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Un barómetro para descreídos

Casi el 70% de los docentes considera que las competencias profesionales que se requieren para esta profesión no son hoy las adecuadas

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No es infrecuente  encontrarse un día cualquiera caminando o compartiendo espacio en una cafetería con gente diversa que, en realidad, sugiere tres tipos de personas. El primero de ellos, podría definirse como el representante de la era “ Me importa un bledo”. Se trataría de un grupo de individuos caracterizados por su desafección prácticamente a todo: la religión, las costumbres sociales, el paro, la pobreza, la desigualdad y, por supuesto, los partidos tradicionales. Este grupo se siente continuamente desasistido del Estado, de las instituciones locales, incluso de la Iglesia. Critica la desfachatez y la escasa altura de miras de los y las líderes actuales.  Se refugia en un cada vez más pequeño catálogo de creencias, entre las que la familia directa, los hobbys y un puñado de  amistades se convierten en el único reducto en el que confiar, a la vez le hacen la vida más llevadera. Suele encajar este grupo en la sociología de los y las votantes de partidos extremistas de derecha, ultraconservadores, como el Frente Nacional francés de Marie Le Pen, por ejemplo, pero que va adquiriendo impulso rápidamente en otros países europeos (Ha ayudado en esta caracterización el artículo “¿Por qué los obreros votan al Frente Nacional?”, de Fidel Olivan. BEZ, 6-04-2017).
 

El segundo de los grupos, el de la resignación, no es nuevo. Lleva mucho, mucho tiempo entre nosotros/as y vive de la desconfianza en que nada de lo que se invente o proponga servirá como mejora de la realidad actual, porque el mundo hace mucho tiempo ya que está descubierto y el reparto del pastel realizado. Suele ver con frecuencia la botella medio vacía y rechaza cuantas opciones de lucha por algo distinto se le plantea. Los y las integrantes de este grupo suelen reconocerse como realistas convencidos/as y se mofan de quienes proponen movimientos de cambio, luchas sociales o acciones reivindicativas con el contundente reproche a ilusos/as utópicos/as. Se agrupan en torno a la socorrida frase del “ las cosas no pueden ser de otra manera”, que resume su nihilista modo de vida. Paulo Freire decía al respecto de esta frase: “Tal afirmación es uno de los muchos medios con los que los dominantes intentan abortar la resistencia de los dominados”. Quienes así ven la vida han llegado a ese convencimiento desde la experiencia personal, cuando sus intentos de innovar les resultaron baldíos, o desde la inoculación religiosa-familiar de evitar el conflicto, tan santificado por nuestras familias que conocieron y sufrieron el franquismo. En todo caso, su esperanza quedó pulverizada en la inmovilidad de un presente aplastante , ante el que conviene no dañar.

Más difuso se presenta el tercer grupo, de mayor dificultad de concreción, aunque sus miembros siguen teniendo un elemento común que les une y que acertadamente ha definido el pensador Zygmunt Bauman en su obra póstuma, “Retrotopía” (Paidós, 2017), y que años antes, el sociólogo Alain Minc (“La Nueva Edad Media”, Temas de Hoy, 1994) había también retratado. Quienes aquí anidan buscan en el pasado la respuesta a los problemas actuales. Lo ya vivido o experimentado por otros/as adquiere para este grupo el carácter de solución. Podemos volver la vista atrás porque es probable que allí se encuentren respuestas desestimadas, que tienen aún recorrido. Con excepciones, aquí se identifican aquellos/as de “ Cualquier tiempo pasado fue mejor”.

La mayoría de las bajas médicas que el profesorado acumula a lo largo del curso escolar no responden a ninguna dolencia concreta: son fruto de tensiones emocionales no convenientemente diluidas

No queda constreñida la especie humana en uno de estos tres grupos, exclusivamente, por supuesto. Pero sí que entre “bledistas”, resignados/as y nostálgicos/as el espacio externo para identificarse va quedando más diezmado. Si es Vd. uno/a de ellos/as es probable que la información siguiente no le afecte. Probemos.

Se trata del Barómetro laboral del profesorado, realizado el pasado mes por una empresa (Colejobs, portal de empleo para los profesionales de la Educación) para la revista Magisterio. La muestra, de 1.100 encuestas, se llevó a cabo principalmente en Madrid, Valencia y Barcelona. La ficha técnica advierte de que la mayor parte de las encuestas se han realizado a mujeres (71,8%) de entre 30 y 40 años de edad (31%) y en activo (44%), en un centro público (45%) de Primaria (50%).

La primera conclusión es llamativa y clarificadora: el 90% del profesorado encuestado cree que hay excesivo estrés en la docencia y la mayoría lo achaca a la relación con otros dos agentes educativos: la familia y el alumnado, por ese orden. En lugares secundarios aparecen las relaciones con los equipos directivos y la adaptación a las nuevas metodologías.

Es decir, que pese a las continuas noticias que se producen en el mundo escolar sobre las complicadas relaciones dentro del aula, parece ser que son las madres y los padres quienes más tensan la relación con el profesorado, en opinión de este colectivo. O -para ser más concisos- es con las familias donde la relación personal se tensa más, sin entrar en valoraciones de quién la provoca.

Es una información preocupante la que denota esta encuesta porque pone en jaque un principio fundamental en la Educación, como es la adecuada convivencia entre los distintos agentes que componen la comunidad educativa. Aventurando una posible respuesta, acude rápidamente a la memoria el 'síndrome de bornout' (de trabajador/a quemado/a), especialmente importante para quienes desarrollan su labor con personas y su fundamento está, por tanto, basado en las relaciones humanas. Sin estar mundialmente aceptado como una enfermedad mental, sí es común asociarlo a problemas relacionados con el manejo de las dificultades de la vida y constituirse así en un elemento de estrés añadido a la profesión docente.

Aquí se encuentra, sin ningún género de dudas, la raíz de la mayoría de las bajas médicas que el profesorado acumula a lo largo del curso escolar y que no responden a ninguna dolencia concreta, sino que son el fruto de tensiones emocionales no convenientemente diluidas. Será, por tanto, responsabilidad de las administraciones educativas buscar una solución que elimine tal problema, por el bien del propio sistema escolar. Apunto dos líneas de trabajo en la búsqueda de esta solución: la introducción de nuevos/as profesionales del entorno socioeducativo que ayuden y colaboren con el profesorado en el aula y con las familias; y la inclusión, dentro del ámbito de la salud laboral, dependiente de las administraciones, de equipos psicopedagógicos que ayuden en el tratamiento y solución a los problemas de estrés.

Otra parte de la respuesta a esta inquietante conclusión, quizás la aporte otro dato que aparece en el informe: el profesorado no se siente bien considerado social ni económicamente. De hecho, el 87% de los y las encuestadas piensa que debería haber una carrera docente con incentivos profesionales (salariales y de formación),  a la vez que una revisión profunda de la formación inicial: casi el 70% considera que las competencias profesionales que se requieren para esta profesión no son hoy las adecuadas (diversidad y pluralidad del aula, incidencia de las nuevas tecnologías, complejidad burocrática, trabajo por proyectos,…). En este sentido, Bauman  apunta:  “…En nuestra sociedad líquida moderna de consumidores (…) los continuos cambios significarán que al menos algunos de los recién llegados, aquellos que no son flexibles ni lo suficientemente rápidos para adaptarse a los estándares emergentes, se encontrarán mal equipados para afrontar los nuevos retos y mal equipados para afrontar las nuevas presiones" (“Sobre la educación en un mundo líquido”. Paidós, 2013).

Y esto de los cambios pedagógicos no ha hecho más que empezar: el aprendizaje por competencias, la informatización de los contenidos, los proyectos, o el plurilingüismo son algunas de las “novedades” que el profesorado debe ir asumiendo con naturalidad en ese proceso formativo continuo que le debe proporcionar la patronal educativa. No valen excusas, ni tampoco renuncias institucionales en este desafío. La sociedad  entera -también la que suma al bledista, al resignado y al nostálgico- se está jugando demasiado.

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