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Desde no comer a los impagos de facturas o pedir ayuda a la familia: así es el ‘círculo de la escasez’

Una persona revisa sus facturas / S.P.

Garikoitz Montañés

“¿No te han contado nunca el chiste del burro? Que lo tenían sin comer, sin comer, sin comer, no le daban de comer y dice su dueña ¡Vaya por dios! Ahora que se estaba acostumbrado a no comer, va y se muere. Así nos pasará a nosotros también”. El chiste del burro está recogido en una de las partes del II informe sobre Desigualdad, Pobreza y Exclusión Social elaborado por la cátedra CIPARAIIS de la Universidad Pública de Navarra (UPNA), en concreto el dedicado al prolongado impacto de la crisis en la población más vulnerable, y se hace eco de las vivencias de 52 personas, de sus críticas, estereotipos, creencias y realidades. Este capítulo, encabezado por el investigador Rubén Lasheras, refleja que esta vulnerabilidad “se ha extendido e intensificado”, una de las cuestiones clave de este informe (criticado por el Gobierno Foral), que también concluye que 30.000 personas en Navarra sufren en la actualidad pobreza severa.

Los casos recogidos son diversos. Se trata de personas que bien ya estaban en situación de vulnerabilidad antes de la crisis y que, con ella, ven incluso “amenazada su supervivencia”, quienes no sufren este impacto pero sí tienen “privaciones” al ayudar a otros hogares, y también quienes han caído ahora en esta situación y no pueden escapar de ella, en parte también porque los sistemas de protección han disminuido, como criticó el director de la cátedra, Miguel Laparra, y como han asegurado diversos colectivos sociales, como la Red navarra de lucha contra la pobreza, implicada en este estudio, que ha denunciado que las políticas sociales que ha implantado el Gobierno Foral frente a esta situación económica han resultado “insuficientes”, por lo que es necesario implantar nuevas políticas centradas “en las personas”.

Así, el informe precisamente refleja la vivencia de estas personas y cómo, ante una situación de vulnerabilidad, se sienten “en la cuerda floja” y en una lucha diaria por sobrevivir. Y de ahí la sensación de temor, inseguridad y desequilibrio. Y, a menudo, los problemas se acumulan: el trabajo, la vivienda, la alimentación, la salud o la pérdida del ocio. Es lo que el propio Laparra destacó como el “círculo de la escasez”, que consiste en que una persona vulnerable sufre las consecuencias de diversos factores que, por así decirlo, se retroalimentan y causan un mayor efecto. El desempleo o la precariedad laboral, la pérdida de poder adquisitivo, menos descanso y peor alimentación, sedentarismo, la saturación de los servicios de apoyo…

La falta de empleo es una de las claves, porque la búsqueda sin efecto también genera resignación o la sensación de que se acarrea con un estigma de vagancia. Y, por ello, para evitarlo también se acaba aceptando “lo que sea”, según explican numerosos testimonios del informe. De elegir el empleo se pasa a aceptarlo en cualquier condición. Sin contrato y con sueldos mínimos, algo que a menudo ocurre menos con una mayor formación, de ahí que retomar la educación se vea con esperanza, pero en ocasiones también como una expectativa frustrada, que no logra el objetivo buscado.

Estos extremos evidencian la variedad de los casos recogidos en el estudio. La necesidad provoca, según estas voces (de las que se cita el nombre, la edad y la procedencia, en su mayoría de Navarra, pero también de, por ejemplo, Guinea Ecuatorial, Bolivia, Senegal o República Dominicana), que haya personas que tengan que elegir entre comer o pagar las facturas (de ahí que la vivienda, a la que se destina la mayor parte del gasto, esté asociada a impagos de las facturas de la luz, agua, calefacción o comunidad de vecinos, y eso también puede generar problemas de habitabilidad), que busquen la comida más barata o que recurran a comida desechada en los contenedores: “Ahí comes lo que puedes pillar y ya está. Y hay dos o tres días que tienes que comer siempre lo mismo (…). Y no hay más. Y los críos bastante hacen. Y piensan ¿Otra vez chorizo? ¿Otra vez chorizo? Ya sabes cómo son los críos”.

Muchas de estas personas relatan, por ejemplo, las ocasiones en las que los menores a cargo no pueden almorzar o desayunar, una situación también denunciada por colectivos sociales y proyectos como Gosariak pero sobre la que el Gobierno Foral siempre ha insistido en que no le constan casos, al menos como para justificar la apertura de los comedores escolares durante el verano. El informe también denuncia los problemas de vestido y de calzado, a pesar de que los progenitores tienen a priorizar a sus hijos e hijas al invertir sus recursos.

El ahorro en salud y ocio

Otra consecuencia de esta situación, que a menudo no se destaca, es cómo la necesidad afecta a la salud, tanto la mental (por la ansiedad o la depresión) como la física, ya que, según recalca esta investigación, también se tiende a recurrir a “desempeños laborales precarios”. Además, hay casos de consumo de sustancias, y otros que afrontan dificultades para hacer frente a los costes sanitarios y, por ello, renuncian a todo aquello que no cubre la Seguridad Social. Por ejemplo, el dentista.

Y, por supuesto, otra cuestión de la que se prescinde es el ocio, algo que, según explica Lasheras, antes era limitado y, ahora, inexistente. Y, sin embargo, según detalla el texto del investigador, se trata de un factor importante porque, por ejemplo, limita los contactos con el entorno cercano. Eso a pesar de que la familia es el principal recurso (los llamados apoyos informales) del que se tira, antes que un sistema de protección social que, según concluye el estudio, “no ha resuelto el enorme crecimiento de las carencias”. Porque se han reducido y porque ha aumentado la fractura social y dejando la cohesión en un segundo plano; y Lasheras manda un aviso para navegantes: que la anunciada salida de la crisis no logrará acabar con estas dificultades, ni con una estructura desigual y una pobreza que “se hereda”.

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