A diferencia de otros países, Portugal por ejemplo, el porcentaje de abstención desde el 78 hasta hoy no oscila, siendo los años 78, 82 y 96 los que menos abstención hubo, y los años 1979, 2000 y 2011 cuando el porcentaje fue mayor. Pero las instituciones, las de aquí también, se han mostrado muy poco permeables a las demandas sociales cuando estas se han expresado lejos de convocatorias electorales. Entonces, el problema no estaría centrado sólo en los niveles de participación, sino en las mediaciones (partidos políticos y sindicatos sobre todo) y la receptividad y apertura de las instituciones hacia las demandas ciudadanas.

En una estructura política diseñada en la transición, enfocada a la estabilidad electoral, una vez que la democracia (mejorable e imperfecta) se ha asentado en las instituciones y en la sociedad es necesario un replanteamiento de fondo. En una crisis del sistema político, entendido como zarandeo, tendremos que seguir cuestionando los consensos de la y sobre la transición, el papel de las élites políticas, la jefatura del estado…

Por otro lado, y como complemento, Izquierda-Ezkerra rompió la maldición de la separación entre dos mundos que comparten mucho e hicimos de lo republicano el espacio de lo común, como ensayo de unidad. Y con modestia y en silencio logramos una buena plataforma electoral capaz de ser facilitadora del cambio. Merece la pena entonces poner en valor lo mejor de la Navarra republicana, lo mejor de la Navarra sindical de la transición, lo mejor del feminismo incipiente de los 80, lo mejor de la insumisión pacifista y pacífica, y lo mejor de la Navarra peleona que hace de la osadía su bandera y que planta cara en plazas y calles a las plantas nobles.

Pondremos lo mejor de nuestra experiencia en darle un buen disgusto a la derecha de esta tierra, acostumbrada a que le tiemblen poco las medallas y los galones

Ofrecer un pensamiento posado y solvente que sabe descifrar las prioridades de la sociedad es importante, por eso tenemos en cuenta que el ganar tiene el riesgo de la frustración, el liderar sin embargo tiene la virtud del encuentro… y en esas estamos.

Pondremos lo mejor de nuestra experiencia en darle un buen disgusto a la derecha de esta tierra, acostumbrada a que le tiemblen poco las medallas y los galones. Pero no nos jugamos sólo un cambio cualquiera, sino la sociedad del futuro que queremos.

De ahí que insistamos en la idea de los liderazgos compartidos nacidos de ideas solventes, experiencias sociales enriquecedoras y una cultura activista que hace del largo plazo el sentido de lo crítico. Y de ahí también que queramos superar años de violencia habiendo quebrado el marco conceptual y emotivo que hace justificar una barbaridad humana como el matar al que piensa diferente. La autocrítica, el reconocimiento del daño causado no cura el pasado, pero ayuda a que otros no sufran y no se sientan ofendidos. En el proceso de repensar Navarra deberemos inaugurar un tiempo en el que el relato no sea el cuento de una justificación, sino la apuesta de una historia con memoria.

El cambio nace de una necesidad, por eso continuar limitándose a pensar sólo en términos de poder es ya insostenible, porque resulta más interesante la lucha por la hegemonía cultural en la izquierda, para que nuestros éxitos electorales no sean como los éxitos de los verdes alemanes, flor de un día. Por eso la mirada también la tenemos que tener puesta en la consolidación de un espacio afectivo y emotivo que represente a ese bloque social que en Navarra siempre ha existido, pero siempre también, ha estado a merced de unos y otros. Tal vez un actualizado ámbito republicano que conecte con los problemas reales de la gente y que nos ayude a ser más igualitarios y más libres pueda ser nuestra casa roja.

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