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París

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Los países occidentales planeaban matar al presunto autor intelectual de los atentados

EFE

La auténtica prueba de la vida es la de aceptarnos tal como somos sabiendo que, por lo general, siempre queremos ser otros. En esta tensión permanente hay quienes terminan encontrándose y quienes terminan más perdidos que un marinero borracho dando traspiés en las nevadas cumbres del Klimanjaro. Puestos a cometer errores hasta cometemos el error de tratar de cambiar a la gente para que sea como nosotros queremos que sea; tarea que habitualmente no nos conduce más que al desencanto, la decepción o la pérdida.

Los terroristas que el pasado fin de semana sembraron el terror en las calles de París hicieron lo que hicieron porque -según difundieron en vídeo posterior a la matanza- en la capital francesa solo había “un montón de idolatras concentrados en una fiesta de perversidad”, así que ellos en nombre de la Suprema Pureza no tuvieron mejor ocurrencia que dedicarse a sembrar de cadáveres “la capital de las abominaciones y la perversión”. Los estudiantes, los desempleados, los jóvenes profesionales, los hipsters, los veganos y los hijos de emigrantes con un punto de neurosis parlanchina, algo alcohólicos, liberados sexualmente y vagamente cultivados, que el viernes pasado murieron mientras disfrutaban de la noche parisina bebiendo vino, hablando de naderías, planificando días futuros, degustando quesos diversos, escuchando música o tentando la suerte con los sexos que les eran contrarios y deseables, no eran como ellos, los terroristas, deseaban que fueran.

Los fanáticos embobados por la sangre son todos el mismo: puros y perfectos; perfectos en el odio hacia todos aquellos que ni comen ni sueñan ni se visten ni piensan ni rezan como ellos

La diferencia, bendita diferencia, es lo que nos hace únicos e irrepetibles, hombres y mujeres imperfectos. Tan imperfectos como el rodar de una piedra por la ladera de un acantilado. Los fanáticos embobados por la sangre, los devotos de la destrucción, los mesiánicos, todos aquellos que se han subido a lo alto de una montaña sagrada y han tenido una visión de Dios o de Alá, son todos el mismo: puros y perfectos; perfectos en el odio hacia todos aquellos que ni comen ni sueñan ni se visten ni piensan ni rezan como ellos. Los muertos, todos aquellos que el pasado viernes murieron en la calles de París, ya se han convertido en lo que ellos, los terroristas, deseaban que fueran, o sea cadáveres, así que nuestra única obligación ahora, la de los vivos, no es otra que la de no convertirnos nunca en lo que ellos, los terroristas, quieren que seamos.

No nos queda más remedio que superar la auténtica prueba de la vida y aceptarnos tal como somos para continuar viviendo sin miedo y así beber vino en las terrazas, hablar de naderías, planificar días futuros, degustar quesos diversos, escuchar música y tentar la suerte con los sexos que nos son contrarios y deseables. Imperfectos e impuros pero libres. Libres para elegir nuestras impurezas y nuestras imperfecciones. La vida cuando es dulce no tiene por qué dejar de ser una fiesta, como escribiera Hemingway acerca de París. Esa es nuestra obligación ahora: dulcificarla, o cuando menos, tratar de hacerlo a pesar de la barbarie cometida la pasada semana en las calles de París.

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